Rimas y leyendas de la Semana Santa salmantina (y VII)

LA LEYENDA DEL OTRO REGALO

Cuenta la leyenda, y aún se puede escuchar, aunque en voz muy baja, cuando declina en la Capilla de la Vera Cruz el Sábado de Gloria, que las suaves manos de la Virgen todavía recuerdan cómo acariciar páginas de esperanza cierta y su dulce mirada recorre de memoria palabras de promesa cumplida.

Se escribieron crónicas de exaltado verbo cuando fray Juan de San Antonio, el guardián del convento del Calvario en Salamanca, agradecido por la hospitalidad de los cofrades de la Santa Cruz al pasar la comunidad por el grave apuro de verse sin morada, respondió al gesto con un obsequio que casi tres siglos más tarde los herederos de aquellos penitentes custodian con celo y orgullo. No podía faltarle a la Vera Cruz una cruz vera, una reliquia del Santo Leño donde floreció la Vida, donde Dios aniquiló a la muerte, donde la Gracia sometió al pecado.

Se recrearon los cronistas del XVIII en las arduas gestiones en Tierra Santa para conseguir el regalo, en las vicisitudes del viaje de regreso desde Jerusalén hasta la ciudad salmantina y en los solemnes cultos con que el Lignum Crucis fue recibido en la capilla dorada y colocado luego en su cruz-relicario, pero soslayaron, por desconocimiento, por sana prudencia o por aconsejada discreción, hacer mención alguna del… otro regalo. Ya en el XX, ni la reseña de Paradinas, con sus licencias, ni las actas de Moneo, en su críptica caligrafía, plasmaron lo que algunos cofrades creían haber oído contar.

Se relataba que, si fray Juan de San Antonio había llevado bien pegado al pecho, y se lo acercaba aún más en cada frontera y en cada posada, el pequeño fardel donde guardaba el fragmento de la Vera Cruz, su acompañante fray Miguel de la Inmaculada asumió la responsabilidad de traer al buen puerto del Campo de San Francisco… el otro regalo.

En las fronteras y en las posadas su presencia era detectada, pero pronto los ojos expertos lo juzgaban como el libro de oraciones del clérigo, que bien merecía continuar el trayecto y acompañar a su propietario en la liturgia de las horas. ¿Qué interés podría suscitar un vulgar volumen destinado a los rezos de un franciscano? Engañados por las apariencias, poco le costó a fray Miguel asegurar la llegada a Salamanca del… otro regalo.

Es verdad que cada día se encomendaba a Dios con fe honda, y a cada cristiano con el que se topaba no dudaba en mostrarle el dibujo que conservaba en su ligero equipaje: era el rostro de una Virgen que, según contaba, se cubría con un velo negro hasta que, en las primeras luces del día de Pascua, era enfrentada a la imagen de Cristo Resucitado y, justo en ese instante, se le retiraban velo y manto de luto para que brillara el blanco de su alegría.

La tarde antes de emprender el regreso a Salamanca, mientras fray Juan y fray Miguel recorrían sentidamente por última vez la Vía Dolorosa, despidiéndose quizá de Jerusalén hasta la otra, la del Cielo, un hombre corpulento les sorprendió y se vieron asaltados. Fray Miguel, expeditivo, sacó a relucir su estampa mariana, procurando aplacar la amenaza demostrando que eran hombres pobres de Dios: “Mira, hermano, esta bella imagen de Nuestra Señora se venera en la noble ciudad de Salamanca, allá en España…”. Cautivado por la expresión de la Madre, al atacante se le borró la fiereza de su semblante, descartó su errado propósito, besó con devoción las manos de los frailes, entregó a fray Miguel un libro y huyó sin decir nada. Fue abrirlo y casi desmayarse fray Juan: “Es… es… el manuscrito, el manuscrito de las cuatro manos…”, logró decir entre ahogos. “¿Cómo dice vuestra reverencia?”, se preguntaba asustado fray Miguel. Cuando se recuperó del vahído, el experto explicó al profano que tenía en sus manos una reliquia descubierta por la mismísima Santa Elena en el siglo IV y robada hacía décadas a la Custodia de Tierra Santa, pero que por razones de alta política, según una orden directamente salida de Roma, el suceso se había ocultado y hasta olvidado. “Entonces la Providencia ha hablado. No puede seguir en mis manos, pero tampoco debe volver a donde estaba. Quiere Dios que pongamos este libro en las manos de la Santísima Virgen en la hospitalaria Vera Cruz de nuestra Salamanca”. No fue una falta de obediencia de fray Miguel esta resolución, que al momento compartió fray Juan, cómplices ya ambos al haber sido testigos de tan milagroso hecho.

Unas semanas más tarde, con el sigilo pertinente, los cofrades de la Vera Cruz recibieron el Santo Libro, y sin más explicaciones que las estrictamente necesarias les fue confiada aquella modesta colección de cuatro piezas de pergamino, que pronto dotaron de una digna cubierta. En la primera, atribuida a las manos del evangelista Mateo, se leía: Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día” (16, 21). En la segunda, debida al evangelista Marcos, estaba escrito: “Iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará” (9, 31). La tercera, rubricada por Lucas el evangelista, presentaba el siguiente texto: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y se cumplirá en el Hijo del hombre todo lo escrito por los profetas, pues será entregado a los gentiles y será escarnecido, insultado y escupido, y después de azotarlo lo matarán, y al tercer día resucitará” (18, 31-33). Finalmente, en la cuarta, la pluma inconfundible del evangelista Juan: Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado y volveré a glorificarlo” (12, 28).

Tal y como habían sugerido los frailes calvaristas, en la fiesta grande de la Pascua el Santo Libro era colocado en las manos de la Santísima Virgen de la Alegría, y luego guardado en un lugar a salvo de saqueos y descuidos. La Palabra de Dios, los anuncios de la Muerte y las proclamaciones de la Resurrección en esas cuatro páginas manuscritas, alentaba entre los cofrades de la Vera Cruz un “Ven, Señor, Jesús” que se cantaba así con brío cada Domingo de Pascua en la Procesión del Encuentro. Hoy, mientras “el otro regalo” permanece en ese secreto lugar que nadie conoce, el canto ha de sonar con la misma fuerza y la misma esperanza que movió el primer día de la semana a la Madre que es “Causa de nuestra alegría” y la puso en camino hacia un Sepulcro que se encontró vacío. Entonces es muy posible, lo cuenta la leyenda, que tras el Lignum Crucis podamos volver a ver el Santo Libro en las manos de María y proclamar junto a Ella que Cristo ha resucitado, y vive y reina para siempre. ¡Aleluya!

 

AL LIGNUM CRUCIS

Relicario de plata, el que más brilla.

Un beso doy en esa encrucijada

con silueta de cruz acristalada,

arbóreo trono donde el Rey se humilla.

 

Y vengo de su mar hasta mi orilla,

y me encuentro la barca reparada,

redes sanas, el alma descansada,

su mano poderosa es nueva quilla.

 

Al mirar la pobreza de esa astilla

contemplo la Verdad crucificada

mostrando sin dudar la otra mejilla,

 

y sé que he de pescar de madrugada:

marcará en mi reloj la manecilla

la hora de la Luz resucitada. 

 

 

 

Fotografías de la Virgen de la Alegría, de la Cofradía de la Vera Cruz (izda. Ansede y Juanes; dcha. Alberto García Soto)