Cifras y letras

En un momento en que la información de la evolución de la pandemia de coronavirus se basa en la transmisión y la correcta utilización de datos numéricos de todo tipo, el desconocimiento de los mínimos mecanismos de comprensión del sentido de las cifras y el desprecio por la voz científica, lastra considerablemente el conocimiento de esa evolución y, lo que es más grave, provoca la errónea interpretación de esos datos y, consecuentemente, un nivel de desorientación, falseamiento, manipulación e incapacidad de comprensión, que conduce a abrazar seudociencias, creer a charlatanes o practicar seguidismos abstrusos a razonamientos falsos y manipulados que constituyen a veces verdaderos rebaños de peligrosos ignorantes llamados “negacionistas”.

A pesar de que la actividad de divulgación científica atraviesa un período de crecimiento, y se multiplican los eventos divulgativos y las actividades permanentes de explicación, información y difusión de la Ciencia (caso de ”BigVan, científicos sobre ruedas” y otras entidades de amplísima presencia en redes y organimos culturales y de enseñanza), el conocimiento de materias como la Matemática adolece de una debilidad cuasi crónica en España y, en general, la interpretación cabal de los datos científico-matemáticos es casi inexistente.

Desde el significado de las cifras de contagios diarios hasta el sentido del índice de porcentaje de vacunados; desde las consecuencias del incremento acumulado de infectados a las del aumento de los decesos; desde las particularidades que alberga la diferenciación estadística del número de los casos notificados al valor de la fracción de variación de la curva de transmisión; desde el análisis del índice de las tendencias históricas hasta la comparación estadística temporal, demográfica o cíclica, las cifras que informan de la realidad de la situación sanitaria revelan todas ellas la medida exacta y la dimensión de la situación sanitaria. Aun así, esas mismas cifras, que forman números con un sentido particular en su expresión, se han convertido en demasiadas mentalidades, digamos cómodas, en un ejercicio de contradictorias interpretaciones, una suerte de pimpampún dialéctico-numérico que usa y abusa del retorcimiento del significado y del valor de los datos, y  que ha vuelto a poner en evidencia que las enormes carencias en el conocimiento científico en general y los rudimentos matemáticos en particular, provocan reacciones colectivas de extremismo generadoras de perjuicios generales a veces insuperables.

Como se está comprobando enfrentados a la Covid-19, la mala interpretación o deformación de los datos numéricos conduce a dirigentes políticos de todo pelaje a tomar decisiones que afectan directamente, perjudicándolas, la vida de las personas. En un libro muy accesible, publicado hace años, El hombre anumérico, del matemático John Allen Paulos, se analizan las graves consecuencias del analfabetismo matemático y se realiza, mucho antes de la pandemia actual, un inteligente análisis de las locuras (llamémoslas hoy estupideces) que provoca la falta de comprensión y el desprecio de la ciencia y, especialmente, el desconocimiento de los rudimentos matemáticos. Los perjuicios de tal desconocimiento han lastrado y todavía las economías tanto privadas como estatales con crisis bancarias, estafas financieras, fraudes, engaños y otros aprovechamientos delictivos.

Cuando se confunden las cifras con los números que forman, el razonamiento matemático no existe. Cuando un mandatario decide dar preferencia a cierto porcentaje sobre determinado índice sin ocuparse por conocer el significado de ninguno de los dos, sus decisiones carecen de valor; cuando la probabilidad de un incremento se quiere comparar con la tendencia de una cantidad, sin tener ni idea de lo que implican los números que las definen, tampoco extraña que la estadística se compare con la probabilidad o la hipótesis con la certeza. Cuando se juzga a conveniencia el hecho indubitable o cuando guiarse por precedentes absurdos y cerrar los ojos se considera más efectivo que pensar, sucede que personajes incompetentes, negligentes y claramente incapacitados para cualquier actividad de dirección o gobierno, son investidos de autoridad para tomar decisiones, amenazándonos a todos con el peligro de creer que tienen razón.