La recoleta plaza de los sexmeros

Una sentencia que nos recuerda el “polvo eres” y que señala la existencia de un osario en esa misma pared de la iglesia de la cuesta

Inscripción en la iglesia de San Julián y Santa Basilisa, en la plaza Sexmeros

         En Salamanca hay plazas retiradas, rumorosas de fuentes, de paso sosegado, de tiempo detenido. Tiene la ciudad rincones donde se remansan los siglos guardados entre sillares de piedra consagrada, pavimentos pulidos de pasos, carros y pezuñas de las bestias de carga que llevaban el grano a la Casa de los Sexmeros, la Casa de la Tierra construida en 1573 y comprada por los cuatro ediles ocupados del sexmo, la sexta parte del cereal que gestionaban los guardianes de las partes en las que se dividía la provincia agrícola, la Salamanca del campo y el ganado.

         Una casa plena de detalles, restaurada con mimo, ganada para la modernidad por la Cámara de Comercio que se hizo con los edificios colindantes, esgrafiado vistiendo a la dama antigua que tantas cosas fuera ofreciendo a la venta los productos de una parte de la ciudad bulliciosa y dada al comercio, a los corros, los mercadillos al aire libre, las idas y venidas de las gentes del campo. Plazas de encuentro, plazas al abrigo de todos los vientos, ahí junto a la iglesia de altares barrocos de San Julián y Santa Basilisa. No hay mayor protección que los muros de un templo para esta bajada desde la Plaza de todos, desde la cuesta del mercado a esa vía que el franquismo trazaría con escuadra, cartabón, orden y silencio. Tienen las grandes avenidas una geometría gruesa de borrón y cuenta nueva, pero quedan en los recovecos de la ciudad las plazas arrecogidas, los rincones ignorados que se salvaron de la piqueta de la modernidad y nos devuelven su calma del pasado, su paso antiguo, su sepia de fotografía primitiva.

         Es la plaza de los Sexmeros el rincón donde canta el agua ¡Qué fuentes delicadas, humildes y rumorosas hay en nuestra Salamanca de calles y plazas! Agua que corre, tiempo que pasa. Y es en esta plaza delicada, en este rincón de privilegio, donde Amador se solaza en el primer plano de los detalles apenas entrevistos. Por eso dirige el objetivo a las dos láminas de pizarra que nos recuerdan el paso de los tiempos, el cuidado con el que los caminantes recordaban las estaciones del víacrucis que es la vida. Y allí entre los sillares de piedra de Villamayor, la pizarra incrustada en la piel del muro nos regala el aforismo certero de una verdad de letras apretadas: Los que dan consejos ciertos a los vivos son los muertos.


         Una sentencia que nos recuerda el “polvo eres” y que señala la existencia de un osario en esa misma pared de la iglesia de la cuesta. Sin truculencias, dice que los mejores consejeros del vivo son los muertos a los que debemos el reconocimiento. Y es el reconocimiento, también en la Plaza Mayor en forma de texto grabado, el que señalaba en la calle la muerte súbita, la muerte violenta, la muerte sin confesión. De ahí que el caminante fuera interpelado por ese “Aquí murió, aquí mataron…” para que se detenga, rece por el alma en vilo del difunto inesperado y las oraciones de estos pasos perdidos hagan su periplo por el purgatorio más corto. Anno Domini, en el año del Señor 1792 Aquí mataron a un hombre, rueguen a Dios por él. Una esquina de muerte violenta en la plaza sosegada, rota por la diminuta cruz de pizarra, la calavera que nos evoca el final de todos aquellos que pasamos por la vida con prisa y sin pausa mientras en la radio de los años de infancia sonaba aquello de… Es la hora del ángelus por las reverendas Madres Dominicas…

         Del tiempo de lo sacro quedan estas láminas que Amador lleva al primer plano del detalle y la antropología social de una ciudad inacabable. Sonreímos viendo la escritura que ahorra espacios y letras, como un wasap de otro tiempo. Imaginamos la muerte violenta en la paz de la placita recoleta, trazamos la geometría de los balcones góticos, de las paredes esgrafiadas, de los cielos que desbordan esta estancia cerrada rumorosa de agua. Son los rincones desconocidos de una Salamanca íntima y secreta, misteriosa, evocadora, plena. Una Salamanca retratada con el mimo de un artista del detalle que se hace monumento. Y la plaza retirada canta su eterna canción de agua ajena al tiempo.

José Amador Martín, Charo Alonso.