Rimas y leyendas de la Semana Santa salmantina (V)

LA LEYENDA DE LA NOVENA MISTERIOSA

Cuenta una piadosa leyenda, que alguna vez se deja escuchar, aunque en voz muy baja, en la íntima capilla de los Dolores de la iglesia de la Vera Cruz, que hubo un día en que a la Virgen con más rostro de madre le faltaron en su corazón inmenso e inmaculado las siete espadas.

Ocurrió en el aciago tiempo de la invasión francesa, y para mayor humillación de la cofradía, en la fiesta mayor del Viernes de Dolores. Desde el 16 de enero de 1809 campaban a sus anchas por Salamanca las tropas a las órdenes del general Maupetit. Reinaba el pillaje protagonizado por la soldadesca gala y terminó por tocarle al plateado retablo de la Santísima Virgen de los Dolores, al frontal de su altar… y hasta al INRI y las cantoneras de la cruz, a la corona e incluso a las siete espadas que distinguían a la venerada imagen de Corral. Profanada el 24 de marzo, en el día de su festividad. Así se la encontraron los cofrades encargados de su exorno y cuidado, Luis Ramón y Fernando, cuando fueron a encender los lampadarios: expoliados ara y hornacina, la cruz más desnuda que nunca, la Virgen privada de su diadema y de sus cuchillos.

Vanos fueron los intentos del emisario de la Vera Cruz, el cofrade Francisco Arqueros, que intentó entrevistarse con Maupetit en sus aposentos del palacio de Garcigrande. Llevaba tres horas esperando en la puerta cuando el francés salió con un cargamento de plata y oro para llevárselo lejos de Salamanca. Mientras tanto, el celoso administrador, Carlos Herrero Conde, se las ingeniaba para poner a salvo, lo más posible, el patrimonio que por derecho e historia guardaba la cofradía para servicio del culto y la caridad, y el capellán, don Pedro, velaba por mantener elevado el espíritu de unos cofrades que veían invadida su patria, saqueada su iglesia y agraviada su más querida devoción.

Pasaron las semanas, los meses, y las alhajas de la Virgen no aparecían. Sobrevivía a duras penas la Cofradía de la Vera Cruz cuando llamaron a la puerta de la casa, donde residía el capellán, un 7 de septiembre de 1809 muy caluroso aunque todavía era temprano. Lo hizo con suavidad pero decisión una mujer de edad indescifrable, cubierto el rostro con blanco velo: “Ave María Purísima”, saludó. “Sin pecado concebida”, respondió don Pedro. “Tomad esto, y que os confirme en la fe en este tiempo de penuria”, dijo por toda explicación al entregar un bulto alargado y envuelto en paño de color carmesí.  Sin más, se marchó, y en el propio zaguán el clérigo descubrió lo que el tejido ocultaba: una deslumbrante espada de plata, en cuyas hojas se leían unas inscripciones. Sancta Maria. Sancta Dei Genitrix. Sancta Virgo virginum. Mater crucifixa. Ora pro nobis, le salió espontáneamente al capellán responder a cada aclamación. Sin dudarlo, mandó llamar a los mayordomos y dirigentes, y pronto determinaron que Luis Ramón y Fernando colocaran la espada a la sagrada imagen de La Dolorosa y que el muñidor convocara a los cofrades para que, al toque de campana, se concitaran en oración ante la Virgen. Ese día repitieron las cuatro invocaciones: Santa María, Santa Madre de Dios, Santa Virgen de las vírgenes, Madre crucificada.

La misma secuencia, sin variaciones, se repitió al día siguiente. Una espada idéntica, pero distintas alabanzas a la Reina grabadas en sus hojas: Mater dolorosa. Mater lacrimosa. Mater afliccta. Mater derelicta. Don Pedro aclaró que esto último significaba abandonada. Pero cada vez era menor el abandono, pues acudían más cofrades a la plegaria. El día 9: Mater desolata. Mater Filio orbata. Mater gladio transverberata. Mater aerumnis confecta. El 10: Mater angustiis repleta. Mater cruci corde affixa. Mater moestissima. Fons lacrimarum. No variaban el saludo ni el mensaje tampoco el día 11, quinta espada, que colocaron con esmero Luis Ramón y Fernando, cada vez más cofrades y devotos orando una letanía que se prolongaba: Cumulus passionum. Speculum patientiae. Rupes constantie. Ancora confidentiae. El día 12 aprendieron nuevos apellidos del Dulce Nombre de María: Refugium derelictorum. Clipeus oppressorum. Debellatrix incredulorum. Solatium miserorum. Llegó la séptima espada, que culminaba los dolores de la Virgen, el día 13: Medicina languentium. Fortitudo debilium. Portus naufragantium. Sedatio procellarum.

