Noli me salvare III: Évole y Bosé

Perdón por el rollo que voy a soltar hoy; para que no se lo echen si no quieren, aviso desde aquí que Évole no me convence, nunca lo ha hecho: me parece muy tramposo, me parece alguien que “va de normal” y no, no es normal, nunca lo fue, ni cuando era “el follonero”; se creyó su personaje y no, el periodismo no salva, solo informa, aunque él llamase “Salvados” (de ahí mi latinajo) a su programa. Lo de tío normal, de la calle, cuesta aceptarlo cuando al de ahora, como quien no quiere la cosa, le pone su apellido…

Respecto a Bosé, nada, algo de penita y pues que piense lo que le dé la gana, pero en su casa… que resulta que es aquí “cerca”.

Cuando empezó “Salvados”, o sea, en los tiempos en que todavía existía El Adelanto y yo publicaba ahí este “charro de dos orillas”, escribí algo titulado “Noli me salvare”, (no me salves, en latín, o no me ayudes, compadre, en mexicano moderno). Rescato un fragmento:

Soy medio gruñón, desde luego, y suelo rebelarme cuando creo que me hacen comulgar con ruedas de molino, sean “los míos” o los contrarios; y en la tele, no me gusta que me den como periodismo preguntas con respuesta, incluso, a veces, respuestas con pregunta. No me parece periodismo, nunca me lo ha parecido, que se note con quién está de acuerdo el preguntador; si me lo dice claro desde el principio, puede qué, pero si me lo disfrazan de aparente distancia u objetividad, se me revela y me rebelo.

Menos me gusta aún que en las preguntas se note quiénes son los buenos, quiero decir, que las preguntas, que esperan una respuesta, en realidad no sean respuestas sino afirmaciones inducidas. Y menos todavía me convencen los portavoces a los que nadie eligió. Siempre serán más los que no ven un programa de tele que los que lo hacen, por mucha audiencia que tenga. O sea, portavoces de sí mismos, de sus jefes, vale, pero hasta ahí. Nunca me gustó que en el periodismo sea protagonista quien lo ejerce; en la entrevista, en la de verdad, sí se agradece contar con un entrevistador con oficio, pero para regalarnos una conversación, larga, profunda… Y siendo conscientes de que, en una buena entrevista, rara vez habrá un titular de ocho columnas que pare las rotativas; sin embargo, las mejores entrevistas se van volviendo ensayos, novelas, libros de historia… Tampoco me convence esa credibilidad “creada”, esa aparente rebelión alimentada del cabreo imperante; porque los dueños de los medios tienen agenda propia, berlusconis hay muchos, y siempre me queda la recochina duda sobre por qué ese tema y no otro… Por eso nunca me he “salvado”; creo que la opinión es opinión, no datos; y por más taxativo que sea alguien argumentando, sus dichos siempre serán eso, dichos, argumentos, repito, no datos… Aunque les pongan de fondo música de película de miedo.

En pleno éxito, ya con el señor consagrado como “portavoz” de quién sabe qué, un 23 de febrero vio la luz un falso documental que me hizo escribir un artículo titulado “Sigo siendo apóstata (o de cómo insisto en el Noli me salvare)”; este lo copio entero porque se perdió en el limbo:

Como dicen que decían los viejos comunistas, “no creo en el dios verdadero, voy a andar creyendo en esas paparruchas”… Yo cambiaría el verbo creer por salvar y el dios verdadero por una especie de mesías posmoderno… Pero por ahí va la cosa.

Hace rato, escribí un artículo (https://n9.cl/xa0kw); el lunes lo saqué del baúl de los recuerdos –#PorSiOcupáis, ahí lo tenéis–, porque tuve un momento de esos que implican empezar a construir la casa –una casa, algo– por el tejado; por las redes, me fui enterando de que algo había pasado con Évole, pero tardé todo el día en ver la causa: “Operación Palace”; como leí artículos –en pro y en contra– y lo oí explicarse, ya conocía el desenlace, vamos, que me quedé sin la sorpresa. Su ya famoso –era lo que buscaba– documental “de ficción” se convirtió en la comidilla –ahora se le dice “trendintópic”–; pues muy bien. Llegué a casa y, o tempora o mores, pude verlo por Internet. Pilar, mi mujer, me dio la clave al acabar: “No entiendo por qué han participado todos lo que ahí salen, ¿qué aporta?, ¿sembrar dudas?, ¿subirse al carro?”.

