Pandemia

          ¡Espera!, no me dejes solo en estas horas de dilatada incertidumbre. Si lo haces, el desánimo golpeará mi alma al pensar que la muerte cabalga desenfrenada sin nadie que pueda detenerla. Necesito pensar en un mañana mejor, y recordar la bonanza del tiempo que pasó; incluso aquellos momentos de inconsciencia que me  impidieron valorar lo que tenía y que he perdido. 

          Hoy todo me parece invertido, pero debo mirar la realidad con esperanza, aunque me cueste recomponer los anhelos de mi corazón. No deseo pronunciar la fatídica palabra; y reconocer el fatal destino que alcanzan demasiadas personas por el nefasto comportamiento de gente insolidaria. La necedad humana no tiene límites; es capaz de negar lo evidente y creer las fantasías de la imaginación, aunque tales despropósitos conduzcan al precipicio.  

          Espera, no te marches aún, pues parte de lo que tenía se ha derrumbado, y tengo que recuperar el ánimo en tu compañía. Fuera, no hay lugar donde permanecer; pues el enemigo que acecha es invisible. Además, hasta las puertas de los corazones han activado sus cerrojos. Quizá por indiferencia; o tal vez por miedo, pero ambas palabras otorgan el mismo resultado. 

          Produce vértigo y desolación, no poder estrechar entre los brazos a las personas que amamos, más aún, aquellas que marchan en la más absoluta soledad. Necesito creer que acuden a la llamada inapelable del Altísimo y que, en su nuevo destino, la luz del conocimiento llenará sus almas de certeza y bienestar. 

            Todo es confusión en el mundo que dejan, y en medio de este laberinto, acuso la ausencia de muchas cosas: la madre con su bebé de la mano, mientras mira relajada los escaparates; los bares bulliciosos reclamando nuestra atención con sus sabrosas tapas y refrescantes bebidas; los turistas despistados, pisando los adoquines de nuestro casco histórico, mientras consultan el plano de la ciudad. Necesito, asimismo, la lluvia sobre mi rostro para superar estas interminables horas que me llenan de angustia y soledad. 

             Ya puedo pronunciar la aciaga palabra: “pandemia”. Pero esta vez no es para sucumbir ante su amenaza, sino para ganarle la partida. Tenemos que remontar el vuelo a lomos de vientos más favorables. Pues, al ser humano, le protege la Madre Naturaleza con la misma inteligencia que regula lo creado. Este conocimiento se convierte en remedio a través de los esfuerzos de investigadores y sanitarios que, en estas difíciles horas, entregan lo mejor que tienen, aunque sus esfuerzos no sean reconocidos por todos.        

               Manuel Lamas