Volver a "Rayuela"

Para las y los del laboratorio, porque, como en Rayuela, nos la pasamos brincando de letra en letra. El “charro de dos orillas” de esta semana, en la que también supieron del “Lunes de aguas”, se lo debo a ustedes; esta columna es parte del taller. Gracias.

Y para mis padres, que por fin se vacunan: uno hoy y la otra, mañana.

El “pati”, juego salmantino al que, por supuesto, nunca jugué –no porque fuera “de niñas”, que yo ya entonces era muy “motherno”, sino porque la sicomotricidad y yo nunca hemos sido del todo amigos– es primo hermano del “avión” mexicano… O de la rayuela, juego que inmortalizó Cortázar poniéndole una mayúscula… mágica.

Ya tengo pie para empezar a escribir… ¿Se ha notado mucho? El otro pie es una conversación con mis amigos-alumnos-compañeros del taller que imparto… Claro, hablábamos de Cortázar y yo les confesaba que esa novela no había sido mi puerta de entrada al universo cortazariano… Lo intenté, pero no pude. Me fui a París en tren, lo recorrí yo solo o a través de otros libros, pero a mí Cortázar me cautivó por “El perseguidor”; de ahí llegué a los cronopios y luego puse “La noche boca arriba”; claro, también llegué de manera indirecta, puesto que don Julio forma parte de una familia en la que conocí a mi querido Arreola o a Monterroso… Por mencionar algunos.

Pero Rayuela, no. De hecho, cuando por fin pude disfrutarla fue hace pocos años, cuando se cumplió su 50 aniversario, Ahí sí, Rayuela fue todo un descubrimiento.

Ahí me dejé llevar por Cortázar, lo leí de manera lineal y luego me puse a jugar con él: empecé en el capítulo 73… Y a brincar…

Ahora sí, en Rayuela paseé por París, sin salir del entonces DF…

Qué cosas, en pocos años, la realidad se devoró al Distrito Federal, tan difícil de explicar a los amigos que venían de España, y lo hizo Ciudad de México, o CdMx en mileniés. Y la realidad también nos obligó a viajar sin salir de casa… Nos volvió… a los libros. Bueno, y a Netflix y anexos.

En fin, que esos paseos, de la mano de la Maga –porque esa musa siempre la tiene uno por ahí, en el alma, por ejemplo– fueron también un retorno a la ingenuidad adolescente –esa ingenuidad de la que no somos conscientes porque creemos que lo sabemos todo y que es imprescindible para leer Rayuela–, pero que también simboliza la adolescencia social de los 60 –correlato de la anterior– que fue imprescindible para escribirla.

La Maga… La vida…

Como decía, sin salir de casa, anticipando la época actual, tan “de clausura”, volví al Quartier Latin, o lo descubrí en la Roma, la Condesa, o paseando por Reforma, parisizaciones de este México, al que, en mi fuero interno, siempre he considerado un París sin Haussmann, es decir, sin tanta planificación. Un París a la mexicana… Tropicalizado, como dicen otros “mothernos”.

En esos paseos, que sigo dando, por supuesto, corroboro que el verdadero cosmopolitismo lo llevamos dentro, que se puede ser del mundo sin salir de casa: hay quien recorrió el mundo a través de libros de viajes y lo disfrutó como nadie; de igual manera, puede uno encontrarse con quienes presumen de pasaporte lleno de sellitos y nunca abandonan su patria chica… Una tan pequeña que cabe en ellos mismos.

 

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