Yago

Sin dejarme llevar por la nostalgia, parece que hay evidencia suficiente para afirmar que las dos décadas siguientes a la muerte del dictador supusieron un despertar de la conciencia latinoamericana española. Este florecimiento se articuló en un rosario de iniciativas y de acciones de política exterior que configuraron un quehacer que no solo requería replantear las relaciones en términos democráticos, sino que también se alzaban como ineludibles a la hora de dibujar el papel de España en el mundo.

En este escenario, intelectuales, miembros de la academia y personal vinculado con la acción exterior del Estado desempeñaron un papel notable en el momento de trazar los nuevos rumbos. Dentro de los últimos, Yago Pico de Coaña, embajador de España, fue una pieza de valor fundamental en tanto que alto funcionario en el Ministerio y máximo representante en Nicaragua y Colombia. Su servicio en y sobre América Latina le permitió ser uno de los mejores conocedores de su realidad.

Ahora jubilado, Yago ha puesto sus ideas y sus recuerdos en orden en un excelente libro, Los procesos de paz en Centroamérica y Colombia. La pobreza no es un infortunio es una injusticia, editado por Pigmalion Ex Libris, un sello madrileño que se afana en la Literatura de la Memoria dando espacio a lo biográfico y a lo memorialístico. Yago se centra de manera prolija en sus avatares en las dos últimas décadas del siglo pasado en sendas zonas en que se concentró la crudeza bélica en las Américas y en donde vivió o a donde viajó con frecuencia desde Madrid como responsable de la política exterior española para la región. Las luchas encarnizadas, los repetidos procesos de paz fallidos, la violencia atroz, el caudillismo en todos los niveles, la omnipresencia norteamericana y la lacerante desigualdad sobre la que ejercían su dominio las oligarquías eran los bordes de un tablero en el que la estrategia a desplegar requería de sabiduría, empeño y vocación.

Hoy aquello parece quedar lejos. Los tiempos que corren no solo son de infortunio e incertidumbre, sino que acarrean un legado de paulatina dejadez en ámbitos que en un momento supusieron un promisorio futuro. La paulatina y persistente pérdida de relevancia de Iberoamérica en nuestra política exterior, reflejada hasta en el nuevo nombre del Ministerio, es una evidencia tenaz. Pero ya hacía tiempo que las tornas habían cambiado.

El embajador Pico de Coaña testimonia el nulo apoyo del gobierno Aznar, cegado por la relación atlántica con Estados Unidos, con respecto a la condena sin paliativos de la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas al gobierno guatemalteco en el caso del asalto a la embajada de España y al gobierno salvadoreño por los asesinatos de Monseñor Romero y de los jesuitas; después, el silencio oficial ante la desclasificación de los archivos por parte estadounidense que daban toda la razón a la posición española; en fin, la minusvaloración de la liberación sin costo alguno de los secuestros de ciudadanos españoles. Son piezas memorables de un relato de lectura imprescindible.