¡Qué hemos hecho nosotros!

Porque los madrileños están hoy en plena jornada de reflexión y porque también están hartos de ver cómo se emplea inadecuadamente el vocablo fascista y se abusa hasta el empacho del sobre amenazador, vamos a dejar que sean ellos mismos los que diluciden a quién quieren como dirigentes de su Comunidad. Aunque a todos los españoles nos pueda afectar el resultado de las elecciones de mañana, lo que hoy nos preocupa, y muy seriamente, es la funesta actitud del gobierno ante las circunstancias que rodean a esta maldita pandemia.

Cuando se tuvo conocimiento de la aparición del fatídico coronavirus covid-19, los gobiernos sensatos intentaron reaccionar de la forma más segura, rápida y eficaz. Se intercambiaba información y se consultaba a los científicos en la materia para no dar pasos en falso. De la rapidez empleada y de lo acertado de las decisiones tomadas dependían en buena medida los resultados buscados. Pues bien, aquí no se hizo así. Ante un virus desconocido, no se pueden dar palos de ciego, pero tampoco se puede estar de brazos cruzados esperando que sean los demás quienes se equivoquen. Tampoco se puede mentir descaradamente asegurando contar con un comité de expertos – que no existía-, mantener a los sanitarios sin los equipos indispensables de protección con la excusa de que estaban comprados y no llegaban, o declarar que las mascarillas no eran necesarias, para confesar después que no las habían comprado – o que les habían timado. En el sarcasmo de los despropósitos, se autorizó una manifestación el 8-M -escondida entre partidos de fútbol y conciertos- para atender las exigencias de un populismo incrustado en el propio gobierno. Esas primeras mentiras fueron el origen de que España se colocara en cabeza de las naciones más afectadas por el virus.

Ante la facilidad con que se extendían los contagios, los gobiernos precavidos se decidieron a compartimentar sus territorios controlando la población que llegaba procedente de países más afectados. Se cerraban las fronteras y, a medida que se conocían nuevos métodos, se realizaban pruebas analíticas para detectar y aislar a los ya contagiados. Conscientes del quebranto personal y económico que podían ocasionar estas medidas, se buscaba un equilibrio entre las necesarias garantías sanitarias y el menor perjuicio económico. Nuestro gobierno de nuevo se apartaba de la lógica con uno de los confinamientos más duros de todo el continente. Nada de prohibir la entrada ni de hacer pruebas serológicas. Salvo la industria y el comercio esenciales para la subsistencia, se cerró cualquier otra actividad el tiempo suficiente hasta obligar a no pocas empresas a cerrar definitivamente sus actividades. En ese momento, con un estado de alarma prolongado hasta la extenuación, se hirió de muerte nuestra economía.

La realidad ha demostrado que allí donde se vigiló el estricto cumplimiento de los protocolos, garantizando todas las medidas de seguridad y flexibilizando limitaciones y horarios, no aumentaron los contagios y se produjo menor estrago en la economía. Ahí está el ejemplo de Madrid. A pesar de soportar el empeño de un gobierno que no quiere cerrar el aeropuerto de Barajas a vuelos procedentes de países con mayor proporción de contagiados – como se ha hecho en todas las naciones de nuestro entorno-, de padecer restricciones estatales más rígidas que otras comunidades con peores índices, sigue compaginando la seguridad con la eficacia y cuenta con el beneplácito de los tribunales.

Ahora que acaba de expirar el estado de alarma y las Autonomías siguen clamando por una legislación estatal que las faculte para adoptar medidas que en la actualidad son competencia exclusiva del gobierno, el nuestro hace oídos sordos, incluso a las gobernadas por su propio partido. Parece que Sánchez desfila con el paso cambiado, pero, en realidad, es alguien que no da puntada sin hilo. Al contrario que hace un año, ahora no quiere prolongar el estado de alarma, lo mismo que se niega a legislar una nueva disposición que lo supla. Detrás de esa negativa puede esconderse una disculpa con la que reprobar las decisiones tomadas por quienes piensen diferente, para finalmente terminar con el consabido: no se os puede dejar solos.

Cuando una nueva cepa con mayor capacidad de contagio ha hecho su aparición en la India -más de 300.000 contagiados y más de 3.000 fallecimientos diarios-, los gobiernos occidentales han reaccionado con rapidez cerrando sus aeropuertos a los vuelos directos procedentes de la India. Después de una semana de noticias verdaderamente aterradoras, y cuando llegan a España más de una docena diaria de vuelos con viajeros procedentes de la India-sin ningún tipo de control para sus pasajeros-, nuestro gobierno anuncia, por fin, la necesidad de someterlos a una cuarentena de 10 días. La decisión la toma el gobierno el pasado día 27 y sale publica en el BOE del día 28, pero no entra en vigor hasta el día 1 de mayo, con una vigencia de 14 días. Es decir, sabiendo el peligro que representa permitir la entrada sin control de ese personal durante 5 días más; que ya existe algún caso dudoso en uno de nuestros hospitales; que  5 tripulantes de un carguero con bandera de Singapur -con escala en un puerto de la India-, están ingresados en el hospital de la ciudad de Vigo con síntomas de estar infectados por esa cepa; que ya existen casos confirmados en el vecino Portugal, sabiendo todo eso, nuestro gobierno se toma un respiro y decide demorar la medida unos días más. No se me ocurre ninguna razón de peso para justificar una actitud así. No es posible que no haya ni una cabeza con sentido común entre ese supuesto ejército de asesores que pulula en la Moncloa. Me niego a pensar que se pretenda hacer daño por sadismo. Lo que sí es cierto es que este gobierno nos está llevando a la ruina.

¿Qué pecado hemos cometido los españoles para tener unos dirigentes tan incompetentes? Ya no se trata de admitir que unas corrientes políticas hayan demostrado a lo largo de la historia estar más capacitadas que otras para la labor de gobernar. Nada de eso. Nuestro conflicto radica en la metamorfosis que ha sufrido en España el PSOE. Hasta el ex presidente Felipe González ha tenido que manifestarse públicamente en desacuerdo con la deriva populista de Pedro Sánchez. Ahora, lo verdaderamente importante no es el resultado de las elecciones de mañana en Madrid, lo grave habita en la Moncloa y, mientras siga dentro, España seguirá encabezando el pelotón de los torpes.