Aleluya

La fe en Jesús no es sólo aceptación del Jesús histórico, sino del resucitado. Tomás había vivido con Jesús, pero no había tenido la experiencia del resucitado. Y es que a Tomás le pasó como a los discípulos de Emaús, era grande el desaliento que les había llevado al distanciamiento y a la pérdida de la fe y la esperanza, la pérdida de todo sentido de orientación y motivación. Ellos esperaban… Y es que los discípulos querían descubrir a Jesús en el éxito y no en el partir el pan.

Creer en el resucitado es creer que él no está en el sepulcro, ni en la muerte, ni en el sitio de la muerte, sino en la vida y en todo lo que dice relación con ella. Creer en el resucitado es permitir que, en cada amanecer, ocurra una resurrección inmensa, donde, sin dejar de ser uno mismo se encuentra como nuevo, con ganas de vivir, mejorar la propia vida y la de los demás. Es entonces cuando vemos brotar la esperanza y aprendemos a aceptar todas nuestras limitaciones como las de los demás. Para abrirnos a la fe en la resurrección de Jesús, hemos de hacer nuestro propio recorrido, buscarlo con todas nuestras fuerzas, pero no en el mundo de los muertos, si no donde está vivo: en la Palabra, en medio de la comunidad, en los pobres... Al que vive hay que buscarlo donde hay vida. Y a esto estamos llamados, a ser sembradores, pues desde que nacemos tenemos una semilla de resurrección y eternidad.

La resurrección da sentido a todo, a la cruz, a la muerte; es la razón de todo y es el término de todo. La vida de Cristo no termina en Viernes Santo, sino en Domingo de Gloria. De igual forma la vida del cristiano, aunque esté marcada por y con la cruz, va a terminar no en la muerte, sino en la vida. Los ojos del cristiano, no sólo tienen que mirar a la Dolorosa o al Crucificado, sino al Resucitado. La gran prueba de que Cristo ha resucitado es que está vivo en el corazón de los cristianos y es causa de alegría, gozo y esperanza. Todo en la Pascua se reduce y se expresa en una palabra: “Aleluya”. Este es el grito de todos los creyentes, conscientes de la certeza del triunfo de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado.