Gratitud

Esta semana de cuatro días lectivos ha sido en el colegio de mis hijos la Semana de la Gratitud: una invitación a ser agradecidos con los compañeros, con los profesores, con las familias, y con el Padre Dios. La gratitud es antídoto seguro contra la sobredosis de soledad, vanidad y autosuficiencia que a menudo nos va parando y endureciendo, poco a poco, el corazón.  Sabernos débiles y limitados da curso natural a la gratitud, que en definitiva nos enseña a ser realmente felices.

Metido en la semana temática, quizá por eso me alegró especialmente leer “gratitud” en el anuncio gozoso de la tenista canaria Carla Suárez el jueves pasado, cuando anunció su triunfo sobre un linfoma de Hodgkin. Me había impresionado su entereza allá por noviembre, en una noche de radio deportiva, cuando yo estaba pasando el Covid y ella lo temía particularmente dada su situación. Soñaba con Tokio pero su meta real era esa “gratitud” de anteayer.

En estos tiempos de tanto desencuentro, las gratitudes, como la de Carla, rostro visible de tantos enfermos que luchan cada día, deben ser gestualizadas, verbalizadas, expresadas de manera creíble. No son palabras huecas, sino que ablandan y mueven esos corazones que, sin gratitud, estarían permanentemente separados, en un silencio injusto, incierto.

Se me ocurren muchas gratitudes, pero en estos días pienso en mis aniversarios de abril (nuestro 22 y vuestro 25), en los que me ayudan con lo de mi hueso quebrado (también abriéndome el sobrecito del azúcar), en los que salen felices de su cita en el centro de salud o en un polideportivo, consecuencia de tantas horas invisibles de laboratorio y de tanto esfuerzo en las vacunaciones… Pienso también en los cercanos 515 años de la azul Vera Cruz, que el próximo sábado podremos hacer gratitud concreta en forma de donación de sangre junto a la capilla dorada. Por supuesto, gratitud por los libreros que han logrado sobrevivir y ayer sacaron orgullosos a sus puertas esos manjares que nos alimentan la mente y nos la despejan.  Gratitud por fin a dos manos, con la alianza nupcial todavía en el anular izquierdo, por cada grado que gano en la flexión y en la extensión del codo. No sé dónde habré puesto el transportador de ángulos, ahora que quería dar gracias por mi oxidada trigonometría...