Romper los moldes

Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento y muera el que no piense como yo” (Voltaire)

A menudo se alzan voces públicas en defensa de la Libertad, un principio muy apreciado, aunque no absoluto. Hace algún tiempo –no recuerdo si en forma oral o escrita– asistía a la reflexión de un eminente pensador, el cual sostenía que cuando en una sociedad se reafirma con esmero una y otra vez un hecho en apariencia evidente, se debía despertar la sospecha. Esta tesis, trasladada al campo de las libertades, conduce a desconfiar de su excelente estado de salud social, dado que este constituye un tema de debate recurrente.

Su entrada en escena suele producirse en referencia a aspectos concretos, como –por ejemplo– su relación con la Seguridad, o en alusión a algún constructo como el de la libertad de expresión. Sobre el primer aspecto, el vínculo entre Libertad y Seguridad, no cabe sino defenestrar esa vieja concepción de que la Seguridad es enemiga de la Libertad. Sin entrar en mayores detalles que extravíen la dirección de estas líneas, podemos concluir que Seguridad y Libertad solo se enfrentan en términos hobbesianos, ya que en cualquier otro plano –como ha afirmado el filósofo Fernando Savater en numerosas ocasiones– la Libertad no tiene sentido sin la Seguridad. No obstante, sobre lo que realmente quiero hablarles es sobre la libertad de expresión.

Muchos aluden a la libertad de expresión como un derecho absoluto e inalienable, que puede servir de justificación y legitimar cualquier improperio. Son estos mismos adalides de la libertad de expresión quienes con frecuencia desposeen de dicho derecho a los que escapan de su línea de pensamiento. Soy de la opinión (y toda opinión es –por supuesto– susceptible de diálogo) de que la ofensa no puede constituir el límite de la libertad de expresión. Sin embargo, la ofensa por la ofensa (sin otro sentido y fin que el de la ofensa) creo que es un claro límite para este derecho, en línea con lo propuesto por John Stuart Mill en su ensayo Sobre la Libertad (1859).

Por otro lado, como adelantaba, vivimos bajo el yugo del pensamiento de lo “políticamente correcto”, linchando y asesinando socialmente a todo aquel que trata de escapar de ese encapsulamiento. En esto, juegan un papel muy relevante esos espacios creado para la “libertad de expresión” (nótese la ironía) que son las redes sociales cibernéticas. En ellos, el ejército de los alias “anónimos” se apresura a insultar y vejar a todo aquel que no dice lo que debería decir, sumiéndonos en la imposición dictatorial del pensamiento único.

A todo lo expuesto podemos añadir que la libertad de pensamiento, siempre utópica en términos absolutos por su sometimiento a las insalvables influencias, se encuentra en jaque debido a la operativa de las redes sociales, con prácticas como la del denominado “filtro burbuja”. Esta, que se resume en la reiterada afirmación de nuestro marco ideológico a través de los contenidos que se muestran, favorece la polarización y condiciona la selección de nuestros influjos. Hablar de libertad de expresión sin libertad de pensamiento es como dar un pincel al artista para que pinte un cuadro prefigurado. Vivimos días muy grises para la libertad de pensamiento y su expresión, sometidos a la dictadura de la corrección social y camuflados en la falacia de la disposición de espacios paradigmáticos en los que lanzar nuestras opiniones al mundo. En medio de esta quimera, pocos son los que se atreven temerariamente a romper los moldes.