Habitar la vida a pesar del virus

Las injusticias no están ahí como los ríos o las montañas, productos del azar, sino que han sido causadas y/o heredadas por el hombre

REYES MATE

…, dolor de tantos seres injuriados, rechazados, retrocedidos al último escalón… los llantos inaudibles de los que nada esperan ya de nadie...

JAIME GIL DE BIEDMA

Estamos en el momento culminante de la tercera ola del Covid-19 y parece que estamos de vuelta de todo, más contagios, más hospitalizados, más muertos, los hospitales casi saturados, inmersos en un eterno retorno y, ya nos comienzan hablar de la cuarta ola. Después de casi un año, la población se insensibiliza a las cifras y a los fallecidos, son muchos los que están sufriendo los efectos económicos, sociales y psicológicos de esta terrible pandemia. La incertidumbre se alarga y se pone más acento en el problema económico. Ahora parece que lo importante es sobrevivir y desplegar la resiliencia, ya que la situación de muchas familias es crítica, con lo que antes que lleguen las vacunas, la población se está inmunizando hacia las normas.

En este contexto, la pobreza severa está aumentando en nuestro país y prácticamente en todos, podía llegar a 5,1 millones de personas, afectando de forma crítica a los más vulnerables y, sin una respuesta clara para poder salir de esta situación, eternizándose las colas del hambre. Según el informen de Oxfam intermón presentado en Davos, las políticas pueden ayudar a evitar la profunda brecha y cambiar la situación, como lo demuestran los ERTE y otras medidas como el Ingreso Mínimo Vital, aunque este último necesita mejoras urgentes en su puesta en práctica.  Afirma el informe que, si se hubiese desarrollado el ingreso mínimo vital en su totalidad en el segundo trimestre, hubiera salvado de la pobreza a cerca de 300.000 personas y se hubiera reducido otro tanto, la pobreza severa.

Al día de hoy, el desempleo provocado por la pandemia es el mayor generador de pobreza y desigualdades, debido a la caída de los ingresos, que ya estaban muy mermados en los trabajadores más precarios. Siendo las mujeres, los jóvenes y las personas migrantes las más afectadas por esta profunda brecha provocada por la pandemia. Las mujeres, por su parte, constituyen el 57% de todas las personas subempleadas y el 73% de las que trabajan a tiempo parcial. El incremento del desempleo también se dobla en los niveles educativos inferiores.

Según explica Fran Cortada, director general de Oxfam intermón, la mujer joven, migrante, con bajos estudios y perteneciente a un colectivo racializado, sería el perfil más vulnerable ante los efectos de la pandemia. Para evitar el enraizamiento de la pobreza y la desigualdad, la ONG propone que se realicen políticas alternativas para sustituir a los ERTES, que incluyan una mejora del modelo productivo, apoyo a las empresas que garanticen empleo digno, y medidas que regulen la temporalidad, parcialidad, subcontratación o falsos autónomos y que protejan a los colectivos más vulnerables como trabajadoras domésticas y migrantes.

Si esto pasa en nuestro país, la situación de pobreza en el mundo puede llegar a ser catastrófica. Millones de personas, más de un tercio de la población mundial son pobres absolutos en varias dimensiones a la vez: ingresos, salud, nutrición, educación, vivienda, saneamientos, acceso a la electricidad, disponibilidad de agua y disponibilidad de combustible para cocinar. La brecha entre ricos y pobres es cada vez más alta invadiéndolo todo.  Si con la crisis del 2009, han temblado las democracias del mundo ¿qué pasará después de esta crisis cada vez más profunda?, la verdad que lo que somos no se expresa en lo que pensamos ni en lo que decimos, sino en lo que hacemos. La democracia no solo es un privilegio, es un esfuerzo que debemos realizar y construir cada día, para que sea un sistema efectivo y afectivo.

Ya hemos comenzado ese mundo nuevo de postpandemia más fragmentado y más resiliente, donde la adversidad es más cotidiana. Vivimos una vida más limitada físicamente y más virtual. Es el momento de construir economías y sociedades más duraderas y más habitables ya que nos enfrentamos a la mayor crisis de nuestro siglo, con lo que es necesario elegir y actuar, preguntándonos no solo como superar la amenaza del virus, sino que mundo queremos después de la tormenta. Estamos perdiendo la capacidad de habitar, necesitamos lucidez, respondiendo no solo con la palabra, sino con realidades, es lo que siempre hemos llamado justicia.

En un primer nivel, el Estado que ejerce el poder, tiene y tendrá una responsabilidad decisiva en la distribución de los bienes y recursos de la sociedad. Su actuación debe priorizar, más allá de los intereses económicos, la promoción, la integración, la cohesión y la igualdad social, favoreciendo la autonomía de las personas, familias y grupos, pero de una manera especial de los que viven en situación de pobreza, exclusión o riesgo social. Para poder realizar esta labor de luchar contra la pobreza, es necesario una política efectiva y consenciada en temas como la salud, la educación, el fomento de la vivienda para todos, el trabajo y las pensiones dignas.

En un segundo nivel, nos situamos dentro de las relaciones humanas, también necesarias para superar la crisis vírica, económica y psicológica. En este nivel de relaciones sociales, se debe poner el énfasis en la justicia, como hemos comentado más arriba. Esa justicia debe basarse, en algo que damos por supuesto pero que no siempre lo es, la igualdad de todas las personas ante la ley. Para ello, hemos realizado un fuerte esfuerzo para desplegar los derechos humanos que debemos de consolidad y hacerlos efectivos. La defensa de los derechos humanos será siempre algo pendiente para todos, una cuenta inacabada. El que sufre debe ser visto como un sujeto humano con exigencias de dignidad, donde la solidaridad deberá ser el medio para eliminar las barreras. Así la actuación social y política deberá tener en cuenta estas dimensiones, como la dignidad y la solidaridad.

El tercer nivel en las relaciones humanas, es el que se ejerce mediante la gratuidad y la solidaridad. La justicia no debe ir separada del amor, de la entrega, de la caridad. Qué no consiste en dar limosna, sino darse así mismo. El agápē es el Amor que nos introduce en el amor. El agápē es una asimetría voluntaria, con la que se puede crear una sociedad verdaderamente humana y fraterna. Esta solidaridad que ha aportado el cristianismo a nuestras sociedades, no trata de sustituir al Estado o a los gobiernos de sus obligaciones, sino de introducir nuevos valores, no sólo en beneficio de la población pobre y excluida, sino de toda la humanidad.

Entre esos valores están reconocer la diversidad, el valor y la importancia de la afectividad, la defensa de la vida y los derechos humanos, la justicia y la paz, el valor del voluntariado, el respeto a la naturaleza, todos necesarios para luchar y defender a los más desfavorecidos y excluidos de nuestras sociedades.  Estas desigualdades cada vez más profundas apelan a nuestra conciencia moral, nadie se merece ser pobre o carecer de los medidos necesarios para desarrollar todos los talentos que tiene.