Dame de beber

Un hombre se perdió en el desierto. Estaba a punto de perecer de sed, cuando aparecieron algunas mujeres donde él. Él les pidió agua, pero ellas discutían entre sí en qué darle el agua, si en jarra de plata o de oro. Mientras discutían las mujeres, el hombre agonizaba por falta de agua.

            En la vida nos ocurre lo mismo con frecuencia. Mientras hay muchas personas que mueren de hambre o de sed, hablamos de cosas que no tienen importancia y lo más trágico es que nosotros mismos desfallecemos sin darnos cuenta.

La vida está amasada de encuentros y desencuentros. El  Evangelio está lleno de encuentros de Jesús con distintas personas.

Jesús y la Samaritana (Jn 4, 42). Jesús toma la iniciativa y enfrenta a la mujer con su verdad. No la condena y la invita a una adhesión personal a Cristo.

Jesús se relaciona con la mujer con una atención afectuosa y la ennoblece haciéndola, en alguna forma, protagonista de sus enseñanzas de salvación.  Habla con la Samaritana (Jn 4, 1-42);  cuando los discípulos de regreso de buscar alimentos en la aldea vecina, encuentran a Jesús sentado en el pozo hablando con una mujer de Samaria,"se sorprendieron de que hablara con una mujer”.

San Juan (4,5-42) nos relata el encuentro de la samaritana con el Señor. Llegó una mujer samaritana a sacar agua del pozo de Jacob. Esta mujer se sentía sin horizonte, sola, angustiada, sin saber por qué vivía, sufría, buscaba felicidad y no la encontraba. Acudía cada día al pozo para saciar su sed y la de los suyos. Bebían, pero volvían a tener sed. La sed de la samaritana era búsqueda e insatisfacción. La samaritana andaba sedienta de paz, de felicidad, de vida. Había buscado, pero no había encontrado; había perdido sus raíces, no sabía de dónde venía ni a dónde iba. No se resignaba a seguir bebiendo del agua turbia.

Y allá estaba, Jesús, cansado del camino, sentado junto al manantial, esperando a la samaritana, pues siempre es Jesús el que salía al encuentro de los pecadores y sedientos. Antes me muero de sed que pedirle un vaso de agua, se dice en algunos sitios. Sin embargo Jesús se adelanta y pide a una samaritana, de otra cultura enemiga: Dame de beber.  Jesús se hace el encontradizo con aquella mujer en la vida de cada día, junto al pozo, allí donde la mujer va a sacar agua para su casa. Y Jesús es el agua viva, esa que apaga la sed para siempre, comienza la conversación mendigando un sorbo de agua a la mujer.  La mujer pone dificultades. Y Jesús dice: El agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. La revelación progresiva del mismo Cristo: yo soy, el Mesías, el que habla contigo. El que beba del agua que yo le daré...

En el diálogo con la samaritana, Jesús la va llevando del agua material al agua del Espíritu. Jesús habla a la samaritana de adorar al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así.

Después del encuentro con Cristo, la samaritana se transforma, deja su cántaro y  corre entusiasmada al pueblo y va diciendo a todos: Venid a ver a un hombre, que es el Hijo del hombre, el Mesías que esperamos. Muchos de los samaritanos fueron y creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio. Y los samaritanos confesaron su fe: Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo (Jn 4,42).

Lo sucedido con la samaritana se repite en nuestra vida. San Agustín también conocía la sed , hastiado al fin de tanta aventura tras el placer, la sabiduría y la belleza dijo : Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti. Porque tanto la sed de la samaritana como la de Agustín eran , inconscientemente, sed de Dios.  Tiene razón Cabodevilla cuando afirma que  cualquier forma de sed es sed de Dios.