Un año en el exilio

Las epidemias comienzan en un punto en el tiempo, se desarrollan en un escenario limitado tanto en espacio como en duración, siguen una línea argumental de una tensión creciente y reveladora, pasan a una crisis de carácter individual y colectivo y terminan a la deriva hasta su extinción

CHARLES ROSENBERG

 

No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana, (…) repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta.

BYUNG-CHUL HAN

Hace un año, cuando comenzó la pandemia, comentábamos que creíamos estar inmunizados para todo tipo de tragedias, pensábamos que habíamos construido altos muros contra la vulnerabilidad. No vimos o no quisimos ver la llegada del COVID-19, vivíamos “la epidemia de la ceguera”, como en la novela de Saramago, ciegos que ven sin ver. Saramago pensaba que las grandes epidemias nos ayudan a captar el verdadero rostro del mundo en el que habitamos.

En el encierro nos dimos cuenta que teníamos que revisar muchas cosas innecesarias para poder centrarnos en lo esencial. Vimos el lado oscuro de la globalización, una “globalización de pies de barro”, una globalización sin esperanza, donde ha dejado a millones de personas condenadas al hambre y la pobreza. Una globalización que ha actuado como el agente más agresivo en la propagación del virus por los lugares densamente poblados y vinculados a los grandes movimientos de la misma. Pero al mismo tiempo, esa globalización, ha sincronizado al mundo entero, uniéndonos por un momento, en una oleada de solidaridad.  La pandemia es una crisis que puede provocar que la humanidad experimente su unidad, su interdependencia más allá de las naciones y de los espacios económicos.

Vivimos una vida más limitada físicamente y más virtual. Es el momento de construir economías y sociedades más duraderas y más habitables ya que nos enfrentamos a la mayor crisis de nuestro siglo. Con dolor estamos viendo las colas del hambre, la necesidad, los ERTES, los negocios cerrados, como nos contaban nuestros mayores en otras épocas de necesidad y postguerra, como un eterno retorno a una realidad que parecía superada. Más allá del ¡sálvese quién pueda!, se deberán desplegar políticas que mejoren el sistema productivo, apoyar a las empresas para que creen un empleo digno, estable y de calidad, así como proteger a los colectivos más vulnerables.

Es más que nunca necesaria, una esperanza en una humanidad apoyada en la solidaridad, la ciencia y la razón, que puedan orquestar respuestas colectivas a otras posibles crisis que están por llegar o ya están ahí, como otros virus, sequías, olas de calor, etc. Nos hemos dado cuenta que todos estamos en la misma barca, hemos visto que el virus es “democrático” y no distingue entre ricos y pobres, entre el Norte y el Sur. Es irónico que lo que nos unió a la solidaridad fue el confinamiento para evitar contactos cercanos con los demás, pero más allá de las prohibiciones, aprendimos a controlarnos a nosotros mismos en base a la responsabilidad individual.

El virus puede ser la condición de un salto mental que ninguna política había podido producir, como la posibilidad de desplegar la igualdad y la solidaridad de un modo más profundo y efectivo. La conciencia de una humanidad que solo puede avanzar desde la justicia social en base a la solidaridad y la subsidiaridad, organizando un mundo que pueda hacer frente a las necesidades de la persona más allá de la lógica mercantil y consumista. La lucidez nos debe llevar a poder hacer muchas cosas de nuevo, no podemos volver a recluirnos en la religión del dinero, el consumismo, en la nostalgia del mundo que hemos dejado y la ceguera de los administradores. 

Otra de las ideas que atravesaron nuestro corazón en los momentos más duros de la pandemia, pensando en los familiares y amigos muertos, con la zozobra de la falta de material y respiradores, es el de la solidaridad médica universal. Un compromiso más allá de las fronteras y las naciones, para que los materiales necesarios para la vida, como el alimento, la atención médica, estén disponibles en base a unos ideales de igualdad y solidaridad, más allá de quienes somos o si tenemos medios financieros. Una política de salud comprometida con la vida que no abandone a nadie a la enfermedad y la muerte.

Entre aplausos y aplausos a las 20 horas, no solo descubrimos que tenemos vecinos, sino que el balcón se convirtió en el parque o en la terraza de la plaza pública. También descubrimos con una cierta tristeza emocional, la soledad de muchos ancianos, muchos de ellos pacientes crónicos que no podían salir hacer la compra o a la farmacia. La epidemia de la soledad no se ve, está encubierta en el desarraigo de una solidaridad débil y deshumanizadora, propia de las sociedades líquidas y posmodernas.

Muchos de nuestros ancianos sufren de una profunda melancolía y tristeza e incluso un vacío interior de abandono que genera depresión y angustia. Si las redes familiares se rompen, el anciano se convierte en un individuo frágil y mucho más vulnerable que puede quedar arrastrado al abandono y al olvido. El COVID, nos ha enseñado la importancia de que las personas mayores estén en contacto con otras personas, de la necesidad de fomentar la colaboración vecinal, identificar a las personas vulnerables y con la ayuda de una institución hacer un seguimiento y ayudarles a realizar actividades con sentido.

A finales de marzo, en pleno confinamiento, vivimos una sociedad en cuarentena, una sociedad cerrada, acorralados por la incertidumbre solo podíamos hablar del virus, anulando la singularidad de nuestra vida al aumentar la conciencia de vulnerabilidad. Como apreció Albert Camus en su obra La Peste, los primero que trajo el virus (la peste) a nuestra ciudad fue el exilio. Vivimos una escasez de espacio compensada por un exceso de tiempo, acorralados por el miedo, el aburrimiento y la paranoia. El virus anuló la singularidad de vida de cada persona al aumentar la conciencia de la propia vulnerabilidad y la impotencia para planificar el futuro.

En una plaza vacía, en los primeros días de abril, el papa Francisco se dirigía al mundo en una Pascua muy diferente, pero posiblemente más auténtica. Nos recordaba que habíamos olvidado y postergado algunas cosas importantes de la vida y hace que nos preguntemos, qué es realmente importante y necesario. Insistía que en este tiempo de prueba es un momento propicio para volver con los ojos y el corazón a Dios, pero también a las personas con las que convivimos a diario, ya que, en situaciones de emergencia, dependemos de la solidaridad de los otros. Francisco nos invitaba poner nuestra vida al servicio de los demás de un modo nuevo. Insistía que debemos concienciarnos de la injusticia global y despertarnos para escuchar el clamor de los pobres y de nuestro planeta, gravemente enfermo.