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Domingo, 7 de marzo de 2021

Excesivos reenvíos 

Vivimos en la cultura de los reenvíos. ¿Cultura?, más bien podríamos decir, creemos que con mayor propiedad, en la bisutería de los reenvíos, que termina trivializándolo todo. Porque el que nos toca vivir y soportar es un tiempo de bisutería, de baratija, de falta de rigor, de mercadería trivial, que nos deshumaniza y que desdibuja ese territorio de humanización que tendríamos que procurar ensanchar y ampliar, para que todos se beneficiaran de él.

Recibimos reenvíos de todo tipo, documentos empaquetados en el ilusionismo de esa tecnología digital que tanto nos va a empobrecer a todos. Con perdón, por utilizar ese verbo derivado de pobreza, un concepto para nosotros hermoso y con una absoluta carga positiva.

Recibimos reenvíos, sí, de todo tipo. Casi siempre es todo paja, que ocupa tiempo y espacio para nada, como hoguera de las vanidades; fuegos de artificio que, en esos escasos minutos en que se despliegan, parece que contuvieran algún fulgor, cuando terminan en la inanidad más oscura.

Recibimos novenas; canciones; ocurrencias,;escenarios y espacios envueltos en músicas celestiales; discursos; propuestas políticas; acontecimientos y sucesos; chistes y chanzas; hasta, en algún caso, algún texto manipulado de Cervantes, del propio ‘Quijote’, con la banderita incluida, todo tan anticervantino, tan patrioteramente falso, como si el sueño que tuviera para nuestro país nuestro más inmortal escritor fuera tan obtuso y tan falso.

Recibimos reenvíos y reenvíos. ¿Cómo enumerarlos y caracterizarlos todos? Es una inflación virtual; paja, paja y paja, sin perla alguna entre tanta maraña. Y sentimos que, al final, es como un modo de agresión a la intimidad humana, a la sacralidad humana, una suerte de acoso y de intromisión en el alma de cada uno.

¿No tendría que haber, que existir un pacto de no agresión, esto es, de no enviar tanta hojarasca de reenvíos? A veces, al recibir algo que parecería despertarnos el interés, cometemos la osadía de volverlo a reenviar, ‘mea culpa’.

Tendría que existir –dictada por el sentido común y entre gentes sensatas– una cortesía tácita de no reenviar nada, de respetar la intimidad y el tiempo de los otros, de existir dentro de una sobriedad que nunca es aturdidora, sino que nos acerca a lo esencial de lo que somos.