De ciegos y lazarillos 

Más de una vez he hablado desde estas páginas de la especial habilidad que muestra el embaucador para sacar adelante sus planes y la candidez del incauto para dejarse convencer. Siempre fue así. Ya lo recordaba Jesús cuando ponía como ejemplo la parábola del amo que pedía cuentas a su administrador: “Los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz”.

            La política no podía ser una excepción. Se puede gobernar siguiendo las normas de la ética y las buenas costumbres, o se puede abusar de la buena fe de los gobernados y embaucarlos con promesas que no se van a cumplir. Es cierto que la sociedad ha ido evolucionando para pasar del absolutismo a la democracia. Aunque esta progresión nunca haya sido universal, la cultura ha hecho posible que muchos ciudadanos sepan distinguir lo ético y racional de lo inmoral e incorrecto. Nosotros tenemos la suerte de pertenecer a esa parte del mundo que vive bajo el paraguas de la democracia, aunque también podemos aplicar el refrán “en todas partes cuecen habas”. La historia está llena de países que pasan de uno a otro bando, en función de las ideas que iluminen a los dirigentes de cada momento. Tras la GM II, todas las naciones del mundo occidental vieron en la democracia el sistema perfecto e incontestable.

            Sin embargo, la triste realidad se impone. Somos humanos y se repite el axioma: todo puede morir a la mano del hombre. Los ideales han ido desapareciendo por culpa de la perversión. Ese eslogan de que el poder emana del pueblo está siendo bombardeado con sus mismas armas. Las elecciones se han convertido en un escaparate en el que se exhiben toda clase de promesas -muy bien elegidas- cuya finalidad no es mejorar la vida de los electores, que sería lo lógico, sino aumentar el número de votos; y la mayoría de los políticos son personas que no piensan en los demás. Son unos privilegiados, colocados ahí por un partido, como pago a favores anteriores,- o. simplemente, por ser familiar o amigo de un dirigente-, que ven en la política, no una forma de servir a los demás,  sino un modo de ganarse la vida, circunstancia que su profesión muchas veces no se lo permitiría. Si, además, lo aliñamos con la extendida corrupción que invade a casi todos los partidos, llegaremos a dar la razón a Winston Churchill: “La democracia es el menos malo de los sistemas políticos”.

            En medio de la evolución de la sociedad conviven dos corrientes: los partidarios del borrón y cuenta nueva, y los que se inclinan por reformar lo más perentorio y aquello que haya quedado desfasado por el tiempo, pero manteniendo el freno echado a todo lo que suponga un paso atrás en los principios básicos que inspiraron cada Constitución. Quienes tienen entre sus metas acabar con la unidad de España, la consideran la nuestra demasiado hermética porque tienen muy difícil alcanzarlo. Esto demuestra lo previsores que fueron sus redactores. Se ve que conocían nuestra idiosincrasia.

            Otro de los problemas que ensombrece las democracias hay que buscarlo en la escasa capacidad de algunas personas dirigentes. Además, se tiene la mala costumbre de mantenerlos en el cargo por manifiesta que sea su ineficacia. Si a su condición de ineptos sumamos su enemistad con la verdad, habremos llegado al caso particular de los dos últimos presidentes socialistas. Zapatero accedió a la Moncloa de rebote. Algo tan trágico como los atentados del 11-M sirvió para dar la vuelta a una tortilla que ya estaba semi cocinada. Tan poco se esperaba el triunfo que no le dio tiempo a digerirlo. Tuvo que improvisar con su famoso Plan E para, a continuación prometer ordenadores en las escuelas, cheques por nacimientos, rebajas de impuestos, etc. Tuvieron tan poco éxito que apenas duraron, tanto él como sus promesas.

            Cuando Sánchez llegó a la Presidencia, ya sabemos cuál fue la fórmula. La misma que había usado desde que decidió que su porvenir estaba en la política: conjugar, en todos sus tiempos, el verbo embaucar. La principal diferencia entre Zapatero y Sánchez estriba en que el primero, a su innata condición de incompetente para el cargo, no añadió descaradas agresiones al proceso democrático, como está sucediendo con el segundo. Con Sánchez creo no equivocarme si afirmo que España es la única democracia occidental que subvenciona a los partidos que quieren derrocarla. Primero embaucó a todos los españoles afirmando lo que nunca haría para poder dormir: pactar con independentistas y filo terroristas. Hubo quien se lo creyó y así logró una mayoría tan pírrica que le hizo volver a sus principios. Había que elegir entre acceder al poder o ser fiel a sus promesas. Ya sabemos el resultado. Ahora, tocaba embaucar a quienes el día antes había denigrado. Cuando no existen principios morales, la solución es más fácil: prometer, aunque sea por escrito, todo lo que otros gobernantes habían denegado.

            Así hemos llegado a nuestros días. El gobierno de “colisión” es un patio de vecinos. Cada ministro va por su lado y el presidente comprueba cómo los roces entre facciones sirven para que los ciudadanos no piensen en que el verdadero culpable es él -que no habla y, cuando lo hace, no se atreve a contradecir a nadie que pueda poner en peligro su permanencia en el cargo.

            Estamos en el país de la picaresca, el de lazarillos y buscones, el de aspirantes a burladores de hacienda o el de sacar al perro diez veces diarias en tiempo de confinamiento. Llevamos el engaño en nuestro ADN y no debe extrañarnos que nuestros políticos intenten mejorar la raza.

            España circula cuesta abajo y sin frenos. El conductor no lleva cinturón mientras se entretiene con su móvil, y el copiloto maneja un plano que no corresponde a esta prueba. No hace falta ser del equipo de Expertos sin Fronteras para averiguar cómo terminará la etapa. No en vano, Bruselas ha dado varios avisos para que no lleguemos con el control cerrado. Luego nos extrañaremos por estar al final de la clasificación.

            A la vista de las pintorescas iniciativas legislativas de unos y otros, estamos a punto de hacer realidad el comentario muy intencionado de Iglesias: “La derecha tardará muchos años en volver al gobierno”. Este sí que debía haber pronunciado la famosa frase de Guerra : “Con este gobierno, a España no la conocerá ni la madre que la parió”. Sánchez ya ha dado sobradas muestras de ceder ante las exigencias de sus compañeros de investidura. Bien es verdad que, como buen pícaro, todo aquello que promete hay que llevarlo al banco de pruebas. Una vez asegurado el apoyo necesario para hacer realidad sus aspiraciones, de nada sirve el documento firmado o la promesa hecha en sede parlamentaria o en campaña electoral. Sus socios nunca podrán estar seguros hasta ver cumplido lo prometido. Para obtener otro sobresaliente “cum laude”, cuando esos socios oyen rumores de otro intento de engaño, se les vuelve a pasar la mano por el hombro con nuevas bicocas. Por apalabrar que no quede. Pablo Casado está probando la misma medicina. Después de haber llegado a un acuerdo para renovar los vocales del CGPJ, a condición de dejar fuera de la lista cualquier simpatizante de los partidos que atentan contra el sistema, ha tenido que romperlo por sentirse, una vez más, engañado.

            Nuestro presidente puede estar jugando con fuego. Piensa que todo vale para seguir en el cargo y puede equivocarse. Si no para los pies a Iglesias -que para la política está mejor dotado que él-, puede llevarse una sorpresa cuando se dé cuenta que pretende segarle la hierba bajo sus pies, y ya sea tarde.