Y por qué desaparece todo

    El periódico en que escribo, SALAMANCA AL DÍA, muestra a menudo fotografías de como era Salamanca antes. Y muestra un cine que desapareció, y muestra una actividad que ya no existe, y muestra una cafetería llena de alma, y muestra una plaza que estaba llena de palpitación. Y todas esas cosas han muerto. Muchos las mirarán con condescendencia, desde la modernidad arrogante, y sin embargo cuanto más vivas estaban, cuánto más sugestivas se mostraban, cuanta más humanidad tenían, que este mundo cada vez más frío e inhumano en que nos metemos fatalmente, sin protestar, sin decir “esta boca es mía”, sin pestañear. Que al menos nos resistiéramos a los dioses de Silicon Valley, a esos que nos enfrían el mundo cada vez más, que lo entregan a una élite displicente y tecnocrática, que eliminan a las personas y ponen máquinas, que quitan locales con vida y sabor y ponen locales helados de diseño para pijos helados.

    Que ese mundo con carne y entraña, con humanidad y palpitación, desaparezca en aras de esta frialdad tecnocrática e inhumana les parece un progreso a los progres, les parece un avance a los pasmones,  les parece bien a los papanatas que dicen a todo que sí y siguen todas las modas, aunque la última moda consista en comer mierda. Todas esas fotos que publica SALAMANCA AL DÍA nos recuerdan como estamos matando día a día el mundo, como eliminamos todo lo que tiene sugerencia y vida,  como apagamos todo lo que hay de luz y de imaginación.  Y le llamamos a eso progreso. Pero yo me pregunto ¿por qué demonios desaparecer todo? ¿Por qué estamos condenados siempre a la nostalgia porque se les antoje a unos arrogantes frigoríficos de Silicon Valley, que nos lo matan todo, que nos lo quitan todo, que nos apartan el aire y la hierba,  mientras ponen a sus hijos sobre la hierba a jugar con papeles y lápices?  Y yo digo al menos como Dylan Thomas: “No entres dócilmente en esta noche callada”.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR