San Boal la plaza donde se entrecruzan los renglones

Un rincón recoleto, guardado del tiempo, de belleza íntima y austera

El delicado encaje del esgrafiado, uno de los atractivos de la plaza de San Boal

         Tiene el compositor, organista y sacerdote Dámaso Ledesma, nacido en Ciudad Rodrigo en 1866 y autor del imprescindible Cancionero Salmantino, una calle dedicada pequeña e íntima como el pasillo de la casa de todos que, partiendo de la Calle Zamora, desemboca en el salón suntuoso y ajeno a las miradas de la Plaza de San Boal. Y es este rincón recoleto, guardado del tiempo, de belleza íntima y austera, donde Amador Martín recorre la piedra, el delicado encaje del esgrafiado, la memoria y la vida de uno de los milagros arquitectónicos de esta Salamanca nuestra viva y memoriosa.

         Y si la memoria del folclorista mirobriguense se hace arco y escaparate acristalado en la delicada callejuela que nos guía a la belleza de la plaza, por el otro lado, en un quiebro de la modernidad y de los palacios renacentistas de San Boal y de Arias Corvete, una antigua placa nos recuerda a Ventura Ruiz Aguilera, el médico que se inclinó por el periodismo y la literatura y llegó a ser en el Madrid del Galdós, que era su íntimo amigo, director del Museo Antropológico ¿De ahí las extrañas casitas que adornan la placa que evoca su memoria? El caduceo de la medicina que nunca ejerció, las letras medio borradas… la memoria en las ciudades en placa que debería ser limpiada y recordada por aquellos que pasan sin detenerse a leer las virtudes de aquel intelectual siempre ligado a Salamanca de vasta cultura y amplia obra precursora de la unión del periodismo y la literatura, a quien su ciudad, muy tempranamente, tributó con el nombre de una calle y la placa donde naciera.

            La memoria es frágil y nadie recuerda que la iglesia y la Plaza de San Boal, ahora centro parroquial, estaba dedicada a San Baudelio, a quien le tenían mucho predicamento los salmantinos por ser el garante de la lluvia de mayo –aquella que según mi abuela, salva el año- y por proteger contra la peste.

         Quizás tengamos, para pelear contra el coronavirus, que acogernos a su iglesia de muros románicos del siglo XII, reconstruida a mediados del XV por el noble que la quiso de panteón de su familia. Sus escudos lucen en la puerta reformada en el siglo XVIII, con la imagen del santo, sufrido y esforzado, de Simón Gavilán Tomé, justo enfrente del palacio de quienes quisieron la iglesia como tumba viviendo enfrente en el singular edificio que luego se dividió en dos. A los Herrera y a los Almarza y Cerralbo les quedaba cerca la cama de la tumba, y más como dicen, con un pasadizo entre el palacio renacentista que guarda su patio y se cubre después de balcones de bella factura y de la exquisita cobertura del esgrafiado que tan hermoso contraste produce al fotógrafo con la piedra secular de la iglesia y la mole de los edificios señoriales que cierran la recoleta plaza.


         ¿Cuántas historias cuenta este recogido rincón salmantino? La de la marquesa de Almarza, a la que velaban cuando un criado ladrón trató de robarle el anillo del dedo a una presunta difunta que despertó de la catalepsia. La del antiguo palacio del marqués de Coquilla, primera sede de la Escuela de Nobles y Bellas Artes de San Eloy donde estudiaran los grandes artistas salmantinos, solar que luego ocupara la Cooperativa Cívico Militar en 1920. La de la portada con escudos del antiguo palacio que se recolocó en el posterior edificio de viviendas y ahora luce sobre la entrada de un conocido local de copas… ¿Cuántas historias guardadas entre las páginas de los libros que ocupan una de las librerías más singulares de la ciudad letrada?

         Porque esta plaza de palacios renacentistas, de iglesia sólida como una muralla, de renglones esgrafiados, muros plenos de escudos y ángeles rubicundos y ventanas delicadas, fue el espacio elegido por Rafael Arias para situar una librería donde el encuentro con lectores y autores, la entrega y el rigor de su fondo y el trato y el conocimiento no solo ha ganado premios nacionales, y reconocimientos unánimes… sino que se ha hecho un hueco en la geografía de la ciudad. Brújula de letras, la nave corsaria recala en la plaza pequeña y la hace suya, desbordando la cubierta, las páginas, los versos, las ilustraciones del comic, del libro infantil que florece en esta plaza sin hierba, sin flores y sin embargo… colorida de portadas, de niños que salen del cuentacuentos, de gentes que leen, que se sientan al abrigo del trasiego del centro en el refugio del libro y del encuentro.

         Traza el fotógrafo en el centro de la plaza los diámetros y los radios de un círculo donde el tiempo acristala la modernidad, cristaliza el pasado. Y la piedra, el escaparate, la trapa, la mesa, el paso, el peso de la ya icónica bolsa de libros de Letras Corsarias, giran en torno a un centro donde los nombres que dejaron placas, calles, escudos nobiliarios y ecos, son uno en la Plaza recogida. Rincón de la memoria viva y vivida, donde se charla y se escucha, donde pasa y se detiene una historia que no cesa.

           Y sale Amador por la callecita donde el recuerdo del cine vuelve a desenrollar el séptimo arte del escultor Andrés Ilzarbe, preguntándose qué significarán las casitas diminutas de la placa del galdosiano Ventura Ruiz Aguilera. Y las pinceladas de todos los artistas de San Eloy, eco del arte salmantino, se quedan ahí, en la plaza, bajo la advocación de San Boal, entronizado en su hornacina de piedra… la marquesa apretando fuertemente su mano enjoyada, ahí en la exquisita ventana renacentista… mirando a la librería de nuestros mejores rumbos.

José Amador Martín, Charo Alonso.