Invisibles

Mi abuela contaba muchas historias. A veces repetidas, pero a mí no me importaba porque sabía que a ella le gustaba narrármelas. Una de las que más le gustaba contar me ha venido a la mente esta semana al leer las cifras de desigualdad y pobreza del año 2020.

Ella siempre contaba que tenía una vecina la cual, la ‘pobrita’, no tenía casi qué llevarse a la boca. Y en aquellos tiempos en los que no había Estado de Bienestar se dejaba morir a la gente de hambre. Aunque pensándolo bien, quizá eso no haya cambiado tanto. El caso es que esta vecina calculaba cuándo mi bisabuela tendría las aceitunas curadas para irle a mendigar unas pocas. Y, según mi abuela, aquellas eran las mejores aceitunas del mundo. Este hecho se repetía año tras año, y mi bisabuela siempre compartía unas pocas con aquella mujer. No sabría decir si era por caridad cristiana o por un sentimiento de colectividad vecinal con los más desfavorecidos, pero según mi abuela, su madre siempre le dejaba coger. Desconozco si la vecina murió joven o mayor, pero tengo la sospecha de que falleció de manera prematura por su situación social. Contaba mi abuela que, desde ese año, las aceitunas nunca supieron igual. Siguiendo el mismo proceso temporada tras temporada, en la misma tierra de siempre, desde que aquella señora no iba a pedirles “unas pocas na’ más”, aquellas olivas nunca supieron igual. Y ojo, que decía mi abuela que no era cosa suya, que las vecinas también lo habían comentado.

He estado pensando en aquella vecina anónima, en la vida que habría llevado y en cómo, por suerte ahora las cosas han cambiado. Pero ¿han cambiado? Siendo fiel a la verdad, hambre ya no se pasa en nuestras comarcas. O eso creo. Aun así, la pobreza estructural se ha mantenido. En marzo nos encerraron en casa para evitar la propagación masiva de este virus.  Y,  ¿qué ocurría con aquellos y aquellas que no tienen casa? ¿Nadie se planteaba dónde iba a acudir esa gente que -sin entrar a valorar las razones- no tenían absolutamente nada? ¿A albergues y centros sociales con recursos ínfimos? ¿O a lugares de la Iglesia católica donde se les acoge por caridad cristiana pero donde no hay ninguna intención de cambiar el sistema que les deja en esa posición?

Ahora, todavía en plena pandemia (parece que esto no va a acabar nunca) esa pobreza estructural está empezando a írsenos de las manos. Si, uso la primera persona del plural porque es algo que nos afecta a todos y todas como sociedad. Y todavía no podemos hablar de postpandemia, algo sobre lo que ni quiero ni me atrevo a hacer predicciones. Oxfam Intermón -una organización no gubernamental que busca un futuro sin pobreza- lanza cada año su informe sobre desigualdad, coincidiendo con la reunión anual del Foro Económico Mundial o Foro de Davos -que viene siendo una super reunión de todos los poderes fácticos a nivel mundial, es decir de las personalidades con más dinero y poder de La Tierra para defender su clase social, que ellos a diferencia de nosotros y nosotras sí la tienen clara- para señalar las desigualdades sociales y económicas en nuestro planeta.

El citado informe recoge la estimación de que en España actualmente habría 5,1 millones de personas (el 10,86% de españolas y españoles) que disponen de menos de 16 euros al día para subsistir, tras contabilizar las más de 790.000 que habrían caído en pobreza severa a causa de la Covid-19. Por su parte, la tasa de pobreza relativa en España -vivir con menos de 24 euros al día- pasaría con la pandemia del 20,7% al 22,9%, alcanzando los 10,9 millones de personas a finales del 2020. Según la organización, migrantes, jóvenes y mujeres son los colectivos más afectados. Concretamente, las personas jóvenes somos los más perjudicados: no sólo han visto disminuir de forma drástica sus ingresos, sino que la tasa de desempleo llega al 55% entre menores de 20 años. Y como casi siempre en las reglas del mercado, si unos perdemos, otros salen ganando. Las personas más pobres de España habrían perdido hasta siete veces más renta que las más ricas. Y, a nivel global, esto asusta mucho más: los 10 hombres más ricos del mundo han visto incrementada su fortuna en más de medio billón de dólares. Con semejante cantidad de dinero, se financiaría una vacuna universal para el virus y se garantizaría que nadie cayese en la pobreza como resultado de la pandemia, según Oxfam Intermón.

Probablemente aquella vecina fuese invisible durante el resto del año. Aún en un pueblo. Es lo que tiene la pobreza, no solo careces recursos, sino que encima te vuelves invisible. De un lado, no puedes participar de la vida social sin un euro. Y de otro, el yugo de la vergüenza de tener que saber que tus vecinos y vecinas lo saben. Y estoy convencido de que en las Arribes y en el Abadengo convivimos con alguien que pertenece a ese 23% de la población de nuestro país. Vecinos, vecinas, familiares y amigas. Probablemente en un porcentaje menor, pues la migración masiva a las urbes acrecienta allí este fenómeno, viviendo en barrios obreros hacinados en unos pocos metros cuadrados en los que se pasa totalmente desapercibido. Sin embargo, nosotros y nosotras, la gente de los pueblos lo tenemos más fácil. Los lazos vecinales, se sobreponen a aquello de “pueblo chico infierno grande”. Y debería ser así en todos los niveles. Dejarnos atrás de egoísmos camuflados de liberalismo en forma de derechos individuales regidos por reglas mercantiles. Y, es que, al fin y al cabo, ¿quién no le daría unas pocas aceitunas a aquella pobrita señora?