La amistad en tiempos traumáticos

Ahora ya, gracias a la relativa tranquilidad que muy poco a poco nos va aportando el proceso de vacunación, nuestra atención puede volver a fijarse en temas importantes en nuestra vida, aunque no sean los traumáticos temas que rodean la pandemia. Como el tema de la amistad.

Si dividimos las relaciones humanas en cuatro grandes grupos, el primero, las relaciones familiares y amorosas, el segundo las relaciones de trabajo y negocios, el tercero las relaciones de amistad y el cuarto las relaciones con los desconocidos, podemos afirmar que las relaciones de amistad son las que, en general, están más libres de conflictos. El motivo de este lugar privilegiado de la amistad es que los intercambios entre amigas/os no tienen nunca un carácter económico; los intercambios son gratuitos y libres, como es el nacimiento de toda amistad. El hecho de que con frecuencia en la amistad también se den exigencias sobre todo de tipo afectivo, no invalida la afirmación de que son las más libres.

En las relaciones familiares nunca hay elección y la protección ligada al afecto que ofrecen, siempre antes o después se tiñe de dudas o “certezas” sobre la ausencia de buen reparto, material o emocional, entre sus miembros.  En las relaciones amorosas las idealizaciones mutuas siempre dan lugar a etapas de “sentimientos mutuos de fraude”, que inauguran etapas largas de intensa ambivalencia; algo siempre falla en nuestras demandas de amor. En El amor en los tiempos del cólera García Márquez describe magistralmente en qué arenas movedizas de placer y dolor se mueve siempre el amor (incluso cuando nos detenemos a contemplar la historia  de nuestros padres, como él hace e hizo público: de la historia de sus padres trataba la citada novela).

En las relaciones de trabajo o entre socios de un mismo negocio, hay siempre parcialidad de objetivos y cierta lucha de consecución de  los mejores puestos o mayores beneficios. Y en las relaciones con desconocidos, nuestros temores conscientes o inconscientes ponen siempre desde el inicio la barrera de la protección a fantaseados daños o ataques.

La amistad durante este largo año de pandemia se ha resentido, por una parte, por las dificultades de acercamiento impuestas para controlar los contagios, pero por otra, muchas amistades se han consolidado y han tenido una función afectiva muy importante; todos, en mayor o menor grado nos hemos sentido más vulnerables, además de físicamente, también psicológicamente y por este motivo, en general  hemos pedido y dado más afecto, de un modo no invasor, como es característico de la buena amistad.

Hemos tenido pocos encuentros presenciales, pero los hemos suplido con llamadas telefónicas y videollamadas, conscientes de que necesitábamos esas conversaciones con los amigos/as, tanto o más que nuestras relaciones familiares o laborales.

¿Por qué “necesitamos” tanto a los amigos/as si en general no están destinados a protegernos (como la familia) ni a garantizarnos nada ( como las relaciones de amor) ?

Porque solamente a ellos los percibimos como semejantes, por más diferencias que a la vez percibamos entre todos y cada uno y nosotros mismos; esa vivencia de semejanza es la única que nos permite salir de la soledad no deseada  y que nos permite el placentero juego de la comunicación. Quizás por ese sello de “semejantes” que en algún momento tatuamos en la piel de nuestros amigos, tenemos “muy pocos”. Porque necesitamos reconocernos en ellos a través de ese sello inconfundible que nos iguala en nuestra relación con el mundo.

Pocos amigos, pocos momentos durante este oscuro y tormentoso año…pero ¡qué valiosos y beneficiosos esos intercambios de amistad, que misteriosamente nos orientan sobre cómo estamos soportando la crisis y cómo estamos asimilando tantos cambios en tan pocos meses de vida!

Quizás la excepcionalidad de estos tiempos de pandemia nos ha hecho comprender por qué los grandes sabios y pensadores a lo largo de la historia hablan tanto de la riqueza e importancia de la amistad.