Advertisement Advertisement Advertisement
Domingo, 7 de marzo de 2021

Ser o no ser

“ACTOR REINA.- ¡Que todas las contrariedades que hacen palidecer el semblante de la alegría salgan al paso de mis ilusiones y las destruyan!” . W. SHAKESPEARE, Hamlet, acto III, escena 2.

No es de extrañar que, como en cada ocasión en que se plantea en este país el debate para la aprobación de leyes de reconocimiento de derechos, individuales o colectivos, la caverna reaccionaria española movilice sus púlpitos, cabeceras, predicadores, titulares y diversos medios para el anatema, y quiera impedir cualquier avance o progreso en el reconocimiento de los derechos de las personas. Por eso no extraña que, ante la presentación del borrador de la Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans (la conocida como “Ley Trans”), los batallones de la santa indignación conservadora hayan planteado la acostumbrada batalla para volver a lo oscuro, aunque sorprende e inquieta esta vez, que a esa batalla se haya unido (con sus diferencias) una cierta parte del feminismo progresista de este país, además de las ejecutivas y líderes de algunos partidos políticos que a sí mismos se califican de izquierda (y por tanto, teóricamente, proclives al reconocimiento de derechos).

Basta la lectura del borrador de la Ley Trans para darse cuenta de que la argumentación jurídica en que se basa, así como el detalle de los derechos que pretende reconocer, impecables desde cualquier punto de vista, albergan un rasgo de pura libertad, además la pretensión de elevar la estatura ética de la sociedad española, al reconocer una realidad, la de las personas transexuales, todavía escasamente tratada en un país de los más avanzados en cuanto al respeto a los derechos humanos.

Las objeciones a la ley de cierta parte de las organizaciones feministas, absolutamente distintas a las que plantea la caverna reaccionaria, vienen sin embargo a coincidir con éstas en la denuncia de un cierto peligro de “caos” identitario de género y/o sexual, al permitir que la mera declaración personal de la identidad de género (yo soy hombre, yo soy mujer, no me defino), sea suficiente para considerar a la persona “adscrita” a ese género  a todos los efectos legales y sociales, sin tener que someterse a intervenciones, tratamientos o adecuaciones visibles (salvo que esa fuera su decisión)y, también, sin tener la obligación de declarar su identidad sexual.

Tal vez  el feminismo (del que quien esto firma se declara defensor, cómplice y miembro activo), albergue en su seno, o en parte de él, cierto falso orgullo de pertenencia exclusiva a un sexo biológico determinado, físicamente reconocible y socialmente diferenciable, y tema que la entrada en el colectivo social femenino de personas cuyos genitales, aspecto o comportamiento no se correspondan con lo que los demás reconocen como femeninos, despoje a los movimientos reivindicativos de mujeres, en lucha permanente por la igualdad, del componente diferenciador absoluto en que se basaría gran parte de su fuerza.

Vana preocupación y vano temor, porque, de conseguir esa parte del feminismo paralizar la Ley Trans, conseguiría el perverso efecto de reducir el movimiento feminista a solo mujeres, relegando a mero simpatizante a cualquier persona de otro sexo que luchase por sus mismas reivindicaciones; supondría, por el efecto contrario, ya que las feministas solo podrían ser mujeres, que los machistas solo son varones (lo que es falso) y que para luchas por ciertos derechos solo está capacitado quien sufre directamente su carencia, eliminando de un plumazo la solidaridad entre personas frente a la discriminación de parte de ellas, dando alas al gregarismo reivindicativo que tanto daña la universalización de toda lucha por la justicia y, de paso, convirtiendo al feminismo (de ese modo contemplado) en obstáculo para la defensa de derechos de mujeres transexuales.

La identidad de género es un concepto que va mucho más allá de la asignación biológica sexual  y que, como se sabe desde hace mucho tiempo, significa para muchas personas un enorme sufrimiento en sociedades (casi todo el mundo) gobernadas por la cómoda asignación social de género relacionada con la originaria conformación física genital. La historia del reconocimiento social y legal de, por ejemplo, la homosexualidad, que todavía atraviesa en muchos países páramos de incomprensión, fobias e intolerancia, está logrando poco a poco una normalización que a todos nos dignifica. La propuesta de la Ley Trans en España, que de aprobarse podría convertir este país en espejo de la dignidad, la justicia y la fraternidad solidaria (y del respeto a los derechos humanos), no puede ser obstaculizada por un colectivo, el feminista (o parte de él), cuya lucha coincide en gran parte de su programa con el movimiento trans.

Nacemos hembras o machos. Desnudas, desnudos. Si así nos obligamos a morir, si en el último aliento seguimos siendo lo que no decidimos, de poco habrá servido el transcurso de la vida. De nada habrá servido mirarnos y reconocernos, nombrarnos, pensarnos ni intentar saber qué somos. Pero algo sí somos: capaces de sentir, de sentirnos individuos libres para decidir y decir qué somos sin tener que mentirnos.