Ayer, Santa Águeda

 

No estoy dispuesto a tolerar que el bicho acabe con nuestras tradiciones. No nos las deja disfrutar físicamente, pero no puede impedir que las celebremos mentalmente. Y me dispongo a ello.

He dedicado un rato a curiosear la vida y la historia de santa Águeda, husmeando en “La leyenda dorada” de Santiago de Vorágine. Poco se sabe de la Santa, aunque la fiesta, cada año, inclusive este, la celebramos con la mayor brillantez. La cuna de la Santa se la disputan dos localidades sicilianas: Palermo y Catania. Lo que sí es cierto es que Águeda recibió el martirio en Palermo, y que fue enterrada en Catania, el día 5 de febrero del año 251. Pertenecía a una de las familias nobles de Sicilia. Era rica, buen partido, y la mayor hermosura de su tiempo. Hizo votos de no tener otro esposo que Jesús, consagrándole su virginidad. A pesar de todo, le llovían pretendientes por todos los flancos, hasta el propio procónsul de Palermo, Quinciano, la requirió de amores. La obligaron a acudir ante su presencia. Ella lo rechazó una y otra vez. Entonces, la pusieron en manos de una maldita vieja, Afrodisis, cuya profesión era engatusar doncellas, siendo su casa una escuela de disolución y lascivia. La vieja no consiguió ablandar la testarudez de la moza. Este, irritado, la sometió a los más crueles castigos, e incluso la atenazaron sus pechos  y llegaron a contárselos.

El día 5 de febrero, las mujeres disfrutan del gran privilegio de mandar por un día en la localidad. Ese día,  el alcalde tiene a bien entregar, en ceremonia oficial, el bastón de mando, porque está convencido de que no se desmadrarán y el orden está asegurado; ataviadas unas con el traje típico y otras, con el atuendo de más alto copete, animan calles y plazas con música y canción al ritmo que marca el tamborilero. Primero honran a la Santa con la celebración de la misa y de la procesión en la iglesia del Milagro, que culmina con un reconfortante convite, y, después, todas, en armonía de panda, se toman su vinito en el bar ante la mirada sonriente y socarrona del marido, que hace otro tanto en un rincón de la barra; otros, más condescendientes se quedan en casa al cuidado de los niños y haciendo otros menesteres de práctica común. Se sigue la marcha con la comida, con el baile discotequero y con el chocolate, que da paso a otro día.

Se pasa bien que es lo que cuenta, y se cumple con la tradición. Y hablando de tradición traigo a colación un apunte de principios del siglo XVIII, de un pueblo aguedeño de nuestra provincia, donde la máxima autoridad eclesiástica no veía bien ciertas licencias, “1807, enterado de que, en el día de la gloriosa Santa Águeda, con motivo de juntarse en cofradía, hay algún desorden en el modo de festejarla, ordenó y mandó a los párrocos velen, para que no se dé lugar a ningún culto supersticioso ajeno a la santidad de nuestros ritos, ni poco conforme al espíritu de la verdadera devoción  que las reúne”.

El pecado consistía en salir a pedir a los hombres una pequeña marza, como ayuda del festejo, a cambio de la promesa de enseñar un cacho de seno; si el hombre se resistía, sólo se intenta gastarle una pequeña broma picarona, que quedaba, asimismo, en eso, en el intento.