Tiempo de Cuaresma

Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar.

ANTONIO MACHADO

 

Nos preocupa la pobreza, por eso, el ayuno y la limosna nos enfrenta a la falta de una “cultura de la austeridad”, esa sabiduría humana y cristiana que personaliza, libera de esclavitudes, y crea un espacio para el otro en nuestro corazón.

ANTONIO GIL MORENO

En plena pandemia, queremos hablar de la Cuaresma. Para un creyente es un tiempo fuerte litúrgico, un tiempo de gracia que introduce al misterio de la Pascua. Es un tiempo de éxodo a través del desierto, de silencio interior, de reflexión, de miradas intensas a nuestra existencia y a nuestros pasos de cada día. Un tiempo para la conversión, para girarnos hacia Dios y descubrirle como el horizonte de amor, de luz y de sentido de vida.

Hablar de la Cuaresma en estos tiempos de fuerte laicidad y pandemia es un valor precioso. Si los creyentes hacemos silencio no es para encontrar el vacío de la nada, sino sentir la respiración del Espíritu para percibir el soplo ligero de la presencia de Dios, la Realidad más real que existe. En este camino que nos lleva hacia la luz, constatamos que la realidad que vivimos, al igual que en todos los tiempos, es dura y difícil, con lo que debemos pararnos en la cruz. En ella descubrimos en su desnudez el amor total, la salvación del hombre.

Son días que no deben pasar inadvertidos, más allá del descanso y las vacaciones, perdidos en el anonimato de nuestras casas o de la ciudad, extremando las precauciones y siendo responsables, queremos celebrar nuestra fe. En nuestra sociedad, cada vez más plural, la fe cristiana ha formado parte de la vida personal y social a lo largo de los siglos, expresándose en diferentes categorías culturales. No podemos olvidar nuestras raíces cristianas, ya que dejaremos de ser una civilización para ser solo un mero mercado. Los grandes valores que atraviesan nuestra cultura, el concepto de libertad, el concepto de persona, el concepto de dignidad, el de tolerancia y respeto, así como el de fraternidad no son de origen kantiano, ni siquiera ilustrado, son estrictamente de origen cristiano (Habermas).

No se sabe con certeza por medio de quién o cómo surgió la Cuaresma, la primera referencia la tenemos en Eusebio de Cesárea hacia el año 332, que habla de ella como una institución bien conocida y claramente configurada. No surgirá de la nada, se fue configurando después de un largo proceso de preparación para la celebración de la Pascua, consistente en un ayuno de dos o tres días de duración, posteriormente se alarga a seis, para culminar más tarde en la Cuaresma.

El ayuno será la nota dominante, un ayuno que será progresivo y riguroso según se acercaba la solemnidad. En la antigüedad solo se celebraba la eucaristía los domingos, pero se ayunaba los miércoles y viernes excepto en tiempo pascual. El ayuno comenzará el miércoles y se prologará durante seis semanas que, quitando el Viernes y Sábado Santo, quedarán exactamente cuarenta días. El ayuno será concebido inicialmente como expresión de duelo y de tristeza por la ausencia del Señor, pero será un ayuno cargado de esperanza.

Al ayuno, se irá incorporando la penitencia pública, otra institución de la Iglesia antigua, que se celebraba, con el rito de la reconciliación de los penitentes que se celebraba la mañana del Jueves Santo. Así el inicio de este camino de preparación hacia la Pascua de ayuno y penitencia, asumirá una importancia extraordinaria el miércoles anterior al primer domingo de Cuaresma, que acabará llamándose Miércoles de Ceniza, por la imposición de la ceniza en la cabeza de los penitentes.

La reforma litúrgica ha mantenido el Miércoles de Ceniza. Siendo la ceniza un elemento simbólico que quiere indicar nuestra fragilidad y caducidad, nuestro sentido de humildad, de penitencia, de liberación. Liberarse de todo aquello que estorba para ponerse en marcha hacia Dios y responder a su amor. Sobre el polvo más oscuro de nuestra existencia desciende la vivificadora agua del amor de Dios. Por ello, Jesús nos invita: “¡Convertíos y creed en el Evangelio!”.

Se nos invita a un tiempo propicio para buscar las huellas del Padre en las arenas del corazón y dejar que ellas nos adentren en la espesura, para liberar la mirada, desplegar la lucidez y vivir con humanidad ante la indiferencia existencial, y así poder hacer más efectiva la solidaridad hacia los más necesitados. No es posible la búsqueda ni la cercanía de Dios sin la escucha de la Palabra. De ahí que nuestra oración se alimenta del silencio y de la contemplación de la Palabra. Fruto de la búsqueda en el silencio, de la Palabra escuchada y rezada, surge la apertura al Espíritu y la apertura a los más necesitados, a través de un ayuno solidario.

El primer domingo de Cuaresma, se lee las tentaciones de Jesús en el desierto. El tiempo de Cuaresma es una experiencia de desierto, que no es un lugar geográfico, sino un estado del corazón, un don de Dios y un tiempo de gracia. Es un tiempo de prueba, de lucha espiritual contra la propia realidad de miseria, pecado y fragilidad, para desprenderse de lo inútil y llegar ligero de equipaje hacia esa tierra de la luz y de la esperanza que abrió Jesús en su resurrección.

Atravesar este desierto en Cuaresma, nos prepara para celebrar el misterio Pascual. Es un tiempo también sacramental, donde se recuerda en ella la celebración del bautismo y se participa en la reconciliación con Dios y con los hermanos. Es un momento oportuno para experimentar la misericordia de Dios a través del Sacramento del Perdón o mejor de la Gracia, encontrarse con un Padre que nos espera y nos acoge en sus brazos. Pero también es un tiempo para el compromiso por una sociedad digna, una sociedad fraternal, solidaria, liberada de opresiones e injusticias, para buscar por encima de todo el Reino de Dios y su justicia. El desierto es el lugar abierto donde se vive más intensamente el abismo que separa al hombre de Dios, un abismo que tan sólo el Amor puede colmar.