De aquellos polvos...

“Casi todos podemos soportar la adversidad, pero si queréis probar el carácter de un hombre, dadle poder.”

Abraham Lincoln

Contra todo pronóstico en la elección, el 20 de enero de 2017 Donald Trump se convertía en el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América. Washington, Adams, Jefferson, Lincoln, Roosevelt, Truman, Kennedy, Nixon, Reagan u Obama, entre otros muchos y –a partir de ese momento– Trump. Loco, errático, impulsivo, fanfarrón, prepotente, misógino, racista, han sido algunos de los descalificativos con los que se ha descrito al presidente durante estos cuatro años como inquilino de la Casa Blanca. En la administración de quién irrumpió prometiendo un muro para la divisoria con México destacan las políticas rupturistas –apartándose de pactos y organizaciones internacionales–, los cambios en el sistema económico –buscando dificultar la actividad del tejido empresarial extranjero– y las polémicas tuiteras. La red social del pajarito ha operado (hasta su reciente suspensión) como altavoz para sus mensajes, marcando una tendencia –bajo mi punto de vista– cuando menos peligrosa. Su actitud como máximo mandatario podría sintetizarse en su gestión de la pandemia y los intentos por transmitir a la ciudadanía que el curso de la enfermedad había fortalecido su organismo, al tiempo que los médicos alertaban sobre la temeridad de su comportamiento.

Años, concretamente cuatro, son los que Trump ha estado lanzando su mensaje al mundo y, de forma más o menos premeditada, alimentando una polarización social que ha traspasado fronteras. Del “America First” han emergido movimientos supremacistas y organizaciones híbridas como la famosa QAnon. Diversos analistas afirman –quizás con buen tino– que la política del presidente no ha sido tan improvisada como se ha proyectado, lo cual aumenta su responsabilidad sobre la deriva. Finalmente, tras los últimos resultados electorales, Trump ha puesto en cuestión los fundamentos básicos de cualquier sistema democrático, aferrándose a su sillón con insensatez e imprudencia. El colofón se producía con el asalto al Capitolio, edificio que constituye un símbolo para la ciudadanía estadounidense y que nunca debió ser tan damnificado. Las deplorables imágenes de la sede del Congreso en Washington que han abierto los informativos durante estos primeros días del 2021 representan un ataque global a la democracia.

Hace años que diferentes aspectos del sistema actual se encuentran en tela de juicio y lo arrojan a un escenario sin precedentes. Algunos analistas y politólogos aventuran que es una crisis de madurez, como la atravesada en algunas relaciones de pareja, de la que el sistema puede salir fortalecido, aunque no integro. Esta forma de gobierno que poco se asemeja a aquella democracia primitiva introducida por Clístenes de Atenas en el siglo VI a. C. aúna en la virtud su gran fragilidad. El hecho de que la soberanía resida en la masa es una moneda cuya cruz son los efectos que puede generar su manipulación. Aspecto que en esta era de la información, presidida por cantidades abrumadoras de noticias –en muchos casos poco fieles a la realidad–, se proyecta como una vulnerabilidad de dimensiones sin precedentes.

En cualquier caso, esta democracia –que lejos de la perfección parece el menos malo de los regímenes conocidos– debe buscar caminos alejados de la polarización social y las políticas populistas. De lo contrario, no servirá de nada echarnos las manos a la cabeza y apelar a la cordura y a la reflexión tras años sembrando la imprudencia y la irresponsabilidad. Quizás la clave no resida en silenciar al vocero, práctica que suele adoptarse cuando los efectos son irreversibles, sino en lograr a través de la educación una ciudadanía crítica y culta que ponga en valor los principios cardinales del sistema. Ojalá nos hallemos a tiempo de reconducir la tendencia, porque –como dice el refrán– “de aquellos polvos vienen estos lodos”.