Palabras que hieren o palabras de luz

                                                                                                                                                    A Rafael Narbona

Escribe Olegario González de Cardedal, con su envidiable y luminosamente prístino uso de nuestra lengua, que el hombre viene al mundo con “unas pocas palabras primordiales”, y que según sea el uso que haga de ellas a lo largo de sus múltiples experiencias vitales, “puede ir oscureciéndolas por la violencia que les infiere” o “con el uso irlas volviendo más diamantinas y cenitales”.

Vivimos, por el contrario, en un tiempo de cinismo y acidez en el que, con frecuencia, las palabras se afilan con la intención de que hieran y muestren la rapidez verbal de quien las usa con inhumana crueldad. Atacar al otro de este modo se ha convertido en el deporte nacional, y los políticos se muestran en esto –desgraciadamente solo en esto– modelos ejemplares para quien quiera imitarles, que los hay. Las redes sociales, por ejemplo, se han convertido en campos de batalla imaginarios en los que la intolerancia y la cobardía se funden en un fanatismo profundamente falto de inteligencia. Y así estamos como estamos.

“El lenguaje lo permite todo” –escribió George Steiner–, “es infinitamente servil y no tiene límites éticos”. Nos aporta claros ejemplos de ello Sánchez Ferlosio: “no a compasión, sino a falta de compasión responde la automática necesidad de añadir ‘inocente’ a la palabra ‘víctima’”, o “lo llaman ‘perro’ o ‘rata’ para anticiparle encima la figura con la que un día podrán matarlo a palos”.

En nuestra sociedad no se atacan las ideas, sino la persona que las dice. El arma favorita de nuestra retórica política, y también cotidiana, es el argumento ad hominem (contra el hombre), la falacia más básica y torpe de la argumentación. Pero en el fondo, según empleemos las palabras de un modo u otro, todos nosotros sentimos la luz o la sombra avanzar por nuestro interior cuando hablamos de nuestros semejantes.

En este sentido –ha escrito Irene Vallejo–, “la evolución del lenguaje es un espejo de nuestras ideas cambiantes” y aunque pienso que no le falta razón, lo que yo siempre he creído es que, precisamente, son nuestras ideas (o ideologías) lo que se transparenta a través de nuestro lenguaje. Es decir, que aparecemos totalmente desnudos ante los demás a la vista (o mejor, al oído) de nuestro discurso.

Nos acercamos a unas fechas en las que se recuerda la muerte de un hombre que se significó por una determinada forma de hablar con una retórica nueva que iba, precisamente, contra la retórica instituida.

Sé por experiencia que no es fácil resistir frente a este modelo lingüístico imperante. Por mi parte, me protejo cobijándome a la sombra de bendiciones como esta de José Jiménez Lozano: “No digas palabras/ que no sean de celebración y gloria./ Así fue hecha la luz, sin calcañar,/ talón de Aquiles./ Ni el tiempo ni la muerte/ pueden ahí herirla”.