San Isidro Labrador

El desván de la memoria
Patrono de Madrid nació en esta Villa, cerca del puente de Segovia, a finales del siglo XI (1082) o principios del XII (1108), fue bautizado en la iglesia parroquial de San Andrés, murió hacia 1172 y fue enterrado en el cementerio para pobres de la iglesia de San Andrés. Labriego asalariado trabajó para la familia de los Vargas que tenían la casa en la plazuela de San Andrés. Aseguran que el santo y su mujer, Santa María de la Cabeza, vivieron en la parte baja de esa casa. Pasado medio siglo tras su muerte los madrileños vieron que su cuerpo seguía incorrupto, con lo que en el año 1212 lo sacaron de la sepultura y lo colocaron en el lado del Evangelio de la iglesia de San Andrés. El rey Alfonso VIII estuvo diligente y mandó construir una Capilla para él en 1213. Unos años más tarde enterraron al Santo en dos arcas, la exterior policromada y cerrada con cuatro llaves de plata y la interior con una llave de oro. La reina Isabel la Católica mandó que la iglesia de San Andrés se ampliase con el antiguo cementerio, cambiando de lugar el altar mayor para que la tumba del Santo quedara en el presbiterio al lado del Evangelio en el mismo lugar que ocupó su antigua sepultura. En el arca del siglo XIII permaneció hasta el 15 de mayo de 1619 cuando se celebró en Madrid su beatificación por el papa Pablo V y su posterior canonización tres años más tarde por Gregorio XV. Hubo mojiganga, toros, colgaduras, torneos de cañas, procesiones, jardines artificiales, sermones, altares por las calles, justas poéticas presididas por Lope de Vega, etc., y el cuerpo incorrupto fue trasladado a una urna de oro y plata que hizo el gremio de los plateros. Felipe III ordenó que se construyera una capilla propia en la iglesia de San Andrés y su nieto Carlos II mando edificar otra capilla en 1668. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767 Calos III ordenó tras
ladar los cuerpos del San Isidro y de Santa María de la Cabeza desde la iglesia de San Andrés al templo que los jesuitas habían construido en 1651 junto a su Colegio Imperial colocándolos en el altar mayor, y modificando hasta la fachada que pasó a ser la Colegiata de San Isidro el Real. Tuvo fama de hacer milagros entre los que destacan: Rezar durante horas al Señor mientras los ángeles hacían su trabajo arando los campos; hacer brotar agua de una peña para satisfacer la sed de su patrón Vargas, al que se le secó la boca cuando vio a los ángeles arando sus tierras, lo que no es de extrañar; sacar sano y salvo a su hijo del pozo al que había caído haciendo subir el nivel de las aguas; repartir un costal de trigo entre los pobres y comprobar que cuanto más repartía más grano tenía en el saco; aparecérsele a los ejércitos cristianos en Sierra Morena guiándolos hasta una aventajada posición para luchar contra los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa (1212);  atravesar el río Jarama sin mojarse los pies; hacerse amigo de los lobos; convertir en jumento a un lobo que acababa de comerse a su burro, etc. Su fama de milagrero aumentó cuando a Isabel la Católica se le curaron unas calenturas al encomendarse a él. Durante la última guerra civil la iglesia sufrió serios desperfectos pero no así los cuerpos de los santos porque el obispo de la diócesis madrileña, Leopoldo Eijo, ordenó esconder los cuerpos en una habitación y tapiarla. Actualmente el cuerpo de San Isidro está guardado en un féretro de oro y plata en la Colegiata de San Isidro el Real. En el año 1960 el papa Juan XXIII lo declaró santo patrón de los agricultores españoles. Las últimas exposiciones públicas del cuerpo del santo han sido en el noveno centenario de su muerte (1982) y en el primer centenario de la diócesis de Madrid (1985).