Inoportunas despedidas

“La muerte para los jóvenes es naufragio y para los viejos es llegar a puerto” (Baltasar Gracián)

En medio de este creciente mundo de inseguridades, al que reputados sociólogos han asignado distintos calificativos –basten como ejemplos la “sociedad del riesgo” de Ulrich Beck o la “modernidad líquida” de Zygmunt Bauman–, hay certezas que permanecen esplendorosamente inmutables. Entre ellas, en un lugar destacado, se encuentra la muerte como el proceso que constituye el final de todas nuestras vidas. Pero no quiero enredarme en significados, ni tampoco ahondar en la herida de los que solo son testigos de la misma. El objeto de este puñado de líneas es reflexionar sobre lo anacrónico que resulta fallecer en medio de esta pandémica niebla.

Podemos asumir que la muerte es esa parte de la vida que llega (casi siempre antes de lo que nos gustaría) y con la que finaliza una historia de la que hasta ese momento hemos sido narradores protagonistas, para que –en lo sucesivo– quede legada a otros que la proseguirán a través del recuerdo.

También podemos obviar ese episodio, aunque seamos más o menos conscientes de que –más pronto que tarde– llamará a nuestra puerta. En estos extremos también se enmarcan nuestros grandes pensadores. Mientras algunos han dedicado gran parte de su obra a reflexionar en torno a la muerte, como lo hicieran Miguel de Unamuno o Emil Ciorán –entre otros muchos–, en el polo opuesto se sitúan los que decidieron que la vida era tan importante que lo que pasaba a su fin carecía de relevancia, como puso frecuentemente en relieve Eduard Punset.

En cierto modo, aunque difícil, la muerte puede resultar romántica cuando llega a su hora y quien la recibe a disfrutado de una vida en plenitud que le ha permitido culminar, con un relativo éxito, un deseado proyecto. Así, solo tras la muerte, podemos afirmar que alguien ha sido feliz. Esta sentencia no resulta en absoluto novedosa, ya que así la recogió Aristóteles en el siglo IV a.C. empleando como ejemplo al rey troyano Príamo.

Dice el filósofo estagirita que la felicidad requiere una vida entera, ya que algunos bienaventurados –como Príamo– sufren grandes calamidades en la vejez, tocándole a este padecer la muerte de muchos hijos y el sufrimiento de su pueblo. Otros, como el historiador Hérodoto de Halicarnaso, ponen en boca de Solón de Atenas –durante su visita al rey Creso en Sardes– el paradigma de felicidad ilustrado con Telo el ateniense. Este hombre fue poseedor de una excelente prole, carente de grandes desgracias y –bajo el juicio de Solón– gozó de una muerte honrosa.

Resulta posible escribir numerosas páginas con eminentes reflexiones a cerca de la muerte y su vínculo con la felicidad. Sin embargo, no parecen necesarias para entrever que el escenario actual es tremendamente inapropiado para partir. Una despedida repleta de incertidumbres, algunas tan básicas como cuál será el futuro más próximo de sus seres queridos y el de esta sociedad aquejada por una pandemia –para la inmensa mayoría de nosotros sin precedentes– o si los suyos podrán brindarle un solemne último adiós. Ojalá que esas esperanzadoras vacunas pongan pronto punto final a tan inoportunas despedidas.