Tantas pandemias

Vivimos en las muy variadas incertidumbres de tiempos de pandemias; tiempos en los que todo es resbaladizo, en los que no parece haber tierra firme en que pisar y asentar seguridad alguna.

            No es solo la pandemia del corona virus, sobre la que se nos bombardea de continuo con estadísticas, datos, contagiados, fallecidos, medidas que se han de adoptar…, en una suerte de cartografía que termina desdibujándose, a fuerza de reiteraciones continuas y de no menos continuos cambios.

            La economía se resiente, la sociedad que se ha llamado del bienestar se resiente, nuestra tierra se despuebla, a base de cierres, de paros, de faltas de perspectivas, de despoblaciones, de recortes en servicios esenciales, como puedan ser la sanidad y la educación.

            Pero, si miramos por la ventana de la actualidad, enseguida percibimos que nos asolan otras varias pandemias, que vuelven aún más resbaladizo e inseguro el suelo en que pisamos; otras varias pandemias que hablan, al tiempo, de una sociedad moralmente enferma, por falta de dignidad, de empatía, de piedad y atención a los otros.

            En un barrio barcelonés, una pandilla de adolescentes propinan una paliza descomunal a un muchacho, indefenso, para quitarle el móvil. Y los medios de comunicación, más allá de dar la noticia, reproducen de continuo las imágenes grabadas del hecho, acaso no tanto para que tomemos conciencia de la herida abierta en la que vivimos, sino para subrayar lo morboso.

            En un transporte público madrileño, un joven, irritado y airado, profiere insultos racistas contra otras viajeras inmigrantes que van en el mismo vagón que é, a quienes no conoce y al que no han hecho mal alguno.

            En el país más poderoso de la tierra, un presidente enloquecido, ególatra, asocial, incita a sus hordas a tomar el edificio de la soberanía popular, por no querer someterse a la lógica democrática de unas elecciones presidenciales que ha perdido.

            Algunas de nuestras comunidades autónomas, que ponen de continuo el grito en el cielo, que hacen de continuo mala política usando la emergencia sanitaria del corona virus, reclaman un mayor número de vacunas, para luego no ponerlas y quedarse a la cola de la estadística.

            Es el mundo al revés de que hablara José Agustín Goytisolo en un memorable poema. Es el mundo –el nuestro– aquejado de tantas pandemias morales, que parecerían resbalarnos, darnos igual. Pandemias que minan, en la medida en que se imponen y no se atajan, la dignidad moral de todos, esa humanización que, en lugar de ensancharse, se va empequeñeciendo, a fuerza de resultarnos normal tanta barbarie como soportamos sin inmutarnos apenas.

            Parece que seguimos empeñados en profundizar y acentuar ese pesimista diagnóstico del profético verso de Federico García Lorca: “y la vida no es buena, ni noble, ni sagrada”.

            Habría que dar la vuelta a tal diagnóstico, a tales pandemias morales, y procurar, arrimando todos el hombro, cada uno a su manera, para que la vida –la de cada uno y la de todos– terminara siendo buena, sagrada y marcada por la nobleza del espíritu.