Recién amanecido, con lluvia, el 14 de septiembre, no faltó la visita de la misteriosa mujer. El bulto no era alargado, sino que se trataba de un cofre. Dentro, el título de la condena de Cristo, INRI, y tres cantoneras de plata que ajustaban perfectamente en la Santa Cruz de la Virgen de los Dolores. En cada una de ellas tres inscripciones grabadas, hasta completar nueve: Recursus moerentum. Terror insidiantum. Thesaurus fidelium. Oculos Prophetarum. Baculus Apostolorum. Corona Martyrum. Lumen Confessorum. Margarita Virginum. Consolatio Viduarum. Por último, el 15 de septiembre, noveno día, el obsequio fue una corona con doce estrellas y la inscripción Laetitia Sanctorum omnium, alegría de Todos los Santos, seguida de una rúbrica que sobrecogió a los presentes cuando la leyeron: Pío VII, Papa.

Cada día habían rezado a la Virgen por la liberación de España y del Sumo Pontífice, cautivos como estaban el reino y el sucesor de Pedro en manos de Napoleón. La noticia del apresamiento de Pío VII el 6 de julio de 1809 había apenado mucho a los cofrades de la Cruz. No imaginaban que el mayor consuelo del Santo Padre en su prisión era precisamente invocar con esta preciosa letanía a la Virgen de los Dolores, cuya representación más hermosa, ellos no tenían ninguna duda, era la que custodiaban en su capilla, y que por la intervención del Papa se había desagraviado espiritual y también materialmente. Se comprometieron a rezar con fidelidad y constancia la letanía y, desde el año siguiente, celebrar un novenario que habría de culminar el Viernes de Dolores.

El tiempo pasó y llegó 1814. El 10 de abril, Domingo de Resurrección, la victoria aliada en la batalla de Toulouse por fin significó la salida del francés de las tierras de España, y el 24 de mayo, felizmente, entró libre en Roma el Papa Pío VII. Don Pedro sugirió que se añadiera en la corona, había espacio para ello, un título más en acción de gracias: Auxilium Christianorum. Siguieron sucediéndose las Pascuas y los Ramos, y a través de desamortizaciones y ruinas, modas y transformaciones, fueron cambiándose las joyas de la Virgen y difuminándose las grabaciones sobre el metal, pero en la tradición de los devotos pervivió, con la memoria viva de la confianza en el Altísimo, esa letanía escrita por Su Santidad en tiempos de penuria y que les había confirmado en la fe. Los coros de la Hermandad de Señoras de la Virgen de los Dolores la rezaban asiduamente y obtenían así las indulgencias para vivos y difuntos. Todavía se conservaban en los archivos algunas notas acerca de este misterio digno de una novela, rescatadas de la famosa libreta negra del recordado Herrero Conde, y esto inspiró a los cofrades más amantes de la historia para lograr que en 1909, en el centenario de aquel suceso increíble, empezara a salir en procesión la Virgen de los Dolores en el día de su fiesta. Aquel Viernes de Dolores de estreno, para apadrinarla, también sacaron el paso del Lignum Crucis.

Todavía es posible descifrar esta leyenda deteniéndonos entre las líneas de los papeles de Escudero, pero lo más valioso es que los cofrades de la Vera Cruz, al sabio y santo dictado de un Papa preso y en oración, pueden seguir invocando a María, la Madre Dolorosa, como escudo de los oprimidos, puerto de los náufragos, báculo de los apóstoles o tesoro de los fieles. ¡Ruega por nosotros! Basta saber leer en la hoja de sus espadas el reflejo de su corazón atravesado al pie de la Cruz.

 

SIETE PÉTALOS, SIETE ESPADAS DE SUS DOLORES

Este Vía Matris en verso forma parte, junto a otros textos, de la Flor Poética ofrendada por mí a la Santísima Virgen de los Dolores el pasado 15 de septiembre de 2020

Te dijeron que iba a ser bandera

De las que tocan almas, discutida,

Y fue, Madre, la tuya la primera.

 

Herida de dolor fuiste a la huida

A la tierra de donde fue llamado

A volver a la tierra prometida.

 

Perdido luego, pero bien hallado,

Tres días eternos de extravío

Atraviesan tu pecho inmaculado.

 

No se tuerce su ruta, no hay desvío.

Sube el monte, la tempestad le mueve

Y ancla en tu mirada su navío.

 

Extendidos sus brazos, Parasceve,

Te pide que por hijos nos acojas

Y así nuestra orfandad será más leve.

 

Ahora extiendes los tuyos, y lo alojas,

Piedad, su cuerpo santo, aún caliente,

sus ojos blancos y sus manos rojas.

 

No apartas su desmayo de tu mente.

Entierras a tu Hijo en primavera

Y son siete los caños de tu fuente.

 

 

En la fotografía de Alberto García Soto, la Santísima Virgen de los Dolores en su hornacina (Capilla y Cofradía de la Vera Cruz)