La digna decadencia 

Son las doce de la noche en los cubículos de urgencias, pero aquí no existe ni la luz ni las horas, solo la sucesión de gentes, papeles, tubos de ensayo y batas de colores, verdes esperanzadores, blancos ya ajados que empujan sillas de ruedas, camillas o gentes agotadas de horas y horas en el duro banco de la paciencia. Y es una proximidad tan grande la nuestra, aún con la ventana abierta a un futuro incierto y sucio, que podemos escuchar la respiración agotada del vecino de infortunio, sentir sus olores y mirar los pies blancos y desnudos del anciano que se arrebuja en una camilla aterido de frío, las bolsas de la ignominia a ambos lados: la de su propia orina y la que guarda, arrebujadas, paupérrimas, sus ropas y sus efectos personales.

Somos los del purgatorio de la espera, los del contagio inevitable, los de urgencias. Y mientras a nuestro lado los ángeles de este infierno cotidiano se esfuerzan en ser amables, cercanos, eficientes… el paso de las horas nos afila el nervio de lo soportable y cuando por fin el veredicto decide si nos vamos a casa o a la cama deseable del ingreso, el alivio nos hace olvidarnos de los pasillos desolados, los vacíos en los que resuenan los pasos perdidos. Afuera, la ciudad en toque de queda es de una quietud y una belleza sepulcral, insólita. Atrás queda la mole del hospital, palpitando en su latido de monitor, en sus entradas y salidas, su luz de urgencia, su sirena varada en aquel que espera mientras el que se marcha se deja arrastrar por la libertad y el alivio que borran el olor a orina, la visión de dos pies ateridos, desnudos, las uñas largas de quien no puede inclinarse a cortárselas, sucias de no ducharse… la respiración entrecortada… entrecortada…

Nunca ha sido más sola la soledad del enfermo, nunca más vacía la bienaventuranza de visitar a quienes se quedan en el marasmo de lo malo. Y ni el cuidado, ni el medicamento ni el descanso, llenan este insondable vacío. El de unos pies que, por fin, una mano cubre con la manta de la compasión, las manos enguantadas, la boca amordazada ¿Ya no tiene frío? La dignidad se pierde en estas horas de dolor, de hastío, de espera desesperada, de prisa y de ira contenida ¿Dónde el espacio, la luz, la ventana, la eficiencia, los medios, la modernidad? Un solo gesto de humanidad ante unos pies desnudos que besar con reverencia, una mirada amable cuando no entra la vía en esa vena maltrecha por la edad… con su prisa, con su charla, con su energía, los únicos vivos en esta pesadilla sin horas son aquellos que hacen guardia en la desdicha ¿Qué le duele? ¿Qué le pasa?

La dignidad es un anciano enfundado en su gabardina exquisitamente cortada que se levanta el bombín para despedirse de su mundo de privilegios y retirarse a la comodidad del cuidado, a la resignada cuenta de la edad. Es un hombre casi centenario al que le permitirán el lujo de morir en su cama, rodeado de todos los cuidados, lejos de este espacio de espera donde un pie desnudo merece el abrigo de un sistema perverso. Porque todos somos dignos, y más aún en el momento en el que el cuerpo nos recuerda la humillante cualidad de sus humores. Amanece sobre la ciudad que se despierta, y allí se mantiene, palpitante, incansable, la llama de las urgencias.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.