Este año no se celebra el carnaval, pero no deja de existir

Este año no se celebran los carnavales, por los menos, en nuestros pagos; pero los carnavales no han dejado de existir. Están ahí, desde que se celebraban las fiestas en honor de Baco, dios del vino, unas fiestas orgiásticas en las que las mujeres eran protagonistas con sus lindezas. Su primer nombre era de fiestas de Baco, pero en la Edad Media se cambió su nombre por el de carnaval o el de carnestolendas y el vulgo, por el de Antruejo. Estos vocablos invitan al divertimiento, como desquite ante el ayuno y la abstinencia que demanda la Cuaresma. El cuerpo y el espíritu, el desenfreno y la penitencia terminaron en una sangrienta refriega, en una batalla campal,  que recoge, en su furor, el Arcipreste de Hita en su “Libro del buen amor” (siglo XIV). El conflicto finalizó con el abrazo de la paz. La cordura consiguió poner freno a ambos contendientes, y lograr que se enderezasen las tendencias y los caprichos pasados. Se estrecharon la mano de la concordia, y  ambas partes se comprometieron a respetar la fiesta y la penitencia, el amor profano y el amor divino, el disfrute y la mortificación, como elementos compatibles.

Con este compromiso, hoy, conviven y disfrutan tanto la costumbre del cuerpo, como la tradición ritual del alma, manteniendo, como debe ser, los dictados de la tradición y del sentido común.

Ahora se cumple libremente, quizás con más convicción, pues ya no existe la imposición. Ahora la alegría y la penitencia se hermanan, siguen con la misma complicidad, con la misma sinceridad, porque no tiene por qué enfrenarse el mundo profano con el mundo espiritual, cuando los dos son componentes de la persona: cuerpo y alma.

Y con este prólogo, que huele a Metafísica, nos adentramos en la sustancia de la tradición carnavalera.

Antiguamente, los carnavales se iniciaban el jueves de compadre y el jueves de conmadre, así se denominaban los jueves anteriores al domingo gordo o de carnaval. Los protagonistas eran los niños, aunque no faltaban adultos que provocaban la broma.

Esos días los niños no tenían escuela por la tarde, se revestían con los aparejos desechados de sus padres y de sus madres; disfrazaban sus caras de hombre con su barba, bigote y patillas con corcho quemao, y las muchachas se untaban la cara con harina y se embadurnaban los labios con el pintalabios de sus hermanas. Y salían en panda por las calles desparramando alegría, y antes de armar mil travesuras, visitaban a la abuela o a la tía, para que los vieran y sacarles algo. Yo recuerdo que mi abuela me daba una perra chica y alguna castaña pilonga o bellotas, que guardaba en su faltriquera. Cuando nos recogíamos, las madres solían obsequiarnos con un plato de puchas, que preparaban con agua, harina, azúcar o miel. ¡Qué ricas nos sabían!

Hoy la tradición se sigue viviendo, pero de otra forma. En la noche del sábado, se llenan los bares de pandas disfrazadas de elegantes y sofisticados atuendos y de la alegría más sana Pienso que vivimos el carnaval día a día, cuando nos disfrazamos de monja, de cura, de militar, de miss, de enfermo, de trabajador, de joven, de viejo, de triste, de alegre, de enamorado, de cazurro, de paseante, de autoridad, de truhán, de prepotente, de aburrido, de bueno, de maleante, de mentiroso, de religioso, de reivindicativo, de político, de sindicalista, de intolerante, de reconciliador...Ya lo dijo, muy acertadamente, Calderón en su “Gran teatro del mundo: lo importante es que los actores y los espectadores podamos siempre disfrutar de la paz de la sonrisa.