“El” Superbowl

Llevo desde la semana pasada dándole vueltas a algo: ¿quién empezó en España a decir “La” Superbowl? Y, ¿por qué siguen diciéndolo?  Son cosas de filólogo charro… de dos orillas.

Hace casi diez años ya escribí sobre el tema; fue cuando el XLVI Superbowl… Y el domingo se jugó en LV. Mi primero en México fue el XXVII, era la época de los Dallas Cowboys, los Vaqueros, equipo muy seguido por acá, tan vez porque Texas –así, con la misma equis que dejamos en México y se pronuncia a veces como [ks] – fue México. Creo que en aquellos tiempos no le prestaba mucha atención pero, eso sí, también creo que, desde que estoy en México, los he visto casi todos. A veces, incluso, he participado en “celebraciones” porque casi siempre ocurre en un fin de semana en el que solemos viajar –Pilar, mi mujer, cumple el día 8– y, si toca Superbowl, no hay hotel que no aproveche para ofrecer un bufé de cosas gringas y pantallas gigantes… Y aunque a Pilar le dé igual el partido, el ambiente se pone entretenido.

Ya en el artículo de aquel entonces –todavía en El Adelanto– también señalaba esa curiosidad de los números romanos. Y en plan breviario cultural, explicaba que en México (y en la Latinoamérica a la que le gusta el fútbol americano), lo común era la traducción; vamos, que por acá se habla del Supertazón. El, en masculino.

Porque ya entonces me preguntaba de dónde salía ese femenino que ya entonces usaban en España: de aquellas pequeñas menciones en los periódicos hemos pasado a notas en todos los telediarios –y hasta en Zapeando–, así como abundante seguimiento en los periódicos; por mi parte, sigo sin entender de dónde salió eso de tratar en femenino –la Superbowl– al partido más macho del deporte más macho… al menos según los buenos de los gringos. Bowl significa tazón, palabra de género masculino en nuestro idioma; o sea, que me pongo en modo filólogo y no lo entiendo. Y ya vieron que en plan sociólogo, tampoco.

Volviendo al juego, confieso que me he ido aficionando, cada vez más, sobre todo a ver los partidos finales… Y a Tom Brady.

La verdad es que, con nociones de rugby –al que jugué, con Javier, amigo que también ha cumplido años en estos días (¡felicidades!)– y de fútbol, uno se entera de qué va el asunto y se lo puede pasar bastante bien.

Así como el béisbol me sigue pareciendo algo indescifrable, complicadísimo –tan lleno de reglas que, incluso, varían de un estadio a otro–, el americano, como le dicen en México (apócope de fútbol americano), se entiende bien y, debo confesarlo, suele ser entretenido. Muy entrecortado, eso sí, que a los del norte les encanta tener tiempo de levantarse a la nevera (explican los que venden cosas de las que llenan neveras); de hecho, debe ser verdad, porque la explicación de que el soccer (nuestro fútbol, claro) no tenga tanto éxito como espectáculo televisivo en Estados Unidos (no siendo entre la comunidad hispana) parece que son esos larguísimos 45 minutos más quince, más otros 45, que pueden terminar sin un miserable gol… Y hasta puede que se le añadan más minutos y que siga sin haber gol, o que solo haya uno… Que nos lo digan a los españoles, sobre todo a Iniesta.

En fin, que ayer ganó Tom Brady, por séptima vez, una marca de esas brutales… Y con un equipo, los Bucaneros de Tampa Bay, que no era el de siempre; es más, los Bucaneros, antes de que llegara el famoso quaterback –o mariscal de campo– llevaban años pintando poco. Y ganó bien, al equipo más fuerte de la temporada, dirigido por un mariscal de campo joven, llamado a acabar con la hegemonía del viejo Tom, cuarentón él.

Eso sí, en el de hace años, Madonna fue la del espectáculo de medio tiempo –así se le dice por aquí–; en el primero que me tocó ya estando de este lado había sido Michael Jackson. Y he visto a Springsteen, a Sting, a la hermana de Michael y su “accidente”… Y hombre, el tal Weekend del domingo presentó algo llamativo… pero como que no era lo de otros años. Algo que también dijeron en Zapeando.

Me estoy haciendo mayor…

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