Temblor del cielo

De estos tiempos de encierro nos queda un deseo de cielo, el afán de árbol, un estremecimiento de hierba y tierra. Y las gentes de la ciudad dejamos el laberinto de cemento y asfalto para festejar el descanso dominical de los paseos a la vera del río, parque y descampado donde pasear al perro y soltar la traílla de nuestro cansancio. Y el niño se encarama en la bicicleta, el joven en el patinete que nos lleva y muchos se suben al coche para escapar por unas horas de la ciudad provinciana, encontrándose el tumulto en las cascadas de las lluvias feraces, en los caminos de los encuentros, en los pueblos de los domingos de niños… cuando íbamos a ver a los abuelos y regresábamos ahítos de campo, las migas del bocadillo entre la lana del jersey, las uñas sucias de tierra y los zapatos llenos de barro que dormían en la terraza de la cocina y amanecían limpios de todo pecado y listos para ir al colegio el lunes.

Es primavera, los árboles se cubren de flores y tenemos el ímpetu de salir, recorrer ese verde jugoso que nos dejó la lluvia, cortar flores silvestres humildes y olvidadas. Vivimos un tiempo de recogida y ahora, ahora nos desparramamos por calles y terrazas, nos lanzamos al paseo con voluntad empecinada, y mientras, el frío sigue porque marzo es contumaz y se pone el sol y tiras de chaqueta mientras unos minutos antes tenías la ilusión de un verano promisorio. Si algo nos ha enseñado el tiempo de pandemia es a gozar del aire, aunque sea con la mascarilla que nos tapa la boca, las ganas, los besos, la sonrisa… y que en ocasiones, nos sirve para cubrir los bostezos, las muecas y nos deja un regusto malsano porque usamos este aislamiento impuesto para liberarnos de indeseados encuentros…

Somos gregarios sin remedio. Nos paramos a hablar en la esquina de la calle y la distancia es esa obligación que nos recordamos con tristeza, porque somos de tocar, de agarrar la manga para hacer que te inclines sobre el secreto, que me oigas mejor, cabezas juntas, chisme compartido a despecho de las paredes que tienen oídos y se juntan las frentes, se reparten los besos y hasta los hombres parcos en palabras y gestos se dan esa palmada que no llega a abrazo pero hace el amago. Somos próximos y nos rozamos la manga, nos despedimos con un gesto de dedos huérfanos de otra mano, brazos vacíos de abrazos, besos que no se dan y que vuelan perdidos. Somos de compartir el plato, de probar del mismo cubierto, de poner la ensalada para todos, el pincho repartido, el “dame un poco” siempre dispuesto… de ahí que estos encuentros nuestros, tan pocos, tan tristes, sean un trámite que no queremos, y por eso nos vamos a caminar, tan dispuestos a contar kilómetros y disfrutar por decreto de este tiempo bello.

¿Qué nos ha pasado en la ciudad pequeña, en la provincia recoleta que se quedó para nosotros solos, habitantes del mismo círculo, rostros familiares a las mismas horas? Habitamos las calles aquellos que tanto nos conocemos, y llega el domingo de sol y salimos a conjurar el encierro. Somos animales de costumbres y perros con collar y compartidas costumbres, de ahí que vayamos, todos a una, dispuestos a marcar el sitio de nuestros afectos.   

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.