Rimas y leyendas de la Semana Santa salmantina (I)

LA LEYENDA DE LAS ROTAS CADENAS

Cuenta una piadosa leyenda, que alguna vez se deja escuchar, aunque en voz muy baja, por las riberas del Tormes, que el Viernes de Dolores del año 1945 llegaron solamente dos cartas a la Prisión Provincial de Salamanca. Una la llevó un motorista, venía lacrada, con timbre ministerial, y se la entregaron en mano al señor director con toda la gravedad y prontitud que la circunstancia requería. La otra la acercó el cartero de turno, en un sobre amarillento y arrugado, matasellada en Extremadura, y la supervisó el funcionario encargado, sin prisa, al día siguiente, antes de llamar al destinatario, el preso D.C.N., que había ingresado el Miércoles de Ceniza en la cárcel salmantina.

En las letras que había escrito el cura párroco de su pueblo y que tuvieron que leerle, inalcanzables como eran para su limitada formación, se confirmaban sus peores pensamientos, que le venían amargando durante las últimas semanas. Su mujer, que sabía enferma, había fallecido pocos días antes.  No por esperada la noticia dejó de atravesarle el corazón. ¡No poder despedirla! Llevarla al cementerio como habían llevado juntos al hijo que apenas vivió unos meses. Tomar sus manos por última vez. Cerrarle los ojos. Besar su frente fría.

Pero el joven viudo estaba entre rejas por la locura de amor de robar para curarla, como había robado para intentar curar al niño, para luchar a la desesperada por arrancarles de entre las garras de la muerte. Esa medicina que anunciaban como milagrosa y que nunca sirvió, pagada a precio de condena y de separación para siempre. Escuchadas aquellas palabras, ya no podía pensar en el día de salir de la cárcel. ¿Para qué? Necesitaba salir de la vida, que era ya toda su prisión.

Cuando el dolor le dejó pensar un poco se le fue cerrando más y más la mente en oscuras maquinaciones: una altura calculada, una sábana estirada, unos nudos bien previstos y un momento propicio. Parecía presentarse la misma tarde de ese 25 de marzo, Domingo de Ramos, ya en su caída, cuando después de sentirse el ritmo rotundo de unos tambores se abrió el penal para que entraran a rezar el viacrucis unos nazarenos con rojo capuchón y blanca túnica.

Novena estación. Jesús cae por tercera vez. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo y a mí, pecador. Amén. D.C.N. lo tiene todo preparado pero se siente llamado a salir de la celda y asomarse por última vez a ver qué ocurre en la galería. Y sucede que pasa un Cristo. Es Cristo, que pasa haciendo el bien. Lo miró con misericordia y lo eligió. Bastaron sus ojos. Dimas volvió a la celda, apenas transcurrido el tiempo que se tarda en rezar una estación, y la sábana estaba perfectamente plegada sobre su camastro. La altura se había reducido a la distancia entre su cuerpo de pronto sosegado y el centro mismo de la cruz. Los nudos, ya desvanecidos como sólo Él sabe romper las cadenas. El momento había pasado. Décima estación. Jesús es despojado de sus vestiduras.

El Viernes de Dolores de 1946 llegó una sola carta a la Prisión Provincial de Salamanca. La del motorista. D.C.N. ya había aprendido a leer pero obviamente la leyó el señor director. Ese Domingo de Ramos, 14 de abril, al acabar la procesión en las Bernardas, no tenía adonde ir y pidió pasar la noche en un cuarto del monasterio, cerca de aquel Cristo libertador que le había permitido perdonarse a sí mismo primero y abandonar el cautiverio después. A la mañana siguiente salió de viaje hacia su pueblo extremeño y aquel Viernes Santo la humilde Virgen de las Espadas, a la que su difunta esposa había ofrecido el ramo de novia el día de la boda, a la que habían presentado al pequeño el día que lo bautizaron, lució un sudario muy especial en su cruz desnuda. Brilló con esa luz inigualable que el Cielo presta a Salamanca cada Domingo de Ramos para que las riberas de Tormes guarden la memoria de las leyendas.

 

JESÚS DEL PERDÓN

“Perdónalos, no saben lo que hacen”;

es súplica de indulto y profecía:

rogar para el verdugo la amnistía

como si sus martillos no clavasen.

 

“Perdónalos, buen Padre, que no saben”,

insiste el Hijo entrando en agonía.

Clemencia pide para quien le hería

y sangre da para que allí se laven.

 

“No les tengas en cuenta este pecado”,

emuló el primer mártir al Perdón,

ese Cristo que alivia las condenas,

 

que marcha hacia el penal crucificado

y lleva a cada preso un eslabón

que rompe lo peor de sus cadenas.

 

En la imagen Jesús del Perdón, fotografía de Alberto García Soto.