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Domingo, 7 de marzo de 2021

Del año de la rata al del buey

Sábete, Sancho, que (…) todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que ni el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca” (Don Quijote, I, XVIII)

Con mal augurio recibimos hace doce meses el comienzo del año chino bajo los auspicios de la rata; aquí mismo lo comentamos. Pues no se reveló ese roedor según la simbología oriental, que le asocia a los graneros y a la riqueza agrícola, sino en su imagen medieval más siniestra: como portador de parásitos y de enfermedades y ladrón de alimentos. Pocas semanas después de ese comienzo se declaró aquí el estado de excepción por la pandemia. Lo recuerdo bien: estaba en un bar cuando, al anochecer, apareció el presidente del Gobierno por la televisión para anunciarlo.  El tabernero mandó callar a una parroquiana vociferante para escuchar con atención. Luego comentó alegremente:

–Pues no me vendrían mal un par de semanitas para descansar…

Ahora es él quien maldice al gobierno y se queja sin parar, sin duda con razón. Cuando le haces saber que no es el gobierno, sino la Junta de Castilla y León la que controla el asunto, responde:

–Me da igual, son todos unos… (Sí, dice lo que usted está pensando).

Pero, volviendo a nuestro año del buey, cabe alimentar esperanza. De entrada, el sentido de su símbolo no es ambivalente, como el de la rata o el de la rana (a esta en la simbología oriental se la asocia a las aguas y a la feracidad agrícola, mientras que aquí la vemos sobre la calavera recordándonos el mal, el pecado y la muerte). El del buey es un significado unívoco, siendo animal universalmente venerado desde el Egipto antiguo en adelante. Su relación con la riqueza -a diferencia de la rata- es intrínseca y sustancial: es el trabajador por antonomasia, que prepara la tierra para que dé los frutos que nutren a los humanos y a otros animales. Su esfuerzo es lento, pero constante, y administra bien sus fuerzas, obedeciendo al que le guía. Por eso su sacrificio está prohibido o es algo muy excepcional en las civilizaciones antiguas. El Cobarruvias nos recuerda que varias monedas griegas y romanas llevaban la imagen de un buey, lo que induce a verle como símbolo de la riqueza y del dinero, pues su piel y la de otros animales se usó como medio de pago. Por eso el dinero es pecunia, que viene de pecus, ganado. Y un dicho rezaba “tiene al buey en la lengua”, para referirse a aquéllos que callan porque han sido sobornados. (Hoy podríamos decir lo mismo, incluso para los que hablan en la prensa o ante los tribunales).

La tradición cristiana presenta al buey en el belén dando calor al niño Jesús junto con el borrico, que tiene una simbología semejante. Según el profeta, el buey le reconocía así como su señor, cosa que no hacen muchos hombres, (como el que suscribe). Una yunta de bueyes araba los campos guiado por un ángel, mientras Isidro rezaba apartado (según otras versiones, los bueyes araban solos) y otras trasladaron a algunos santos a sus últimas moradas: a Vincencio y Oroncio a los Alpes, a Santiago a Compostela, etc.

Así pues, que el buey nos sea propicio y aporte energías, esfuerzo cooperativo y riqueza en este año que será el de la recuperación. Y nos defienda de aquellos que, como el toro, embisten cuando se dignan usar la cabeza.