Madrid, Estación Termini

Con el recuerdo de la película dirigida por Vittorio de Sica, es de ley reconocer la importancia que para España tiene Madrid en lo referente al tráfico de viajeros. Nuestro sistema radial de comunicaciones obliga a pasar por la gran ciudad a la mayoría de ciudadanos que deban atravesar la península en cualquier dirección. Si añadimos su condición de capital de la nación y sede del gobierno, tendremos otra justificación de la necesidad de acudir a Madrid para gestionar asuntos en organismos oficiales. Unidos todos los aspectos meramente geográficos a las particulares características de sus gentes, han convertido Madrid en una capital moderna, atractiva, con muy buenos servicios y polo de atracción para la inversión, interior y exterior, haciendo de ella el principal motor del desarrollo de nuestra economía.

Si todas las grandes ciudades han sido el imán que iba vaciando nuestras regiones rurales, Madrid y sus alrededores han sufrido la mayor repoblación de toda la península. Cuando se asegura que todos los hogares de España tienen algún familiar en Madrid, no se hace más que constatar una gran verdad. Terminada nuestra guerra civil, las naciones del centro de Europa, el País Vaco y Cataluña eran los mayores polos de desarrollo industrial en los que había mano de obra para quien pasaba estrecheces. Con la llegada de la globalización, y tras las diferentes crisis económicas, el banderín de enganche se desplazó hasta Madrid, más cercano, más alegre, con menos convulsiones y sin discriminaciones para los no nativos.

Está comprobado que Madrid siempre ha tenido “gancho”. Antes de ser el mayor núcleo urbano de la zona centro, a pesar de los vaivenes reales, fue Felipe II quien decretó su condición de capital del reino en 1561. Desde esa fecha, se ha trasladado la capitalidad a otras ciudades, siempre de forma transitoria y fruto de algún conflicto armado. Llegada la democracia, a la hora de implantar la España de las Autonomías, y con buen criterio, se constituyó como autonomía uniprovincial y sede de la gran mayoría de organismos oficiales. La pujanza demostrada durante este largo período democrático, su tupido entramado de empresas nacionales y multinacionales junto a una moderna infraestructura urbanística, hacen de la Comunidad de Madrid una de las codiciadas presas para cualquier partido político que se precie.

Con la excepción del actual gobierno de coalición, el PP –con sus distintas denominaciones- y el PSOE han ido alternándose, tanto en el gobierno de España como el de las diferentes autonomías. Un rasgo más de nuestra idiosincrasia es la propensión que tenemos los españoles a no dar demasiados vuelcos en las elecciones autonómicas o generales. De ahí de que un determinado partido pueda perpetuarse durante décadas en la Moncloa o en alguna autonomía. Siendo imparciales, y sobre todo sinceros, hay que reconocer que el votante suele ser fiel a sus ideas, hasta que pierde la confianza en los dirigentes que fracasan descaradamente. Si, consumada la alternancia, el nuevo gobierno demuestra su eficacia con resultados fehacientes, el votante vuelve a darle su confianza. Nadie es tan tonto –y el español tampoco lo es- como para tirar piedras a su propio tejado. Para el ciudadano, la verdadera campaña electoral concluye cuando acaba la legislatura. Sabe que todo lo anterior, por desgracia, suelen ser promesas hechas sabiendo que no van a ser cumplidas. Además de la corrupción -de la que pocos se libran-, nuestra democracia ha cultivado una planta muy nociva: la mentira. Tenemos este vicio tan arraigado que llega a considerarse como pecado venial. En otras democracias, el político descarriado no debe esperar al “voto de castigo”. Sabedor del negro porvenir que le espera cuando se resiste, suele pedir la dimisión. Aquí, no sólo se miente, también se tergiversa, se enreda y se atenta contra el correcto cumplimiento de las leyes, pensando que habrá tiempo para embaucar al futuro votante durante toda la legislatura.

Vista la importancia “estratégica” del resultado del 4-M, ya avisamos de la dura campaña electoral que nos espera a todos –porque a todos los españoles nos importa Madrid. Pues bien, no hemos tenido que esperar. Los altercados del pasado miércoles en Vallecas vienen a corroborar lo que temíamos. Ante la solicitud formulada por uno de los partidos políticos de nuestro Parlamento –no menos demócrata que Podemos o Bildu, por ejemplo-, hicieron aparición en el lugar de autos un nutrido grupo de manifestantes, debidamente pertrechados con piedras y botellas, dispuestos a impedir tal celebración por la fuerza. Como ya llueve sobre mojado, y el Ministerio del Interior sabe perfectamente lo que ha sucedido otras veces, la lógica aconsejaba una suficiente dotación de policía como para facilitar la celebración del acto y, sobre todo, para garantizar la integridad física de los intervinientes. Llama la atención, en primer lugar, la extrema violencia que exhibieron los alborotadores, a juzgar por los métodos empleados, y el escasísimo número de policías asignados por la Autoridad. Tal y como se desarrollaron los acontecimientos, milagro fue que no hubiera que lamentar consecuencias aún más graves que las que pudimos contemplar. En segundo lugar, está fuera de toda duda que los energúmenos que actuaron lo hacían convocados previamente por alguien y debidamente espoleados para no retroceder. De otra forma, no se concibe tal salvajismo. No soy hombre de leyes para calificar los posibles delitos que pudieran concurrir, pero no pocos bárbaros “tiraban a dar”.

Nadie podrá asegurar que tiene pruebas para acusar a determinados partidos de haber planeado este escrache -porque otras veces sí lo han hecho y no lo han reconocido-, pero, a juzgar por las justificaciones del mismo, no es necesario buscar nuevos responsables. Se ha tenido la poca vergüenza de respaldar esa barbarie alegando que ¡“los de Vox fueron a provocar”!  ¿Acaso el déficit que advertía Iglesias en nuestra democracia pretende solucionarlo a pedradas? ¿Sigue emocionándose cuando contempla cómo se lincha a un policía? ¿Continúa disculpando y apoyando la violencia terrorista como elemento necesario para alcanzar la independencia de regiones independentistas? ¿Ese es el tipo de democracia que disfrutaríamos si algún día llegara a ser nuestro presidente? ¿Será capaz de seguir “vendiendo la burra” de los bajos sueldos a la vez que se alimenta con los abusos de la “casta”? No me explico cómo puede seguir en la cima de su partido sin que sus militantes le corran a gorrazos. Sinceramente, espero que una gran mayoría de españoles no se deje embaucar por alguien capaz de dejar en el paro al mejor camaleón.

Muy bien debe estar haciendo las cosas la Sra. Ayuso para que toda la izquierda esté tan preocupada por el resultado del 4-M. Están como locos para echarla. Ya hablan hasta de meterla en la cárcel. Lo dicho. Madrid es mucho Madrid. Hasta el propio Sánchez, mientras sobrevuela África en su Falcon –será de los pocos lugares donde no le conocen lo suficiente-, se permite el lujo de insinuar que las cifras del Covid en la Comunidad de Madrid están manipuladas. Alguien que no ha dicho una verdad desde que era bachiller; que ha sido capaz de esconder más de 30.000 fallecimientos; que ha procurado dificultar la vida de los madrileños por el grave pecado de estar gobernados por la derecha; que se ha empeñado en mantener el aeropuerto de Barajas como la mejor puerta de entrada para del virus; que ha colocado a España a la cola de las naciones de Occidente, ahora, ¿de qué quiere presumir? Cosas veredes, amigo Sancho.