Damián Villar, maestría y materia

El edificio del Hotel Monterrey cuenta con unas atractivas figuras en su fachada, obras de Damián Villar y de Núñez Solé

Detalle de una de las esculturas de la fachada del Hotel Monterrey, en la calle Azafranal

         El paso presuroso se detiene sorprendido, echando en falta aquello tan familiar que su desaparición nos desorienta en medio del tráfico siempre constante de la Plaza de España, ahí donde el edificio de piedra y granito guardaba las hornacinas cuadradas de las dos estatuas clásicas de Damián Villar. ¿Dónde han ido las figuras femeninas de trazado griego, la que sujeta una Victoria de Samotracia en la mano derecha y la que sostiene un desnudo de factura clásica? Sus grandes proporciones, sus rostros depurados, sus vestiduras geométricas han desaparecido de la fachada de un edificio restaurado.

         ¿Correrán la misma suerte las alegorías de Damián Villar que adornan también en hornacinas, esta vez circulares, con una concha superior, el Hotel Monterrey, pronto convertido en un edificio de apartamentos? Testigo de nuestro paso por las calles más transitadas de la ciudad letrada, las estatuas, a la intemperie de los elementos y del olvido, se cubren del resto de los pájaros, de la falta de cuidado, del desconocimiento y quisieran, ante tanta dejadez, desprenderse de su hornacina, volar y posarse en la rama del reconocimiento.

         Decía Miguel Ferrer, cirujano malagueño, coleccionista de arte y salmantino apasionado de sus artistas, como Zacarías González o José Luis Muñoz Solé, que era la nuestra tierra de escultores porque el cielo, limpio e infinito, magnifica todos los volúmenes. Y lo afirma en el prólogo que escribiera para homenajear el arte de un escultor que fue maestro y un maestro escultor. Damián Villar, nacido en 1917, sintió muy temprano la llamada del arte, entró a los quince años en la recién fundada Escuela Elemental de Trabajo que luego se convertiría en la Escuela de Artes y Oficios, con tal empeño que uno de los maestros le regalaría de su propio dinero, el primer juego de gubias para trabajar la madera.

         Hijo menor de un padre jubilado, estudió por libre dibujo, fue alumno de Montagut y de Cristino Mayo, recibió una beca y quisieron los azares de la guerra que acabara junto a un superior dedicado a la compra de arte lo que le posibilitó, según sus propias palabras, aprender a tallar el marfil. Siempre escultor, el joven Villar regresa a Salamanca, obtiene un taller en el Patio de Escuelas Menores junto a los pintores Abrairo y González Ubierna y gana una beca para estudiar en Madrid, la misma que dejaría a Venancio Blanco cuando obtiene la plaza de profesor de talla de madera en la Escuela de Artes y Oficios de Granada donde ejercería hasta su traslado a Salamanca en 1950.

         Profesor en tierras andaluzas, Villar sigue trabajando en Salamanca y tallando para las cofradías de su ciudad los pasos que hoy deslumbran por su sentimiento y belleza. Pasos que, según Montserrat González, a quien siempre recurro y que siempre, generosa, me responde, muestran los matices del dolor, tallando Villar las más hermosas manos de la Nueva Escuela Castellana. Majestad serena, sencillez y maestría, como la que también muestran sus coetáneos Fernando Mayoral, Hipólito Pérez Calvo, Enrique Orejudo o Venancio Blanco, grandísimos imagineros.

         Maestro en toda materia, Villar talla la madera, el marfil, el mármol, la piedra… y ya en Salamanca, el arquitecto Francisco Gil en 1950 le encarga obra para adornar la fachada del hotel Monterrey, resolviendo el escultor las dos cariátides impresionantes que Amador Martín retrata en toda su grandeza, así como fotografía las alegorías que nos miran pasar desde sus hornacinas. Son las cariátides la prueba clásica del gusto por la tradición griega de Villar, mujeres que sostienen el peso como columnas rotundas que el sol ilumina para que le muestren al fotógrafo su mejor rostro, su aire Art Déco rotundo en las curvas y clásico en los aires. Ambas, de ojos almendrados y ciegos, detalle que para Montserrat González remite a la Dama de Elche o a los retratos picassianos. Cariátides que, como las alegorías, figuras femeninas llenas de gracia, sorprenden al paseante desde las alturas. Sin embargo, con estas últimas comienza el misterio, porque según las propias palabras de Villar, dos de ellas son suyas, la dedicada a la ganadería y al mundo textil y las otras dos, más estilizadas, de su amigo, el escultor Núñez Solé. Y no será la única confusión que envuelve la atribución de las obras de Villar, ya que en demasiadas ocasiones, los errores se repiten a la hora de adjudicar la autoría de la obra del escultor dependiendo de las fuentes, lo que precisa de un estudio serio y riguroso de su trabajo.


