Despertar al dormido...

Wiston Churchill afirmaba que “uno nunca debe dar la espalda a un peligro amenazante y tratar de escapar de él. Si haces eso duplicaras el miedo. Pero si lo enfrentas de inmediato y sin titubear, reducirás el miedo a la mitad. Nunca huyas de nada. ¡Nunca!”.

 

La tradicional ceremonia de la confusión está poniendo a todos los temas en el mismo saco de forma que todos parecen buenos o malos, solucionan o estropean, sean de izquierdas y derechas a la vez. Es como si todos estuvieran saliendo al ruedo al mismo tiempo para que la corrida parezca confusa, para que no sepamos que mirar, a qué diestro valorar, ni que faena resaltar. Se trata, a fin de cuentas, de la práctica consistente en suscitar falsas discusiones que distraigan la atención de otros asuntos que no interesa que sean tenidos en cuenta. Aunque al final todo lo directamente relacionado con la supervivencia, a fin de cuentas, como la economía, puede hacernos decidir a apoyar a aquél que presente el discurso atractivo en su estética.

Empieza abril y su semana santa confinada, pero a día de hoy cuando leemos un periódico o escuchamos un noticiario no esperamos nada bueno y menos incitante. Se repiten de forma monótona las mismas cantinelas que son éxitos para unos y fracasos para otros, o se reiteran fieros males que no dejan de existir pero que a veces no son tan fieros y que se siguen con tanta minucia que ocultan otros más importantes, y por supuesto no se propone nada atractivo o esperanzador que anime a los ciudadanos. Por si faltará algo nos ponen más bozal y más angustia.

Esto y muchas cosas más explican el extraño fenómeno de que el amplísimo descontento dominante, que tiene pocas excepciones, se presente acompañado de la frecuente sensación de que las cosas van a seguir como están, o lo que es lo mismo mal o peor, lo cual no es muy comprensible cuando se vive en un mundo a la deriva sin patrón que lo gobierne. Empezamos el mes con un viento de proa que dificulta el avance. Vientos procedentes de todas las orientaciones. Ya no vale el consuelo de que cuando los pueblos están psicológicamente sanos se crecen ante las dificultades, pues éstas les sirven de estímulo para dar de sí. Ya no queda nadie sano, por lo que la convicción de que las cosas no tienen solución, de que no se puede hacer otra cosa que la que se está haciendo, nos está empujando a pensar que la vida pública está escapando de los ciudadanos y el estado ya no cuida de ellos.

Los muchos que si se sienten representados en su interior dudan, y otros no ven que la conducción de los asuntos ofrezca nada atractivo. La tibieza con la que se proponen una sí y otra también soluciones que parece no modifican nada sino van a peor, produce en los españoles una sensación de que las cosas van a seguir así largo tiempo y ello engendra hastío e indiferencia. La forma peor de la resignación. Cuando se llega a la convicción de que hay que elegir entre posibilidades no deseables, en todo caso no deseadas, hay peligro de que se elija por inercia o por el método de cara o cruz. Es decir, que no se elija, con lo cual la democracia se vacía de contenido. Es en este caso cuando nacen fácilmente los políticos que se presentan como salvadores y defensores de los valores eternos. Lo podemos estar viendo y lo veremos. 

Miguel de Unamuno, un ejemplo de persona y de vida, amante de su familia y de los niños, además de la sabiduría, recorrió las mismas calles que algunos podemos pisar todos los días, centró su vida en llevar a cabo misiones variopintas cuyo fin no era otro que el de mejorar la sociedad española. Todas tenían como epicentro a la siguiente: “procuro ejercer la decimoquinta obra de misericordia, esto es: despertar al dormido”.