Ser mujer. Hipatia de Alejandría

Casi 65 años tardaron las Naciones Unidas en decretar el día 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer que ya se venía celebrando en algunos países desde 1911 bajo la denominación de Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Por alguna razón, se eliminó el adjetivo ‘trabajadora’ (tal vez sonaba muy de ‘izquierdas’) pero su indispensable trabajo y su contribución irremplazable al progreso social y económico continúan sin ser reconocidos suficientemente. Por ello me pareció oportuno rendirles a todas ellas un modesto homenaje durante los viernes próximos.

Si son muchos los ámbitos en los que las mujeres han sido discriminadas por razón de género, uno de ellos es sin duda la filosofía, a la que en la actualidad se está pagando con la misma moneda, pues año a año es relegada a un papel más secundario frente a las matemáticas, la física, la química, la lengua castellana, los idiomas extranjeros, incluso el deporte. No quiero decir con esto que dichas materias no sean importantes, sin duda lo son, si acaso, precisar que aquellos a los que hoy agrupamos bajo el título genérico de ‘los primeros filósofos’ no se consideraban a sí mismos como tales. Sus actividades principales fueron precisamente las matemáticas, la física, la química, la oratoria o la retórica, además, todos ellos prestaban mucha atención a la gimnasia[1]. Lo que tenían en común, sin excepción, era su amor por el saber, su curiosidad por comprender el mundo. ¿Y no es lo que todos queremos?

En filosofía, también en otros muchos ámbitos de la vida, ha habido grandes mujeres que, aunque sean poco conocidas, han demostrado a lo largo de los siglos, la falsedad de esa supuesta superioridad de los machos, y digo ‘machos’ porque los géneros ‘hombre’ y ‘mujer’ no son más que construcciones culturales que nada tienen que ver con las diferencias biológicas. No nacemos como mujer, sino que nos convertimos en una, dirá Simone de Beauvoir[2].

Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no pensar. La verdad no cambia sea o no sea creída por la mayoría de las personas. Son palabras de Hipatia.

Hipatia, nació en el siglo IV en la ciudad de Alejandría, en Egipto. Su padre, Teón, un respetado maestro, se ocupó con gran interés de la educación de su hija, lo que no era habitual en la época. Bajo su tutela aprendió matemáticas, geometría, álgebra, lógica y astronomía y además, mostró un gran interés en conocer las enseñanzas de Plótino, Platón y Aristóteles.

Dicen que fue una gran científica pero, para su desgracia pasó a la historia como filósofa, una ‘exótica curiosidad’, lo que sin duda privo a Hipatia de un más justo y amplio reconocimiento en una disciplina dominada abrumadoramente por ‘machos’.

Algunos de esos respetados ‘machos científicos y filósofos’ cuyos nombres seguro que les suenan más, pronunciaron perlas como estas:

  • "Solo infundiéndoles temor puede mantenerse a las mujeres dentro de los límites de la razón". Arthur Schopenhauer, filósofo alemán del siglo XIX.
  • “La mujer, está donde le corresponde. Millones de años de evolución no se han equivocado, pues la naturaleza tiene la capacidad de corregir sus propios defectos”. Albert Einstein, científico, siglo XX.
  • “El fuerte de la mujer no es saber sino sentir. Saber las cosas es tener conceptos y definiciones, y esto es obra del varón”. José Ortega y Gasset, filósofo y ensayista, siglo XX.

Las palabras de este último, hijo de una acomodada familia de la burguesía madrileña, tal vez fueron producto de no haber sentido nunca la vida, dedicándose únicamente a coleccionar conceptos y definiciones sobre ella. Parece que las mujeres no formaban parte de ‘sus circunstancias’.  Una pena.

Pero, sigamos con la buena de Hipatia. Escribió tratados sobre los más variados temas (ciencias, religión, política, etc.) y fue una gran inventora. Desarrollo el densímetro, instrumento para medir la densidad de los líquidos, y participó con su padre en el diseño del astrolabio plano, herramienta muy práctica para medir la altura de las estrellas y determinar su posición, tal vez el instrumento más útil para estos menesteres durante siglos hasta la invención en 1608 del telescopio, por el alemán Hans Lippershey, fabricante de lentes.

Dirigió una selecta escuela para aristócratas cristianos y paganos que ocuparon altos cargos en la administración de la ciudad. Entre ellos hubo obispos, magistrados incluso asistió a sus clases el entonces gobernador romano de Egipto, Orestes. Su actividad la hizo merecedora de una gran autoridad moral y una considerable influencia en Alejandría.

El no practicar ninguna religión, su amor por la sabiduría, junto a la envidia y el miedo por su creciente protagonismo e influencia política, fueron sin duda las causas de su muerte. Un grupo de fanáticos cristianos se lanzaron sobre ella en plena calle, la asesinaron y despedazaron su cuerpo, para borrar aquel cuerpo de mujer, que con toda seguridad era lo que más les ofendía. Hipatia se convirtió así en una de las primeras en inaugurar la larga lista de víctimas de la violencia de género.

Curiosamente, de su dramática historia terminó por apoderarse el cristianismo que inspirándose en Hipatia, inventó y difundió (sobre todo a partir del siglo IX) la leyenda de Santa Catalina de Alejandría. Personaje, en todos los aspectos, parecido a aquella mujer egipcia, salvo por el pequeño detalle de que Catalina fue decapitada y canonizada por no renunciar a las enseñanzas de Jesucristo.

Soledad Gallego-Díaz, periodista española, la primera mujer en dirigir un periódico de tirada nacional, El País, escribió: “Para combatir el antisemitismo no hace falta ser judío, como para luchar contra el racismo no hace falta ser negro. Lamentablemente, a veces parece que para combatir la discriminación de la mujer hace falta ser mujer”

Si quieren saber algo más sobre Hipatia de Alejandría, pueden ver la película de 2009 dirigida por Alejandro Amenábar e interpretada por Rachel Weisz[3], que tiene por título “Ágora” y refleja con una cierta aproximación como pudo ser su vida. 

[1] Del griego gymnastiké, "aficionado a ejercicios atléticos" y que deriva de gymnós = "desnudo" porque los atletas entrenaban y competían desnudos.

[2] 1908-1986) Filósofa y escritora francesa. Autora de El segundo sexo y pareja de Jean-Paul Sartre.

[3]  Por su personaje de Tessa en “El jardinero fiel” le fue concedido el Óscar, tiene además un Globo de Oro, el Premio Bafta y el del Sindicato de Actores.