         Suyo es, por ejemplo, y pese a algunas interpretaciones, el Sagrado Corazón que domina los alrededores de Macotera, realizado con mármol de Macael; suya la hermosa Santa Teresa caminante que vemos en el pantano del mismo nombre; o el bajorrelieve, casi un bordado, que muestra a la Virgen de la Vega entre los juzgados de la Gran Vía y la antigua oficina de Turismo, bizantina y sorprendente, atenta a nuestro paso que no repara en su cercana grandeza. Villar nos acompaña, como todos los escultores de la calle, en el devenir de los días y, sin embargo ¿Reparamos en sus mujeres esforzadas en sostener el edificio que el sol ilumina para la cámara de Amador? ¿Reparamos en las delicadas alegorías de Núñez Solé y de Villar con las que podemos jugar a descubrir –la vendimia, la ganadería, el manantial, el textil- los dones de la provincia salmantina? ¿Nos fijamos en las ménsulas de la calle Toro, encargadas por Pedro Jaén, que nos evocan el mercado de ganado y la construcción?

         Para Amador Martín, fotógrafo de una ciudad en cuyos detalles no reparamos, tan familiares y constantes son a nuestros ojos, las piezas de Villar, como las de Núñez Solé, Casillas, Mayoral, Venancio Blanco… todos y cada uno de nuestros escultores, conforman un recorrido sentimental que miramos sin ver y aun así, nos acompaña. La escultura sobre la peana, rodeada de jardín, engrandecida, tiene su poderosa identidad que nadie discute. El bajorrelieve, el altorrelieve, las ménsulas, las piezas que recorren las paredes de los edificios emblemáticos, humildes y consabidas, nos son tristemente ajenas, se confunden con la masa del edificio como se confundían en los años cincuenta y sesenta los nombres de los arquitectos de la época y los escultores y artistas a los que recurrían para adornar sus fachadas o tallar estatuas o placas colocadas en el interior de los portales señoriales que no están a la vista del público y del paso. Y son estas delicadas muestras de arte urbano las del gusto de Amador, las que nos devuelve en primer plano, dándole la importancia que merecen.

         Damián Villar, maestro imaginero, docente dedicado, representa estos años de encargos, concursos públicos, docencia, taller donde se afanan las manos de quienes logran convertir el dibujo en dos dimensiones en una pieza encarnada que reciba la piedad de los fieles o engrandezca la ciudad que se construye sin pausa. Madera, piedra, mármol, marfil, bronce… el escultor combinará la monumentalidad de las puertas cinceladas para El Valle de los Caídos, obra que ejecutó junto al pintor Manuel Gracia y a Graciliano Montero, con las pequeñas tallas de terracota esmaltada, bronce o gres. Pájaros, maternidades, torsos desnudos, delicada abstracción que no cabe esperar de un imaginero tan colorista, detallista y a la altura de los artistas barrocos de la primera Escuela Castellana. Villar representa en suma, la tarea constante de los escultores salmantinos, vinculados a Salamanca, familiares en sus calles, sus plazas, sus foros y su vida provinciana. La suya es una trayectoria de golpe de gubia, trazo y proyecto en la comunidad compartida del taller y de la escuela que nos habla de una ciudad pequeña donde se levantaban casas e iglesias, pasos y prisas. Obra que permanece frente a la fugacidad de la vida, obra que nos mira desde la devoción procesional, el altar de piedra donde baja la cabeza, rendido, el Crucificado de Calatrava, el Cristo del Vía Crucis, la Virgen de piedra blanca, nos contempla desde el muro donde se confunde con la piedra… y el fotógrafo, deseoso de conjurar la memoria, obviar el olvido y festejar la belleza de su ciudad inacabable, retrata el plateresco de los escultores salmantinos. Humilde materia diaria.

José Amador Martín, Charo Alonso.