Conversatorio La lectura en tiempos de pandemia

La tarde de ayer viernes 30 se nos figuró a mis padres y a mí como un cuento donde llueve en el momento menos indicado, de una manera aparatosa, aparentemente estropeando todos los planes, salvo por el milagro oportuno para rescatar la empresa del fracaso y elevarla a la altura de lo consumado. La escena fue en la Plaza Lerdo de Xalapa, Veracruz, México, en la XI Feria Xalapeña del Libro, con el conversatorio La lectura en tiempos de pandemia, donde participamos Fernanda Hernández, Christian Goeritz y yo, coordinados por uno de los libreros y organizadores del evento, Héctor Leonel.

 

La actividad estaba programada a las cinco de la tarde. En el transcurso de la semana, habíamos gozado de buen tiempo, incluso el calor durante el día y la noche nos había hecho sentir en verano. La Plaza Lerdo lucía con una majestuosidad y pureza incomparables. Los estands se alargaban en hileras a lo largo de los metros cuadrados de ese punto de referencia para todas y todos los xalapeños. Las actividades infantiles y de cultura en general, relacionadas de una manera amorosa con los libros, se habían sucedido unas tras otras con un orden impoluto. Hasta el día de ayer.


 El chubasco se nos vino encima. Los ríos de agua bajaban por las calles a los costados e iban a dar en el mar del centro de la ciudad. No había adónde ir fuera de las carpas del evento, ni cómo llegar ahí desde afuera. Las miradas curiosas se dirigían a los puntos débiles de las carpas donde se alcanzaban a colar algunas filtraciones. Algunas personas se llevaban las manos a la cabeza. Otras sacaban los teléfonos para capturar los instantes inmediatos. No sabíamos si la expresión facial de otros asistentes más allá se debía a la sorpresa trágica del acontecimiento, o al deleite personal de encontrarse ante un espectáculo tan bien montado por la naturaleza y sin precio. Las pisadas del calzado hacían sonar los charquitos de las lozas. La lluvia era a un tiempo una enemiga y una musa benévola, espectacular, en ese momento breve de las cinco a las seis de la tarde cuando era la hora del conversatorio.

El maestro Héctor Leonel había optado por cancelar la mesa redonda. Miraba a los ponentes invitados y sus acompañantes, a las personas en el área de la tarima y las sillas para el público, barría con la mirada la situación global de la Plaza Lerdo, consultaba la decisión con otras autoridades y amistades. El agua comenzaba a amainar. Finalmente, se abrió el cielo y nos dio su visto bueno. De ese modo inició el conversatorio La lectura en tiempos de pandemia. El texto de abajo refleja mi participación. De otro lado, para el caso de algunas fotografías, le expreso mi gratitud a Esperanza Rechy Rivera y Carlos Tinoco.

 
Buenas tardes a todas y a todos.

En ocasiones, las cosas se me figuran como un vencerse a uno mismo. Esa imagen, relacionada con el dolor del deporte, todas y todos más o menos la podemos entender reflejada en esta escalinata de la catedral xalapeña, si recordamos los escalones frontales del Museo de Arte de Filadelfia de la película de Sylvester Stallone Rocky. Wikipedia nos dice cómo “los turistas e incluso los propios ciudadanos suelen imitar a Rocky subiendo los escalones”. En verdad, no resulta difícil imaginarlo. Basta con mirar a los niños cuando se emocionan viendo una película o una caricatura. Hacen caras graciosas, tienen expresiones entusiasmadas, alocadas, vuelven los ojos un poco hacia atrás como contorsionistas del espíritu. A todas ellas y ellos, por cierto, los saludo y felicito con estas palabras rudas desprovistas de un regalo bueno, un juguete, no ropa.

Pues recordando a Rocky en esa película de 1976, nosotros ahora decimos cómo las cosas a veces se nos figuran como un vencernos a nosotros mismos. Todos ustedes tienen una biblioteca nutrida en casa y han acumulado toneladas de horas sentados a la lectura de volúmenes de literatura y de otros géneros de libros. En realidad, son ustedes quienes deberían encontrarse de este lado del estrado, al lado de Fernanda Hernández y Christina Goeritz, compartiéndonos sus lecturas y sus experiencias letraheridas en tiempos de pandemia. Resulta inútil, entonces, citar a las y los autores de historias emblemáticas en prosa o en verso desde el inicio de la historia hasta el día de mañana. No mencionaré a un Francisco Brines, ni a un Luis Rosales, ni a un Sergio Pitol, ni a una Elena Poniatowska. Tampoco citaré a una María de Zayas contemporánea de la Marcela del Quijote, estudiada por Fernanda Hernández, ni a ningún autor de la Grecia antigua leído por nuestro compañero de mesa Christian Goeritz.


