El carro de Tespis

Los aplausos son el mayor reconocimiento que reciben los actores después de una representación.

Son tan insistentes, tan tercos, que obligan a descorrer el pesado telón varias veces, y a salir a saludar colocados con diversos criterios: todo el elenco, los protagonistas, los papeles secundarios, de nuevo todos a la vez… Saludos a la platea, a los palcos, al anfiteatro…

Cuando se cierra por fin el cortinaje, tupido terciopelo rojo, aún reverberan los ecos de los ecos. Los camerinos vuelven a llenarse, esta vez de músculos que estiran, de sorbos de agua, de toallitas desmaquillantes. La piel, poco a poco, nos devuelve a nuestra escena cotidiana, a nuestros rostros, a nuestra personalidad, mientras el personaje va desvaneciéndose como una densa niebla cuando aparecen humildes rayos de sol. El ser que nos ha habitado durante una función se va vaciando de contenido, aunque siempre deja sus frases, sus huesos formando una capa de los nuestros, su existencia impregnando una parte de la nuestra; sus miedos y sus fortalezas nos apuntalan como un castillo medieval aguanta en pie todas las guerras, se sobrepone a todas las batallas. Los clásicos nos dejan los arquetipos que todos llevamos, nos los presentan como excelsos dominados por sus flaquezas, oh, cielo receptor, de qué adolece nuestro recorrido; ellos, inventados, nos señalan el sendero que transitamos en algún momento cuando aparece la lucha, el sinsabor, el ocaso, el amor del fruto o del rastrojo, alma sublime o prosaica.

Toda esa vida prestada al actor va dejando paso a los comentarios… No se notó, desde las butacas, la frase olvidada, la morcilla inventada, el gesto añadido o evitado, el soplo innecesario del apuntador a la frase que nunca antes se había recordado tan bien como hoy…

El teatro es así, nadie repite al pie de la letra todos los textos, con tal exactitud, y de eso se trata, de la maestría, de la experiencia, del arte para dar el bosquejo aproximado que trae el clásico al alma moderna y la hace vibrar de gozo, ese mordisco a la conciencia, ese pellizco a la realidad, esa incisión precisa que moldea el espíritu tras la reflexión.

Allí, quitándose todo lo sobrante, volviendo a las propias vestimentas, pisando dentro de los propios zapatos, encamina el grupo sus pisadas, noche de celebración, algarabía, anécdotas, avatares, denuedo, ensayo tras ensayo, que hoy recoge un broche de gala.

Las risas beben de la copa de la vida, cristal que choca alborotado, efervescencia y logro, asueto compartido, al fin, tras tantos estragos.

Las cuerdas vocales se resienten, nunca se aprende suficiente, nunca se humedece en su justa medida antes de lanzar la voz ante el espacio.

La garganta arde, arde y se refresca, se sueñan los siguientes autores, las siguientes obras, los próximos personajes… siempre alguien ávido de estar a la última.

Tespis mueve el carro de su teatro por el Ática. Ella siempre recuerda esa imagen, cómicos desterrados, obligados a contar las verdades reales en un escenario, oficio que engancha.

Al llegar a casa conecta el canal de televisión que da noticias durante todo el día. Apura un vaso de leche fría que alivia de momento la inflamación de sus cuerdas vocales. Por enésima vez se retransmite en diferido el pleno desde el hemiciclo.

Una imagen pasa por su mente. ¡Cómo se le parece, aquello, a un anfiteatro! ¡Qué grandes actores! ¡Qué bien interpreta cada uno su papel!

Aplaude con desgana.