La tierra 

Cuenta Plutarco en Vidas paralelas que algunos ricos mercaderes que venían a Roma llevaban y lucían en su regazo perritos y monitos; así que sorprendido llegó a preguntarles si en sus países las mujeres no parían niños. Esto, que el historiador clásico dice así como de paso, puede valernos a nosotros para recordar que el ser humano siempre ha pensado que las cosas deben estar siempre en su sitio. No porque este mirador provinciano tenga nada contra los perritos o los monitos, con lo preciosos que son, e incluso ayudan a muchas personas esos perros bien amaestrados, porque esa es una de sus habilidades y misiones, que no vamos a detallar aquí. Solamente nos apoyamos en la sorpresa de aquellos romanos para decir que las cosas deben estar cada una en su sitio y cumpliendo la función que le ha asignado la naturaleza. Y no vamos a entrar en la ingeniaría genética que suele hacer incursiones en los seres vivos, manipulando sus células, solo para decir que eso puede muy bien ayudar a la curación y perfección del ser humano, pero que también puede constituir un peligro, ya que puede destruir al hombre o incluso toda la naturaleza. Sucede lo mismo que si “jugamos con fuego”, si se nos escapa una chispa y enciende una hojarasca puede ser que acabe con los bosques próximos y en el incendio perezcamos nosotros mismos.

Hay un día dedicado a la tierra, pero en realidad todos los días deben estar dedicados a la tierra y su conservación, para admirar su belleza y conservar las cosas de esta nuestra casa en su orden y concierto, es decir, en su estado natural.

Y para ello no hay nada mejor que salir a nuestros campos y contemplar su hermosura. Ahora que hemos estado recluidos en casa, ha sido un largo invierno de frío y pandemia, salimos con avidez a ver y admirar la llegada de la primavera, una primavera generosa en humedad para que broten las plantas y todo florezca. Están verdes los trigales, ya han florecido algunos lirios del campo, y los jarales que cubren nuestros montes brillan de ládano y grandes extensiones están salpicadas de las flores de las jaras, blancas, de cinco pétalos y cáliz de pintos oscuros. Las praderas se cubren del blanco, el amarillo y el morado, los tres colores de estos campos mesetarios  La armonía de los colores forma una bella sinfonía con el cielo azul o cubierto de nubes, que anuncian lluvias generosas para regar los campos de cereales y augurar buenas cosechas. Y de vez en cuando, entre los verdes sembrados y los rojizos barbechos, los brillantes amarillos de los campos de colza. Toda esta belleza, que a veces no sabemos descubrir ni gozar, está aquí entre nosotros y para nosotros. Y si te paras un momento a escuchar puedes oír el canto de las aves. ¡Qué maravilla el canto de un ruiseñor! Un canto entre alegre y nostálgico; o el arrullo amoroso de las tórtolas, o el canto misterioso del cuco. Todo constituye la armonía indescifrable de la naturaleza que debemos contemplar, respetar y conservar.