Todo lo hacen en manada

    Salen a las plazas a celebrar no sé qué y a mezclar los sudores y los alientos. Si se acaba el estado de alarma, lo que no significa que acabara la pandemia, ¿por qué no lo celebran en casa con una botella de vino con su mujer? ¿O con su sobrina o con su mejor amigo con unos tacos de jamón?. No, todo tienen que hacerlo en manada, a lo bestia y de manera estridente, sin pensar, como  chavalotes con silbatos tontos.

    Todo lo hacen en manada. Violan a las mujeres en manada. Leen best sellers en manada. Berrean a sus equipos de futbol en manada. Compran todos el mismo producto en manada. Van  en manada como pasmones a comprar el último modelo obligado de móvil. Entran en manada en los museos pastoreados por un guía que les suelta lo que ellos mismos pudieron leer. Llegan en manada en agosto a las playas a achicharrarse,  toman todos la misma cerveza y escuchan todos la misma canción de moda. Se ponen todos las mismas bermudas tontas y el mismo sombrero bobo de turista.

    Todo lo tienen que hacer en manada, sin pensar y sin sentir. Elias Canetti escribio el libro de referencia sobre “Masa y poder”, sobre como las masas secuestran y despersonalizan, como sustentan el poder, aunque en algunos casos se oponen a él. Canetti encuentra aspectos interesantes en la masa, pero yo no le encuentro ninguno. Los grupos embrutecen a los adolescentes, los vuelven gallitos y fanáticos. Imaginad lo que pueden ser las grandes masas.

    Cada vez admiro más a aquel pingüino de Werner Herzog en “Conversaciones en el fin del mundo”, en la Antártida,  que se aparta de su manada y se va él solo durante miles de kilómetros hacia el mar. Sabe que va a una muerte segura pero que mientras tanto vivirá de verdad.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR