Ciudades flotantes

 

 

En su libro "Momentos estelares de la humanidad", Stefan Zweig describe cómo el buque Great Eastern consiguió unir las costas de Irlanda con las de Terranova con un cable telegráfico de casi 4.000 km durante una travesía de 14 días (julio de 1866). La hazaña, que fue celebrada por los medios y gobiernos implicados, fue posible gracias a la envergadura del barco, entonces el mayor del mundo, con 211 metros de eslora y 27.400 toneladas de carga, que necesitaban un triple sistema de propulsión: ruedas laterales y hélice, ambos de vapor, y un velamen de seis palos. Ello requirió un gran esfuerzo técnico y financiero, tras superar el desánimo y las grandes pérdidas de varios intentos previos frustrados. (En los primeros eran dos barcos los que llevaban la mitad del cable cada uno y trataban de encontrarse a mitad del Atlántico, sin éxito).

Aunque no emplea la palabra, Zweig sugiere que este fue un gran paso hacia lo que hoy llamamos globalización, a "… incluir a toda la humanidad en el ámbito de la intercomunicación, para alcanzar una conciencia común de todos los continentes”. Refleja, por decirlo así, el aspecto cultural del asunto, si bien el tránsito de excedentes de población, el incipiente turismo y el comercio de mercancías y materias primas sin duda debieron de ser más determinantes en el proceso.
El episodio suscitó también el entusiasmo de Julio Verne, quién dedicó una de sus novelas, “Una ciudad flotante", que se desarrolla a bordo del Great Eastern durante su célebre travesía de 1866. Allí, Verne anota que el navío era "una obra maestra de la construcción naval. Es más que un buque, (…) es una ciudad flotante, un microcosmos que encierra un mundo entero". (Según él, en esa ocasión llevaba unos 10.000 pasajeros).
Pero la industria naviera siguió desarrollando barcos de mayor capacidad de carga, dimensión y velocidad, respondiendo así a los requerimientos del gran imperialismo de finales del siglo XIX y comienzos XX, necesitado de medios de transporte integrados en una red mundial. Gracias a ella, en 1872 Phileas Fogg pudo ganar su apuesta al utilizar un itinerario real que ponía en contacto trenes intercontinentales y barcos de altura en algunos puertos importantes, lo que le permitió dar la vuelta al planeta en 79 días.
Estas pinceladas históricas sirven para hacernos una idea de la envergadura de los buques que surcan ahora los siete mares, cargados con miles de contenedores estandarizados (con 38 metros cúbicos y hasta 23,6 toneladas de capacidad cada uno). Las medidas del Ever Given, que ha bloqueado el canal de Suez durante una semana, no son nada raras en este tipo de barcos, que, con unos 400 metros de eslora y hasta 100.000 toneladas de carga, más que duplican la capacidad de los convoyes ferroviarios más largos. Debido a ello y a la relativa baratura de los fletes, acaparan entre el 70 y el 80% del tráfico comercial global y mueven la mayor parte del crudo, del que, por otra parte, son grandes consumidores con sus motores Diesel.

Así pues, como vemos, el tamaño sí importa en el caso de los barcos de transporte. Para bien y para mal. Teniendo en cuenta que el ancho del canal de Suez es de 300 metros no es de extrañar que el Ever Given  haya taponado el tránsito por la zona durante una semana. Lo raro es que este tipo de accidentes no sean más frecuentes. Y, por mucho que haya avanzado la técnica, al final son los fenómenos naturales (el viento, las mareas) los que pueden causar accidentes, tanto más grandes cuanto mayor sea el barco.

(Ilustración: portada de la novela de Verne. Wikipedia commons)