Sobre libros, hallazgos, lecturas raras

La otra tarde, en esa imprecisa hora de siesta de día festivo, echando una ojeada a mi repleta biblioteca, mi atención se fijó en un libro amarillento, antiguo, del que no tenía la menor idea de cómo y por qué había llegado hasta allí. Deduje que la habría comprado sin apenas atención en la última Feria del libro antiguo, de Salamanca. Supongo a muchos bibliófilos les ha pasado alguna vez lo mismo.

Fue todo un descubrimiento; el autor, del que no sabía ni había leído nunca nada (Alphonse de Châteaubriant), el título, “El Señor de Lourdines”, la edición, una 29 edición de 1911 ¡y la tirada del libro!: 5 ejemplares para Japón, de la Manufactura imperial de Tokio, numerados del 1 al 5 y 20 ejemplares del holandés Van Gelder, numeradas de 6 a 25. Supongo que este extraño libro que tenía en mis manos es uno de los 25 de esta edición.

Antes de saber nada, ni del autor ni del libro, me puse a leerlo por pura curiosidad. El autor describía un “gentilhombre” que vivía en un pequeño castillo en el campo, cerca de Poitiers; el curioso personaje era definido como alguien que no quería saber nada de la sociedad, detestaba al género humano, y vivía feliz con su perro, cuatro criados y su mujer enferma de cuerpo y alma. Solo era dichoso con la naturaleza. La época, sobre la mitad del siglo XIX.

Después, supe algo más del libro y del autor: el libro tenía el Premio Goncourt en 1911 y su autor fue un entusiasta del nazismo; huyó a Austria y fue partidario de la colaboración francesa con el régimen de Hitler. Las características de su personaje, me llevaron a, quizás, comprender, su posterior adhesión al nazismo, partiendo de la hipótesis freudiana de que todo personaje literario lleva algo esencial de su autor: alguien que “detesta a la humanidad” en su conjunto no puede albergar deseos positivos para esa odiada humanidad.

Pero lo que más me ha hecho reflexionar de este pequeña anécdota, es el sentimiento de libertad que experimenté como lector, comenzando a leer un libro amarillento por el tiempo, desconocido, situado más allá de cualquier consejo, lista de ventas o críticas interesadas actuales; leer lo que el azar más puro había puesto en mis manos, sin referencias, sin publicidad, uno de una tirada de 25 ejemplares, me hizo sentir tan diferente al consumidor que siempre somos, al lector casi obligado a leer la última novela, premiada o no, de las grandes editoriales, que sentí esta pequeña anécdota como un privilegio. El privilegio de situarme más allá de las reglas del mercado, de este espacio y tiempo actual, tan obsesionado con los graves problemas a los que la humanidad no logra encontrar solución.

Antes de la epidemia del Covid 19, antes de la gripe “española”, M. de Lourdines- Châteaubriant ya había sabido que la felicidad está en el contacto con la naturaleza. Aunque el autor, lo que  parecía no saber es que para amar  la naturaleza no hace falta odiar a la humanidad. Una auténtica libertad interna te impide odiar a nadie, cosa que no ha logrado hasta ahora ningún adoctrinamiento religioso, que, al contrario, ha llenado de guerras de religión la Historia de la Humanidad.