La pandemia en algunos círculos de las ciencias sociales se entiende como una declaración política, donde interviene algo más allá de la enfermedad epidémica, aparejado a narrativas nacionales volcadas en temas de inversión económica en áreas científicas de la salud. Un aparato inabarcable de intereses y desintereses humanos y no humanos sostiene en sus manos el platillo nada suculento del coronavirus servido a nuestra mesa. Uno no sabe de dónde viene el virus, ni a dónde va, como si nos encontráramos ante un planteamiento filosófico en torno al ser humano. ¿Qué es el ser humano? ¿Qué es el coronavirus? ¿Qué es la felicidad? ¿Qué es la vacuna? La pandemia ha existido en el pasado. No se trata de algo no nombrado todavía.

El tema de la lectura en tiempos de pandemia necesariamente nos transporta al espacio físico y psíquico del confinamiento. Hoy en la Plaza Lerdo el aire sopla en el espacio abierto de sus libros, el cielo nos ha dejado caer sus aguas, contamos con espacio para movernos de aquí allá y de vuelta aquí, pero en los meses anteriores nos asomábamos con miedo a una realidad caída en la tierra de sopetón como un meteorito cruel del cielo de piedra de Mircea Eliade. Las redes sociales se saturaban con información científica del virus, el mundo se preguntaba qué onda con China y con los Estados Unidos. Nuestro México, junto con América Latina, veía venir el monstruo del año 2020 como un montón de pájaros de una película de Hitchcock. Lamentablemente, en ese arco de tiempo, vivimos la pérdida irreparable de muchas personas cercanas a nuestros corazones.


La lectura en tiempos de pandemia se ha dado en los hogares, en las casas adonde hemos ido a hospedarnos dejando atrás una realidad hogareña de conflictos y malestares. Esa lectura, como un amuleto moteca cortazariano, nos ha echado una mano para seguir adelante en estos días inciertos a una escala global. La lectura se ha encarnado en el mismísimo territorio de nuestra carne ofreciéndole al prójimo la ocasión de leer nuestras preocupaciones en unos rostros tensados y rígidos. La lectura, en definitiva, no se ha despegado de nuestros pies, como una sombra benigna y compasiva del misterio de la razón y el sentimiento. Los espacios digitales de este campo temático los ha abordado Fernanda, y los espacios humanísticos los traerá al presente Christian. El conversatorio tejerá sus redes con la participación de todas y todos ustedes asimismo. Por lo tanto, en este punto ya lejano y seguro aburrido del camino de mi exposición, no me resta más que recordar las palabras del inicio, cuando hablábamos de Rocky y de vencernos a nosotros mismos.


Probablemente, en parte la lectura en tiempos de pandemia signifique dejar nuestras personas a un lado e ir más allá en pos del descubrimiento del mundo nuevo en la semántica de las páginas impresas. Quizá signifique hacer de tripas corazón, por nuestras preocupaciones y nuestras deudas y lanzarnos a ese horizonte llegando a nosotros desde el pasado del presente. Quizá, repito, signifique aprender a olvidarnos de nosotros mismos para encontrarnos a la vuelta del capítulo del volumen entre nuestras manos. De esa manera, encontrará su sentido el fragmento del poema Sobre el oficio de escribir, de Luis Rosales, citado a continuación: Tengo que hacerlo de otro modo, | con la distancia justa, | buscando una expresión cada vez más veraz, | aprendiendo a escribir con el muñón, | despacio, muy despacio, | despacísimo, | sin saber por qué escribes para legar a quien las quiera, | no sé dónde, | estas palabras ateridas, | estas palabras dichas en una calle inútil que tal vez tiene aún alumbrado de gas.”

 

 

 

Xalapa, Veracruz, México
1 de mayo de 2021
Juan Angel Torres Rechy
torres_rechy@hotmail.com