Nostalgia de bosque

Tiene la ciudad mediana, a la ciudad pausada, letrada, nostalgia de bosque y campo, de ahí los parques siempre pocos, la maceta del balcón que quiere ser florido y la terraza por donde se asoman nuestros afanes de jardineros urbanos.

-Moza, tengo tierras.

En aquellos tiempos de fines de semana felices por la Extremadura de mis amores, descubrimos una pintada feliz en los muros de Cuacos de Yuste, y a punto estuve de buscar al galán latifundista para ofrecerme entera aún cuando ya no está uno para que la llamen moza. Nada más bello que la Vera cuando todavía podíamos viajar. El confinamiento no solo nos hurtó el camino al sur, sino que nos dio de bruces con el muro, la ventana que no es balcón, el ático sin terraza, el milagro del patio, la falta de ramas, flores, sombra, hierba, cuneta de hierbas de delicada caligrafía. El secarral mesetario era el oasis de nuestro encierro urbano donde extrañábamos no el viaje, no, sino el barro, los charcos, el descampado donde habitan los perros, únicos habitantes de un paseo prohibido.

-Como vuelvan a encerrarnos, me busco un perro.

Ahora que hay tanto chucho casero, recuerdo lo difícil que era ver un perro en la ciudad de mi infancia. Y en el edificio de mi madre, de gente trabajadora, menos, aunque recuerdo el extraño caso de una familia particularmente disfuncional que acogió el ayuntamiento y que eran un prodigio de gritos, rarezas y perrino arrastrado a duras penas justo encima del piso de Nieves, la enfermera que en aquellos entonces iba con esa cofia triangular, geométrica y tiesa, corona de todas las virtudes a trabajar al hospital. Cuando yo era niña, muy niña, las mujeres solo podían ser enfermeras o maestras nacionales. Y mi vecina iba y venía, ornada de dignidad almidonada.

-Mari Nieves, hija, acabo de ver un perro volando hacia la calle.

-Madre por Dios, qué cosas tiene, a ver si me voy a tener que empezar a preocupar.

En mis tiempos de niña, muy niña, no había nada mejor que una perífrasis verbal de exquisito circunloquio “A ver si tengo que decirte que te calles” decía mi madre, una de esas frases que si se las ponen en la EBAU a mi hija este año tenemos un suicidio colectivo. Y eso que a mi progenitora no le hacía falta ni el imperativo categórico, con levantar una ceja le bastaba. A la madre de Mari Nieves nunca se le olvidaría aquel pobre cachorro volando hacia la avenida. Por suerte eran dos pisos y la criatura fue recogida y curada de unas roturas y contusiones que sellaron futuro más venturoso que vivir con una familia de crueldades. Eso hace tiempo, que ahora tenemos una versión más prosaica de la lluvia dorada o del mito de Dánae en forma de ducha perruna porque las chicas de otro piso tienen un can obligado a aliviarse en los balcones de la insidia.

-¿Habéis llamado a la policía local?

El cuerpo local de los ángeles custodios seguro que tiene un anecdotario más extenso que los Rollos del Mar Muerto, pero parece que les falta capacidad multuaria o que el personal ya está por encima del bien, del mal y de las necesidades de una mascota que sufre en silencio.

-Si me vuelven a encerrar, lo primero que hago es agenciarme un perro.

Y yo salir corriendo en cuanto me quiten en encierro perimetral a buscar un bosque, una manada de lobos felices, un árbol al que mear o un banco de peces. Y mientras, en el patio infinito de la casa del pueblo, nuestro perro chico hace, feliz, el recorrido de todos sus olores. Como dice aquel “Qué bien vive este puto perro”, y qué razón tiene. A ver si me hace un sitio en su casita de cojines viejos y pelotas de mis sobrinos. Total, una ni siquiera necesita más tierra que la que hay debajo de las uñas después de trasplantar a otra maceta. Nostalgia de árbol y horizonte.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.