El cadalso de Villalar

“Nunca pongo los pies por do camina / la mentira, la fraude y el engaño, / de la santa virtud total ruina”. MIGUEL DE CERVANTES, Viaje del Parnaso, 1614.

El 23 de abril, elegido por ciertas coincidencias conmemorativas como el Día del Libro (más bien el día de los libreros), fue también elegido por la comunidad autónoma de Castilla y León como su día grande de fiesta en la que se conmemora, o celebra, la derrota de las tropas comuneras por las del emperador Carlos en esa jornada de 1521. La notable paradoja que significa utilizar el aniversario de una derrota como celebración de nombradía e identidad de un territorio, viene arrastrándose en esta España cada día más indiferentemente despoblada desde la Transición, aquel trilero tiempo de la aprobación de los estatutos de autonomía en que muchos territorios (Castilla y León entre ellos), se vieron sometidos a una división autonómica destinada a abaratar, por extensión, las legítimas aspiraciones identitarias de Cataluña y Euskadi, y tuvieron que indagar, investigar y remover sus más antiguos legajos para adquirir santo y seña de su nombre, decidir su bandera, ver qué próceres honrar y decidir la fecha de sus autohomenajes, como el 23 de abril.

Un cierto pudor tal vez ha impedido a los alguaciles de las esencias patrias conmemorar la decapitación de los principales comuneros llevada a cabo el día siguiente de su derrota en la misma localidad de Villalar, ya que el martirologio ha sido siempre valiosa moneda para comprar patriotismo. No por ello ha cesado la manipulación, adaptación y tergiversación de la historia de las Comunidades que se enfrentaron al César (Vitoria dixit) en los años veinte del XVI, y haciendo gala del sexismo y clericalismo que caracterizan la narración histórica en este país, la figura de María Pacheco, la principal dirigente de las tropas de las Comunidades y su última defensora, persona tanto o más importante y decisiva que Padilla (su esposo), Bravo y Maldonado, es mucho menos celebrada en las campas vallisoletanas, tal vez porque su muerte en el exilio y la indigencia carece de la pátina de valor épico y sensacionalismo que atesoran las cabezas de los tres comuneros varones clavadas en lo más alto de las picas de los soldados flamencos del César.

La historia del llamado “Estado de las autonomías” es todo un rosario de ineptitudes, torpezas y prisas que han cristalizado en la falsa identidad que dibujó las fronteras históricas y geográficas justamente en el lugar y el tiempo que políticamente interesaron a los rentistas políticos del momento. Eso conlleva dislates, absurdos e incongruencias en cuanto al reconocimiento de los héroes y las banderas, y ha provocado una mezcolanza de sentidos de la historia, un mercadeo de apropiaciones de personajes, un vaciamiento de sentido en eventos, sucesos y significados entresacados de crónicas, datos o memoriales, descontextualizados histórica y políticamente a los que hoy, cual nuestro 23 de abril, festejamos por decreto.

Cualquier somera lectura de la historia de la llamada Guerra de las Comunidades (1519-1521) y de las motivaciones de sus contendientes, los hechos de sus protagonistas o las ambiciones de unos y otros en cuanto a la soberanía (monárquica, heredada de Isabel y Fernando, no en absoluto popular como inventa la adaptable leyenda épica) y las reivindicaciones económicas, impositivas, de dominios y monopolios comerciales y mercantiles que dieron lugar a los enfrentamientos, dará cuenta de que ‘el tiempo de la libertad’ que se le adjudica no es tal, que el supuesto patriotismo castellano que hoy se celebra, o conmemora, es en realidad un constructo moderno manipulado, reescrito, semiinventado y en su esencia falaz, que sigue sirviendo como intento, vano, de aglutinar inexistentes sentimientos identitarios o conciencia colectiva de comunidad en los habitantes de nueve provincias agrupadas, además, artificialmente.

Sin política alguna que enfrente la despoblación y el empobrecimiento de unas provincias que se extinguen sin remedio en todos los aspectos, encabezando las listas de la miseria y cerrando las de crecimiento, seguir celebrando la derrota de Villalar tiene mucho más de resignación que de impulso. Aferrándose a tradiciones paralizantes y rituales de asfixia, a dinámicas centrípetas de repetición, al caciquismo político y a un clasismo cultural y educativo vomitivo que solo propicia encuentros académicos, congresos elitistas, saraos institucionales y cartelones de propaganda, las posibilidades de desarrollo, crecimiento, renovación o regeneración son en la comunidad de Castilla y León inexistentes, aunque sigamos, por decreto, lamiéndonos las heridas con el abstruso homenaje y aplauso a tres decapitados.

Quedémonos, pues, con lo que brilla. Un 23 de abril dicen que nació y murió William Shakespeare, el más grande dramaturgo de la historia. Que fue enterrado Miguel de Cervantes, el autor más importante de nuestra lengua. Recordémoslos, leámoslos y tratemos así de salir vivos del cadalso de Villalar.