El Palacio de la Luna de Paul Auster. Una lectura

A Paul Auster solo lo he leído en A salto de mata y El Palacio de la Luna (Anagrama). En YouTube he visto un par de entrevistas. Y he escuchado hablar de él en conceptos favorables. Mis comentarios en esas conversaciones han compartido esa visión a favor de una estética de la imaginación y la aventura alucinantes e irresistibles. Haciendo un poco de memoria al instante de redactar mi columna recuerdo La conjura de los necios de Kennedy Toole, El guardián entre el centeno de Salinger, Bartleby, el escribiente de Melville, Luz de agosto de Faulkner, etc., como obras donde me encontré inmerso en una atmósfera similar de intriga por mirar la manera de resolver conflictos y nudos de las historias. Esa atmósfera, claro está, no podría sostenerla con argumentos exclusivos de las obras literarias, en cambio, mi manera de leer esos libros, mis expectativas, mis deseos, fueron los elementos bajos los cuales encontré vasos comunicantes, o relaciones, uniendo entre sí esas obras norteamericanas. De Paul Auster hace unos añitos inicié Mr. Vértigo, pero no la terminé.

   El argumento de El Palacio de la Luna pueden leerlo en la página de la editorial Anagrama https://bit.ly/3am8RpM  En la contraportada, El País señala «Un magnífico retrato del alma secreta del hombre urbano» y Justo Navarro «Tiene la magia exacta de los mitos que nos valen para vivir... Pertenece al club de las novelas que desearíamos no terminar de leer nunca.» Marco Stanley Fogg eventualmente descubrirá su pasado familiar y esa suma de conocimiento de su ascendencia lo dejará al pie de un instante donde el porvenir, como las estrellas en el cielo, pende de un hilo invisible. Una sensación parecida me la despertó En el camino de Kerouac. Uno de una manera u otra anda por la vida, o camina por ella, con más o menos desaciertos, o con más o menos aciertos, surcando las aguas de los ríos de Manrique y Borges (que son los de Heráclito a veces), buscando algo todavía cuando la noche cae y la luna se levanta.

   Mi padre subraya los libros cuando lee. Muchos autores, desde hace tiempo, lo han hecho https://bit.ly/3j0iY7M y https://bit.ly/3j3JfC1 Yo no tengo ese hábito de tomar notas. No me beneficio de la posibilidad del reúso de la información relevante del contenido de la obra. Si yo practicara ese arte, entonces no me costaría nada llegar ahora a un punto donde Marco Stanley (M. S.) habla de uno de sus trabajos con Effing. Por medio de la oficina de empleos de la Universidad de Columbia, Nueva York, M. S. encontró el puesto siguiente: «Caballero anciano en silla de ruedas necesita joven que le sirva de acompañante interno. Paseos diarios, ligeras tareas de secretario. 50 dólares a la semana más habitación y manutención.» A partir de ahí, como sucedió asimismo desde ese punto para atrás, la vida de nuestro protagonista nos hizo ver un mundo donde la energía y el ímpetu por ir más allá en la experiencia vital del descubrimiento y el asombro se encontraba por momentos opacada, por momentos encendida en el tejido social y geográfico del país del escritor nacido en New Jersey, 1947.

   Pero por qué escribimos estas palabras sobre El Palacio de la Luna. Hasta ahora, prácticamente no hemos dicho nada. Pues la respuesta no resulta complicada. Si bien resulta quizá inesperada. (Y para no dejar la rima de atrás colgada, señalaremos también como esa respuesta podríamos calificarla asimismo de no deseada.) Paul Auster era para mí el héroe de la esperanza. Hasta El Palacio de la Luna. M. S., así como Ignatius J. Reilly en La conjura de los necios, Holden Caufield en El guardián entre el centeno, Bartleby en el relato titulado con su nombre, Joe Christmas en Luz de agosto y Sal Paradise en El camino, probablemente, con sus trabajos y sus días nos llevan de la mano, o de la vista, al pie de la soledad.

   M. S. en la página 107 de los Compactos Anagrama recuerda el mensaje de una galleta de la suerte: «El sol es el pasado, la tierra es el presente, la luna es el futuro.» La luna, desde el principio hasta el final, sustenta el tejido narrativo y cobra valores distintos debido a él. «Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna» nos dice M. S. al inicio de su relato. Esa lámpara en la altura de la noche ilumina la oscuridad cuando cerramos el libro y nos preguntamos si en verdad todo es cierto.

 

Fotografía de Esperanza Rechy Rivera


 

 

30 de enero de 2021
Xalapa, Veracruz, México
Juan Angel Torres Rechy
torres_rechy@hotmail.com