Como si fuera la primera vez… Dudas sobre el 23-F, quejas por el secreto de sumario, etc… Yo me quedo con aquello de “excusatio non petita…”, pero parece que la conclusión que debemos sacar es: todos tienen algo que ocultar. Todos… ¿los políticos?, ¿los periodistas consagrados “de vieja escuela”? Siempre he pensado que cuando hablamos de “todos”, suele ser para favorecer a “algunos”. En este caso, evidentemente, el latente “todos” lo excluyó a él, al buenagente; y así, ya tenemos a un tío normal, pero que pregunta lo que nadie más; un defensor de los jodidos, uno de los nuestros, aunque trabaje para una empresa que, curiosamente, tiene intereses, económicos y políticos… Y los maneja bien, porque tiene programas muy progres y otros muy rancios, o sea, cubre todo el espectro. Bien hechos la mayoría, claro, pero con intención, como la tienen otros. No es que estemos expuestos a los medios, es que el periodismo y la comunicación son una responsabilidad, en primer lugar, de quienes los ejercen.

El “documental” no buscaba tener la máxima audiencia, aunque la consiguió; no buscaba una plataforma para anunciar su siguiente programa, aunque la tuvo; ni su objetivo era aumentar el caché de Évole, pero seguro que ya hay quien está pensando cuántos ceros más hay que ponerle al nuevo cheque.

No es que me enfadara el programa, está más o menos bien hecho; eso sí, nunca me han gustado las cámaras escondidas, ni siquiera “Inocente, inocente”. Como soy un ingenuote, suele ponerme de malas que me engañen “a posta” –reitero la referencia al periodismo como responsabilidad–; y no puedo negar que cada vez me da más miedo el muchacho –aunque es casi de mi edad; el jodío tiene la suerte de ser tragaaños– y lo que representa: la voz “de todos”, la “verdad” contra “las mentiras. Sigo sintiéndolo, pero, tras el programa, Évole insistió demasiado en eso de que otros nos habían mentido; reitero: “excusatio non petita…”

De nuevo, prefiero pensar por mí mismo; no me gusta que me salven, no me parece bien que me engañen y me digan después: si no te ha gustado, vale, pero cuidadín, que otras veces te han querido engañar también. Lo siento, pero no trago con el “si yo lo hago”, está bien, porque tengo una buena intención y un “fin último”, soy el bueno, el progre, el que critica a “los políticos”. Joder, ¿qué diferencia hay con los predicadores?

Por eso me extraña el lío que se ha montado con “lo de Bosé” unos cuantos años después; no puede sorprender cuando sabemos que es alguien que siempre va a buscar la polémica que les encanta a sus jefes para subir la audiencia… aunque lo vista de periodismo combativo, de darle voz a quienes no la tienen.

El problema sigue siendo considerar al periodismo, a las noticias, como espectáculo… Sigue siendo creer que por leer un tuit, un post de Facebook o lo que nos mandan por Whatsapp estamos informados… de lo que otros nos ocultan. Y es un problema que si un científico o experto dice algo, dudemos (si llegamos a terminar de escuchar lo que dicen, porque encima suelen ser aburridos), pero haya tantos, y tantas, que no dudan si lo dice un famoso, o famosa,, sobre todo cuando parece que sabe más que otros, que conoce a quien “hay que conocer”.

Sobre todo, también creo que es un problema aplaudir a los évoles del mundo cuando sentimos que nos dan la razón… Porque cuando nos damos cuenta del juego suele ser un poco tarde.

 

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