¿Cien años de soledad en uno?

La soledad que experimento en este año de pandemia es mayor que toda la que he sentido, sumando todos los años de mi larga vida. Supongo que a muchos lectores (sobre todo a los de mi generación) les está ocurriendo lo mismo.

Lo paradójico es que no me siento solo por haber perdido durante este insólito año nada esencial, como alguno de los seres queridos, amigos, o mi trabajo, mi salud, o mis pequeños ahorros, nada especial. Me siento solo por el aislamiento, que día a día crece, al que estamos sometidos. Echo de menos, como ser humano, encontrarme con otro semejante, con un amigo, y charlar con él distendidamente, de lo que surja, de nuestros acuerdos y de nuestras discrepancias, de nuestros intereses, de nuestras frustraciones o de nuestras pequeñas alegrías. No encuentro a ninguno. Muchos salen a pasear, pero solos, con la mascarilla, cabizbajos, corriendo mucho (los jóvenes, quizás alejándose de su propio temor) o pendientes del perro o del patinete, o del móvil. ¿Perderemos en esta pandemia, además de muchas vidas, mucha salud física y mental, muchos puestos de trabajo, también la capacidad de dialogar, de, simplemente, charlar?

            Sospecho que la soledad que siento se incrementa por mi imposibilidad de echarle la culpa a alguien del dolor que me rodea. No estoy dispuesto a echar la culpa de todo lo que pasa al Gobierno; sé que este gobierno, como la mayoría de los gobiernos bajo la pandemia, ha tenido errores y algunos aciertos, ante un proceso biológico impredecible, para el que nadie les ha podido preparar con seguridad. Tampoco echo la culpa de todo a la Oposición, con su incansable batalla de insultos, mentiras y enfrentamientos contra el Gobierno, ilusionados infantilmente con que con sus débiles armas derrocarán al Gobierno. Ni siquiera echo la culpa a los miles de grupos de jóvenes y mayores que se han contagiado, (cansados de estar en alerta o ignorantes de la gravedad de lo que nos jugamos) y que han contagiado a otros miles. Es humano bajar la guardia en navidades, o en unas compras o en una loca fiesta y jugársela.

Tampoco echo la culpa al Ayuntamiento de esta ciudad, que no sanciona suficientemente a los que se saltan las normas establecidas, ni presiona con fuerza para que haya más dispositivos hospitalarios, más camas, más UCIS, más personal sanitario.

Me encuentro con que solo puedo echar la culpa de lo que pasa a la extraña y contradictoria naturaleza de la especie humana: en esta pandemia, como en la mayoría de las guerras,  nos mostramos sin tapujos, con la terrible contradicción: con un poderoso instinto de supervivencia, mezclado con una pavorosa pulsión de autodestrucción. Con esta doble y contradictoria fuerza, la soledad nunca desaparecerá del alma humana.