En ‘La primera línea’. Tres poemas elegidos por Harold Alva

Portada de la antología y Alfredo Pérez Alencart

Agradezco a Harold Alva, poeta y gestor cultural de mi país primero, por haber seleccionado tres textos míos para ser incluidos en su atractiva antología ‘La primera línea. Poesía Iberoamericana’ (Editorial Summa, Lima, 2021, 396 páginas), donde alberga a 87 poetas de toda América Latina y España. Alva es director del Festival Internacional Primavera Poética, de la plataformas Contrapoder (política y cultura) y Butaking (audiolibros).

Aquí un fragmento de su prólogo: “La primera línea es un documento de reafirmación. Los poetas congregados estuvieron, durante la pandemia, defendiendo la vida con sus palabras. Todos son grandes poetas, referentes de los últimos cincuenta años de poesía iberoamericana, hombres y mujeres con quienes podemos afirmar que el 2020 fue el año cuando la poesía se impuso al miedo colectivo, el año cuando los poetas no solo estuvieron en pie de guerra, sino que fueron las armas y los escudos de una época que además de lecciones nos devolvió la claridad del lenguaje y una estética que tiene en la cooperación y la fraternidad sus más exactas licencias. Hace 21 años empecé con la organización de esta cartografía motivado por ir más allá del discurso hegemónico y me propuse realizarla interactuando con los protagonistas de nuestro proceso, la comunicación con cada uno de ellos no solo me ha dado luces para entenderlo, sino para defender un legado. Gracias a los poetas que me han permitido ser cómplice y testigo de todos estos años de escritura, gracias a quienes con su paciencia me permiten dosificar la tensión para continuar resistiendo, gracias al Ministerio de Cultura, en la persona de Alejandro A. Neyra; sin ustedes habría sido difícil esta publicación”.

EL TORO ENCANTADO

Quizás yo sólo sea el reverso de una sombra

o la figura revelada bajo el último relámpago

sobre el paisaje de mi heredad,

allá donde estaba soñando el porvenir

montado sobre un toro tan antiguo como el amor,

más acá de la altura del barranco de los aguajales,

emplumado con calendarios que ignoran

la desaparición de tan verde lugar.

El toro es lo único que me resta de aquel paraíso.

Voy por sendas sobre tan noble animal

cuyo rugido es como rememoración del encantamiento,

de todo lo que era posible entonces,

cuando cielos y bosques ensanchaban mi corazón.

Quizás mi destino se fraguó alrededor del toro

cuyas fuerzas no flaquean por su cuero

resbaloso de presagios.

Pero todo se confunde en la ceremonia

que dentellea lo dichoso entre árboles ululantes

al sentirme volver tras larga ausencia.

Quizás en otra época mis pies trazaron la trocha

de libertad por el que me lleva el animal.

Al final del camino, el toro parece comprender

el mucho secreto de mi tristeza. Sabe de mí,

pues él mismo se grabó mi nombre en su frente.

Quizás yo sea ese toro que recoge las sobras

del festín y entierra las patas en el suelo

de su antiguo paraíso.

La procesión de la papa, escultura en bronce del artista peruano Gerardo Chávez

 

WARI PACHAKUTEK COSECHA LAS PRIMERAS

PAPAS EN EL VIEJO MUNDO

Allpapi papaqa / La papa en el suelo

manan sapallanchu wiñan./ no vive sola.

Sumaq waytayuk qurakunapas / Bonitas flores silvestres

papa ukukunapim wiñarin./ crecen en medio de los papales.

 

 

Wari me llamaban porque era protegido de los dioses

y creaba alegrías y atizaba el fuego sagrado del Inti.

Así era mi vida en el Cuzco con mi esposa Warasisa,

flor convertida en lucero para que yo viera su rostro.

 

A Castilla me trajeron curtidos marineros de las olas.

Aquí vine subido a wiraqocha, a la espuma del mar,

masticando coca la dura travesía para no llorar sangre

y ser un yawarwaqaq que pierde el alimento de los Andes.

 

Ahora pido que me llamen Pachakutek porque soy quien

cambiará el mundo y por mí comenzará una nueva era.

Meses atrás sembré semillas con brotes en esta ladera

próxima al río, calculando la época de las heladas.

 

Ya están amarillas las flores y han crecido los tubérculos.

Es tiempo de tocar mi quena, danzar con las manos al aire

y luego cantar a los apus mientras comienzo la cosecha:

Tarpuymanta allaykamaqa pichqa-ganchis killanam purin.

 

Los autóctonos se extrañan con este ritual de desentierro

pero pronto vendrán en avalancha a sembrar papa blanca.

Por la meseta y por el mar van sin naufragar mis cánticos

porque necesito vivir revuelto entre el pelo de Warasisa.

 

Yo soy el usuy, el que trae abundancia.

Yo soy el wayra, el veloz como el viento.

Yo soy el llaksa, el que tiene el color del bronce.

Yo soy el huksonjo, el fiel de un sólo corazón.

 

Haré una pachamanca para festejar la cosecha primera

y que coman largamente la gente de esta tierra.

Esto lo hago porque mi nombre desborda libertad

y la vida es un soplo mágico en las orejas del otorongo.

 

Allpapi papaqa

manan sapallanchu wiñan.

Sumaq waytayuk qurakunapas

papa ukukunapim wiñarin.

Alfredo Pérez Alencart junto al río Tampobata (Madre de Dios-Perú. Foto de Jacqueline Alencar)

 

PIDO PERDÓN POR LAS AUSENCIAS

 

Pido perdón por las ausencias.

Yo soy el que llega desde lejos,

el hijo pródigo que se cobijó

en dorada ciudad de la vieja Castilla.

 

Pero sé que esta tierra es mía

y que toda distancia es inútil

y que su verde vida se descuelga

chicoteándome desde adentro.

 

Mi paz se multiplica cuando amanece,

cuando la intimidad es más estoica,

cuando termino de contar vivencias

que pueden salvarme o condenarme.

 

El ido regresa silabeando

la única contraseña que abre

las puertas de su selva.

Harold Alva, poeta, gestor cultural y antólogo